Nubles
blancas cubren el cielo de la península de Kapu Dagh al amanecer del cuarto
día. Un viento fresco sopla desde el Mármara, rizando ligeramente la superficie
del agua. El puerto de Ernek se halla tranquilo, sus muelles vacíos, los
pesqueros amarrados a puerto. No se divisan apenas buques navegando. Sólo el
graznido de las gaviotas rompe el suave murmullo del mar. Posteriormente nos
enteramos que esta quietud es propia de los meses invernales en Erdek,
contrastando vivamente con el bullicio y la hiperactividad de los estivales,
cuando la ciudad se llena de veraneantes y hay un trasiego continuo de
embarcaciones. Por lo visto Erdek es un destino turístico de cierta importancia
a nivel regional, razón por la que dispone de una oferta hotelera considerable:
mucho mayor, desde luego, de lo que correspondería en condiciones normales a
una localidad de su más bien reducido tamaño.
Desayunamos
en un local que nos recomienda (y al cual nos conduce) el encargado del hotel
donde hemos pasado la noche. Aunque comemos bien, nos arrean una minuta nada
económica, rondando los estándares europeos. Carísimo para Turquía, donde lo
normal es comer por la mitad, al cambio, que en España. El restaurante tampoco
es nada del otro mundo, por lo que sin duda alguna nos han debido aplicar una
suerte de tarifa “especial” para turistas despistados, mucho más cara que la de
sus paisanos turcos. Está claro que el del hotel se debe llevar una comisión
por cada turista extranjero que es conducido hasta ese restaurante… en fin,
tampoco es ninguna tragedia.
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| Fig. 1.- Plano del istmo de la península de Kapu Dagh, con la localización de las ruinas de Cízico. Año 1901. |
