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martes, 30 de septiembre de 2014

El Castro de Villasviejas del Tamuja y su ceca monetal (TAMUSIA).

El castro de Villasviejas del Tamuja se encuentra a unos 3 kilómetros de la localidad cacereña de Botija, pudiéndose llegar a él por una pista de tierra en buen estado. Destacar que buena parte de sus materiales y aún de sus estructuras han sido reutilizadas para la construcción de corrales para el ganado ovino propio de la zona.

 Ruinas de la muralla exterior del Castro de Villasviejas del Tamuja.

Ubicado en la superficie de una colina ancha pero de escasa altura, la suave pendiente de sus laderas no ofrece especiales ventajas desde el punto de vista de la fortificación con la única excepción de su frente occidental, bastante más agreste al discurrir por su parte inferior la delgada corriente del río Tamuja.

 Recintos inferior (exterior) y superior (interior) del castro.

jueves, 15 de mayo de 2014

VOLUCE. Un recuerdo de Celtiberia.

Con este nombre se conoce a un antiguo oppidum arévaco localizado con cierta controversia a muy poca distancia de la soriana Calatañazor, en el llamado Cerro de los Castejones.

Sabemos de su existencia gracias a las menciones de dos fuentes clásicas: el itinerario de Antonino y el libro de geografía de Ptolomeo.

El cerro de los Castejones, antaño solar de la arévaca Voluce.

Es a través de Ptolomeo que conocemos su situación entre los arévacos, si bien él la nombra Veluca. Las coordenadas de la ciudad celtibérica, según el geógrafo de Alejandría, serían 11º50´ de latitud norte y 41°55´de longitud oeste, estando situada, de este a oeste, entre Tucris (localización desconocida) y Segortia –Segontia—Lanka (en las inmediaciones de Langa de Duero).

El itinerario de Antonino la incluye como Voluce en su Item ab Asturicam per Cantabria Caesaragusta, esto es la ruta entre Caesaraugusta (Zaragoza) y Astúrica Augusta (Astorga) pasando por una Cantabria que no debemos identificar con la Montaña costera. Concretamente la sitúa como sexta parada o mansio partiendo de Caesaraugusta, estando precedida hacia el este por la celebérrima Numancia –Numantia—y seguida (hacia poniente) por un asentamiento llamado Vasamam, identificable con la famosa ciudad de Uxama Argaela, cuyos restos se hallan muy cerca del actual Burgo de Osma.

Muralla principal de la antigua Voluce, en su frente oriental.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La Presa de Alcantarilla. Un ejemplo de ingeniería romana muy poco conocido.

Los restos de la que fuera una enorme presa romana, comparable en monumentalidad a los más egregios logros de la técnica latina, se encuentran en la finca “La Alcantarilla”, de la que toma el nombre, sita a la sazón dentro del término municipal de Mazarambroz, provincia de Toledo, al sur del núcleo urbano de dicha población.

Para llegar a ella es preciso tomar el primer camino que nos encontramos a la izquierda nada más salir del pueblo en dirección a Cuerva y continuar por él durante cuatro kilómetros aproximadamente hasta llegar a un cruce de cierta entidad en comparación con los ramales que a un lado y a otro desembocan en la senda principal. Doblando entonces a la derecha, esto es abandonando dicha senda principal, conduciremos durante algo menos de un kilómetro hasta divisar la casa de labor de la finca y a su lado las imponentes ruinas que nos atañan. Al tratarse de una propiedad privada es preciso solicitar permiso en la casa para realizar la visita.

Vista del estribo izquierdo de la presa observado desde el vaso del embalse: hoy completamente seco.

sábado, 19 de octubre de 2013

AUGUSTÓBRIGA de los Pelendones. Una fundación romana en plena Celtiberia.

La antigua ciudad romana de Augustóbriga se localiza en el actual Muro de Agreda (Soria), en cuyo núcleo urbano han aparecido los escasos restos materiales que conservamos de esta civitas.

Al igual que tantos otros núcleos latinos lo poco que conocemos de Augustóbriga se debe a las escuetas menciones de los itinerarios –en este caso tanto el Ravenate como el de Antonino—y al geógrafo Ptolomeo. No obstante, el análisis de algunos factores como su nombre, emplazamiento físico y el contexto histórico de la comarca en que se encuentra constituye una fuente de información bastante verosímil si bien, no hay que olvidarlo, de tipo conjetural ante la falta de documentación escrita.

Como a simple vista se aprecia el nombre del asentamiento procede de la unión de dos palabras: una latina, Augusto, a la postre el cognomen del primer emperador romano, y otra céltica, briga, traducible como fortaleza, castro o, en general, lugar fortificado. “La fortaleza de Augusto” sería el significado etimológico de la palabra Augustóbriga, lo que nos pone tras la pista de un asentamiento, ya fundado, ya renombrado, en época augustea, setenta años después de la conquista romana de Termancia (96 a.C.) y el final de las Guerras Celtibéricas. Considerando por un lado que Augustóbriga se encontraba emplazada en un llano de pobres condiciones defensivas y, por otro lado, el hecho conocido de que los romanos, tras la victoria final, obligaron a las tribus celtíberas a desalojar la gran mayoría de sus poblados –castros—y ciudades fortificadas, casi siempre localizadas en altos de fácil defensa, asentándolas en las llanuras aledañas donde eran mucho más sencillo su control, se puede colegir que Augustóbriga fue uno de estos nuevos asentamientos en llano. Desde luego el nombre del lugar, significativamente oficialista, apunta en esta dirección, siendo posible ir un poco más lejos y afirmar el carácter campamental de la nueva plaza, al menos en los primeros años de su existencia. Dicho todo esto parece razonable datar la fundación de Augustóbriga en algún momento del último tercio del siglo I a.C.

Muralla de Augustóbriga al pie de la pequeña colina en que se alza el castillo de Muro de Ágreda.

miércoles, 13 de marzo de 2013

TERMES/TERMANTIA. De aliada de Numancia a municipio romano.

Las ruinas, bastante considerables, de la ciudad celtíbero-romana de Termes, también llamada Tiermes e incluso Termantia, se extienden por la amplia cumbre del cerro de la Virgen del Castro, término municipal de Montejo de Tiermes, en los confines meridionales de la provincia de Soria.
 
Los orígenes de Termes se remontan al periodo celtíbero antiguo (siglo VI-V a.C.), cuando la arqueología detecta la presencia de un asentamiento arévaco (pueblo celtibérico) en la cumbre del cerro de la Virgen del Castro. Sin embargo habrá que esperar a los años centrales del siglo II a.C. para ver aparecer por primera vez el nombre de Termes en la Historia escrita. Esto lo debemos concretamente a las pluma de Apiano (Iber, 76-77-79) quien relata como en el año 141 a.C. el cónsul Quinto Pompeyo, tras fracasar en su asedio contra Numancia, al comienzo de las guerras celtibéricas, se dirigió contra su aliada Termes, nombrada Termancia en los textos latinos, a la sazón considerada una presa más fácil que la inmortal ciudad arévaca. Craso error fue aquél, tal y como pudo comprobar el cónsul tras sufrir tres derrotas consecutivas en que perdiera casi toda la caballería y una cohorte entera con seiscientos hombres, tribuno incluido.
 
Muralla bajoimperial de Termes. Zona septentrional del perímetro fortificado. En primer plano, uno de sus recios cubos de flanqueo.

Poderosas fortificaciones debía poseer ya la orgullosa ciudad celtíbera, sublimadas por los potentes barrancos que a la manera de murallas naturales delimitan el cerro de la Virgen del Castro. Lamentablemente apenas ha quedado nada de ellas: sólo una fugaz línea de derrumbe de considerable espesor que bien pudiera ser el último vestigio del zócalo de una antigua muralla, hecho de piedra seca o, más probablemente, cogida con barro, sobre el cual se dispondría el paramento principal, de adobe, según las técnicas de fortificación arévacas. Sí que han llegado, no obstante, hasta nosotros los huecos en que se alzaran las dos grandes puertas de la ciudad, a la sazón tallados en la dura roca en forma de angostos accesos (sobre todo la puerta occidental) muy fáciles de defender desde la cumbre del cerro al abrirse a un estrecho pasillo permanentemente batido desde las alturas donde por cierto las rocas labradas en regulares formas parecen indicar la pretérita existencia de fortificaciones.
 
Espléndido paramento de sillería bien labrada que luciera la muralla de Termes.
 
Termantia continuaría libre e indómita durante bastantes años a pesar de la caída de Numancia en el año 133 a.C. Mas finalmente sonaría la hora de Roma también para este lugar, cuyas puertas se abrirían ante el cónsul Tito Didio en el año 98 a.C. sin duda a consecuencia de la gran derrota sufrida por el pueblo arévaco ante el ejército romano bajo mando del citado magistrado romano. Como castigo a la obstinada oposición de los termestinos, Tito Didio mandaría que descendieran al llano con la prohibición expresa de amurallar la cumbre del cerro (a la luz de esta información, suministrada por Apiano, se supone que fue entonces, con ocasión de la conquista romana, que fue desmantelada la primitiva muralla celtibérica). Comenzaría así la andadura de la ciudad dentro del imperio romano, como ciudad estipendiaria naturalmente, pues había sido conquistada por la fuerza, lo que implicaba que debía satisfacer un tributo anual a Roma si quería poder continuar cultivando sus campos y apacentando sus rebaños. Semejante imposición no debía ser nada del agrado de los impetuosos arévacos de Termantia, dificultando el proceso de romanización común a todos los pueblos hispánicos bajo la égida de Roma pero desigual en intensidad y duración. Sin duda seguía muy vivo el espíritu racial arévaco cuando el levantamiento de Sertorio en tierras de Hispania, al que se uniera Termantia sin vacilaciones. Sin embargo la suerte volvió a ser esquiva a la vieja ciudad arévaca que fue ganada al asalto por Cneo Pompeyo Magno en el año 72 a.C. --Floro (III, 10,9)--  tras una labor previa de arrasamiento de los campos circundantes y subsiguiente debilitamiento de sus habitantes a manos del temible jinete del hambre.
 
Base, bastante bien conservada, de uno de los cubos de la muralla bajoimperial.
 
Durante el resto del periodo republicano, Termantia prosigue su existencia como ciudad sometida. Sus casas y callejuelas se levantan en la falda del cerro de la Virgen del Castro, allá en sus zonas menos agrestes y en el llano anejo. Concluida la República, el imperio será gobernado por los todopoderosos emperadores. No parece una mala forma de gobierno, al menos en este brillante principio, ya que la riqueza, el urbanismo, las artes y las ciencias florecen en toda la ribera mediterránea al socaire de la célebre pax romana, garantizada por las no menos célebres legiones imperiales. También será ésta una buena época para Termes, citada así ya por Floro, Ptolomeo Plinio el Viejo, Tito Livio, Diodoro de Sicilia y Tácito, en detrimento del viejo nombre celtibérico de Termantia. En efecto, la ciudad crece y prospera. El proceso de romanización es ya imparable. Su eficacia es máxima en tanto en cuenta comienza por los termestinos más influyentes, herederos directos de las antiguas élites celtibéricas, algunos de los cuales ascienden a la categoría de ciudadanos romanos con derecho al empleo de praenomen, nomen y cognomen. Así lo indica sin ningún genero de dudas la epigrafía de la época, por fortuna relativamente abundante a la hora de hacer referencia a antiguos termestinos.
 
Cubo de la muralla en el que se aprecia perfectamente su planta semicircular peraltada. Se aprecia bien el paramento exterior de silleria.
 
Elocuente reflejo de esta prosperidad es la monumentalización de Termes, detectada arqueológicamente a partir del reinado de Augusto en que se construye un templo en la zona septentrional de la ciudad, allá donde la pendiente del cerro comienza a ganar inclinación. Pero el empujón definitivo vendrá en el reinado de Tiberio (14-27 d.C.), sucesor de Augusto. En efecto, hacia el año 20 d.C. se construye el primer foro de la ciudad, entre cuyas ruinas se ha encontrado los restos de un epígrafe, datado con exactitud en el año 26 d.C., en el que se menciona directamente al emperador Tiberio con todos sus títulos y ascendientes en lo que se ha interpretado como una expresión del agradecimiento a la autoridad imperial por la concesión de la ciudadanía latina al, a partir de ese momento, municipio termestino. Si a este dato le unimos la pertenencia a la tribu Galeria de algunos termestinos registrados en la epigrafía, a la sazón la tribu a la que se adscribieran los nuevos municipios durante los reinados de la dinastía Julio-Claudia, tenemos suficientes argumentos para fijar el ascenso de Termes a la categoría de municipio latino durante el reinado de Tiberio. Desde luego el sólo hecho de la construcción de ese foro indica no sólo un proceso de romanización muy avanzado sino también un deseo de adecuar la estructura urbana de la ciudad a su nueva condición jurídica.
 
Sección transversal de la muralla bajoimperial de Termes. Se observa el paramento interno, de sillería, y el núcleo heterogéneo.
 
Durante el reinado de Tiberio se erigió también un nuevo templo imperial en la zona del foro y se concluyó el magnífico acueducto de la ciudad, concienzudamente tallado en la roca en muchos tramos y cuyas aguas se vertían en un gran depósito acuario o castellum acquae, excavado en su mayor parte. Desde luego la ciudad es rica y próspera: así lo indica tanto la epigrafía al mencionar sumas de dinero (9.991.000 sestercios) ciertamente enormes para tratarse de una ciudad del interior de la meseta como el registro arqueológico: rico en cerámicas de gran calidad (sobre todo terra sigillata), instrumentos de metal, vidrios y demás, todo lo cual evidencia de paso la existencia de un floreciente comercio. Semejante bonanza tiene su culminación hacia los años 70 del siglo I d.C. con la construcción de un segundo foro, mayor que el anterior y unas termas próximas, sin duda imponentes a juzgar por los restos que nos han llegado. El nuevo foro impulsa una nueva reorganización del espacio urbano, puntualmente muy intensa hasta el punto de amortizar algunas estructuras anteriores como el primer templo, erigido en tiempos de Augusto. Probablemente sea éste el cenit de Termes como ciudad, muy romanizada tal y como indican sus espléndidas domus, erigidas según el modelo romano aunque conservando todavía bastantes elementos de indigenismo, cuyo principal testimonio son los nombres célticos citados en la epigrafía.
 
La muralla bajoimperial seccionando algunas de las antiguas viviendas rupestres allá en la zona meridional de la ciudad.
 
La primera mitad del siglo II d.C. aún debió ser bastante próspera para Termes, perdurando sin mayor problema las instituciones urbanas tal y como indica la célebre tabula patronatus localizada en el cercano pueblo de Peralejo de los Escuderos, donde se cita a los dos duunviros de la ciudad así como al SENATVS POPVLVSQVE TERMESTINVS. Sin embargo el inexorable proceso de decadencia, común a todo el occidente romano, haría acto de presencia también en Termes,  ejemplificado muy bien en el abandono y reconversión en basurero, verificado durante la segunda mitad del siglo, de todo el sector nororiental de la ciudad. No obstante la ciudad continuaría existiendo con bastante vigor tanto en este siglo como en el siguiente. Así lo prueban las obras de mantenimiento detectadas en la cercana calzada que unía Termes con Uxama y Segontia, en el acueducto así como en el área foral Flavia y, por supuesto, la construcción de una poderosa muralla de técnica genuinamente bajoimperial datada entre los años 238-244 (fecha de acuñación de una moneda de Gordiano Pío localizada en la fosa de fundación de esta muralla) y los años posteriores al 276 d.C. en que se data la segunda invasión germánica de Hispania (la lógica histórica tiende a inclinar la datación hacia esta última fecha).
 
La llamada puerta del sol en el sector suroriental de la ciudad. Celtíbera de origen.

La nueva muralla de Termes surgió para defender los sectores más vulnerables de la ciudad, esto es los de su mitad oriental, más accesibles desde el exterior. Esto explica la ausencia de restos de esta fortificación en el área occidental, por otra parte innecesaria al actuar los vertiginosos precipicios que flanquean esta parte del cerro, solar del antiguo asentamiento arévaco, como inmejorable defensa natural. Las necesidades impuestas por la exigente ciencia poliorcética obligaron a la reducción del área urbana de la ciudad desde las 50 Ha del periodo altoimperial a las nuevas 30 Ha del bajoimperial, quedando fuera del recinto murado una extensa área de viviendas al sur de la ciudad (que no obstante continuaron habitados si bien con fines más de tipo industrial que residencial). Incluso fue necesario la destrucción de algunos complejos edilicios anteriores, tales como parte del graderío del sector suroriental –interpretado como lugar de reuniones al aire libre desde época prerromana--, o el conjunto rupestre meridional, alguna de cuyas casas aparecen literalmente divididas por la mitad por los gruesos sillares de la muralla bajoimperial.
 
Vista de los pobres restos, no del todo claros, de la antigua muralla celtibérica de Termantia.
 
Como se dijo, la muralla de Termes muestra una tipología claramente bajoimperial, donde prima por encima de cualquier otra consideración la eficacia defensiva. Así lo indica sin ir más lejos su monumentalidad –elocuente indicio del vigor económico de la ciudad que la erigiera--, conseguida a fuerza del empleo masivo de grandes sillares de arenisca (algunos reutilizados de edificios anteriores), de módulo romano y un severo flanqueo de los lienzos por medio de torres semicirculares peraltadas, también de sillería, idénticas en su concepción a las de otras muchas murallas romanas contemporáneas como las de Legio, Astúrica Augusta o Caesaraugusta por nombrar sólo tres ejemplos.
 
Interior de una de las famosas viviendas rupestres de Termes.
 
La técnica constructiva empleada en esta muralla es el opus quadratum romano, extendido por todo el imperio así como muy empleado a la hora de construir fortificaciones gracias a su robustez y, sobre todo, insuperable aparato estético. En realidad es una técnica de triple hoja tipo emplecton, en la que los paramentos exteriores se ejecutan en sillería bien ladraba así como asentada en seco, sin concurso de argamasa. El núcleo de la estructura se podía hacer bien en opus caementicium, lo que presupone una buena selección de los áridos (sólo arenas y garbancillos, nunca mampuestos salvo en el caso del opus caementicium ciclópeo) y las cales, bien en opus incertum, esto es una mezcla más o menos heterogénea de tierra y mampuestos ligada con mortero de cal. En el caso de la muralla de Termes, el núcleo interno es de opus incertum de no muy buena calidad (este último parámetro dependía directamente de la calidad del mortero de cal empleado, es este caso no muy alta a juzgar por el grado de deterioro que presenta en la actualidad). En total, los dos paramentos y el núcleo conforman un espesor regular de 2,5 metros.

Armónico graderío labrado en la roca natural del cerro posiblemente en época celtibérica.

En cuanto a las torres de flanqueo, macizas en sus planta inferior, a la postre la única conservada, exhiben un diámetro bastante regular de 2 metros en su parte semicircular. El peralte previo se prolonga por espacio de otros 50 centímetros, lo que arroja una proyección hacia el exterior de 2,5 metros para la estructura completa de la torre. Las torres se encuentran separadas unas de otras por una distancia media de 10 metros, medida ésta que garantiza un flanqueo óptimo de la base de las murallas.

Debido a que la muralla sólo se ha excavado en algunos puntos, desconocemos la mayor parte de sus detalles tales como la ubicación de las puertas y vanos menores si bien es verosímil suponer la continuidad en el empleo de los antiguos accesos celtibéricos. Hoy en día sólo tenemos constancia con seguridad de los restos de un bastión (cuya construcción arrasaría parte del graderío contiguo), muy arrasado, guardando la entrada suroriental de la ciudad, ésta última labrada en la piedra así como de época celtibérica.


Ruinas romanas de Termes, pertenecientes al castellum acquae, al fondo, y a las estructuras del foro flavio (primer plano).
 
Aunque Termes continuaría existiendo como ciudad en los siglos IV y V, lo cierto es que la arqueología ha identificado evidencias de un claro retroceso urbanístico. En efecto, en algún momento indeterminado de estos dos siglos el foro flavio se abandona y su solar enlosado es compartimentado por precarios muros de mampostería, sin duda pertenecientes a una población venida a menos que no duda en ocupar de forma privada y sin ambiciones el antiguo lugar público, orgullo de la ciudad. Al mismo tiempo que esto sucede dentro de las murallas, afuera comienzan a proliferar las explotaciones agropecuarias o villae, distribuidas aquí y allá en el territorio termestino, algunas de las cuales han sido detectadas arqueológicamente. Y es que al igual que sucediera en todos los rincones de la Hispania bajoimperial, también en Termes se retrajo el mundo urbano en beneficio del rural.
 
Estos restos, todavía confusos aunque relacionados con un antiguo templo, son el único testimonio que nos ha llegado de la Termantia arévaca. Se encuentran en al cumbre del cerro de la Virgen del Castro, allá donde estuviera el asentamiento celtibérico.
 
Tampoco la época visigoda supondría el fin de Termes, si bien su área habitada ha quedado reducida a una pequeña parte de la que fuera. Es por ello que las gentes de los siglos VI y VII no dudan en enterrar a sus muertos entre las ruinas de los antiguos edificios altoimperiales, allá en la zona central de la ciudad. La situación continuaría más o menos igual durante el dominio musulmán. Termes, cuyo nombre va mudando en Tiermes, es la plaza más importante de la zona, auténtica frontera entre la Cristiandad y el Islam, lo cual no quiere decir ni mucho menos que sea grande ni esté muy poblada. Más bien se debe pensar todo lo contrario. Finalmente, la zona será ganada definitvamente por los cristianos allá por el siglo XI. Es precisamente a finales de esta centuria cuando ciertos pasajes del Cantar del Mio Cid hacen sospechar que Rodrigo Díaz de Vivar pasó hasta dos veces por las inmediaciones de Termes, a la que llama Agriza, interpretable como la “Agujereada” o “las Cuevas”, quizás en alusión a las viviendas rupestres, auténticos agujeros en la roca, que caracterizan la ciudad. Esta afirmación, aunque algo aventurada, es desde luego factible ya que el legendario caballero burgalés empleó en aquellos traslados una ruta que muy bien puede identificarse con la antigua calzada romana Uxama-Segontia, en medio de la cual, como se dijo, se encontraba Termes. Aún el lugar conservaba cierta importancia en aquella época si bien no tardaría en comenzar a perderla a favor de la recién fundada Caracena, mejor ubicada estratégicamente que Termes a la hora de custodiar el acceso a la frontera del Duero. A pesar de todo el viejísimo asentamiento aguantará varios siglos más, permitiéndose incluso embellecerse con una hermosa iglesia románica (siglo XII), hoy ermita de la virgen de Tiermes. Incluso se conoce documentalmente la existencia de un monasterio, del que no nos han llegado restos. Pero el destino de Termes estaba echado. Así en 1499 la aldea estaba casi abandonada. No tardaría mucho más en quedar vacía, poniendo así punto y final a más de dos mil años de Historia continuada..



lunes, 30 de enero de 2012

PEÑA AMAYA. El otro santuario de la Reconquista.

Uno de los lugares más interesantes de España, tanto por la agreste belleza del paisaje en que se encuentra como por la rica historia que duerme entre sus mudas ruinas, es la impresionante Peña Amaya.

Situada junto a la localidad burgalesa del mismo nombre, en el corazón de la abrupta comarca norteña de Las Loras, Peña Amaya es un buen ejemplo de la peculiar estructura geológica –la lora-- a la que hace referencia el nombre de la comarca, a saber una suerte de gran meseta rocosa, salpicada de peñascos. En efecto, la lora de Amaya es una de las más altas de la zona, elevación ésta que se ve sublimada por unos taludes casi verticales, sumamente difíciles de superar más allá de los caminos trazados a lo largo de los últimos veinte siglos. Considerablemente extensa también a pesar de su perfil estrecho y alargado, la cumbre de la meseta no es llana del todo, encontrándose antes bien dominada por dos impresionantes formaciones pétreas conocidas por el Castillo y la Muela, a la sazón formidables obstáculos adicionales para todo aquél que pretenda dominar la peña por la fuerza. El resultado es un enclave como pocos otros en España, dotado de unas cualidades defensivas rayanas en la excelencia, de ahí que aunque sólo fuera por esto, no resulta en absoluto extraño que Peña Amaya haya albergado pobladores desde la remota Edad del Bronce.

La inexpugnable lora de Peña Amaya, con sus pétreos taludes casi completamente verticales, vista desde el camino que hasta su cumbre conduce.

Sin embargo las virtudes de Amaya van mucho más lejos que su sola bondad táctica por inmejorable que ésta sea. Ciertamente, un simple vistazo al mapa de la zona enseguida nos informa de su condición de guardiana de Cantabria, consecuencia directa de su ubicación en el último reborde de la cordillera Cantábrica a modo de inexpugnable atalaya erigida sobre la inmensa llanura del Duero, vigilando de cerca el tránsito por la más oriental de las dos rutas históricas de acceso a Cantabria. Dicho todo esto no hace falta más que reunir tantas y tan magníficas virtudes para tomar conciencia de la enorme importancia estratégica de la que hiciera gala la Peña durante más de mil años, lógicamente traducida en una historia brillante e intensa como pocas, a la postre imbricada no sólo en el devenir de los acontecimientos de la comarca sino también en las mismas entrañas de la historia de España.

La historia de Peña Amaya comienza en la segunda Edad del Hierro cuando los aguerridos cántabros fundan un poblado en su cumbre. Según las investigaciones el castro de Amaya delimitaba por el sur el territorio controlado por el pueblo cántabro, siendo en la practica una suerte de plaza fronteriza proyectada sobre el valle del Duero, propiedad de vacceos y túrmogos. Por esta razón el asentamiento debió ser provisto de murallas desde un buen principio, máxime cuando a su condición de llave del acceso al corazón de la antigua Cantabria se sumaba la de avanzadilla desde la que lanzar los ataques de rapiña a los que tan aficionados eran los cántabros según los escritores latinos.

Vista de la roca conocida por el nombre de el Castillo desde la meseta de Peña Amaya, junto a las ruinas de la puebla medieval. Dominadora implacable de las tierras que le rodean, su ubicación es perfecta desde el punto de vista defensivo de ahí que haya servido de acrópolis del conjunto desde tiempos inmemoriales. En su cúspide se encuentran los restos del castillo medieval de Amaya, a buen seguro levantado sobre los cimientos de fortalezas muy anteriores.

Aunque tradicionalmente se ha considerado a Amaya uno de los castros cántabros más importantes, lo cierto es que las últimas excavaciones parecen apuntar en sentido contrario. Tampoco es del todo segura la participación de Amaya en las guerras cantabras, pues el lugar no es mencionado por ninguno de los cronistas romanos que trataron estos hechos, los cuales sí mencionan otros castros tomados por las legiones romanas. No obstante su carácter de guardiana de una de las rutas de penetración al interior de Cantabria, a buen seguro utilizada por los invasores según los textos latinos, permite presuponer que Amaya fue tomada por Roma en algún momento entre los años 29 a.C. y 19 a.C., fechas respectivas del comienzo y final de las guerras cántabras.

Conquistada finalmente toda Cantabria por Roma, los vencedores ordenaron desalojar la gran mayoría de los enriscados castros cántabros, trasladando su población al llano donde era mucho más fácil de controlar. Salvo alguna excepción aislada ninguno de estos castros volvió a ser habitado nunca más. No obstante, las evidencias arqueológicas indican que Amaya no sufrió esta misma suerte, continuando como núcleo habitado. La razón de esto se hallaba sin duda en el altísimo valor estratégico de su emplazamiento que aconsejaba, al menos, el mantenimiento de una guarnición en la peña.


Vista de los últimos metros del camino de acceso a la cumbre de Peña Amaya. Labrado en la roca viva, es probable que lo abrieran los aguerridos cántabros en algún momento del primer milenio antes de Cristo.

Desaparecida largos siglos después la autoridad romana en la península, es sustituida por la visigoda: mucho menos capaz que aquélla. Como resultado las tierras de la antigua Cantabria, nunca bien romanizadas así como relativamente alejadas de las comarcas escogidas por el grueso del pueblo visigodo para asentarse, recuperan su independencia sino oficialmente, sí de facto.

PEÑA AMAYA EN LA EDAD MEDIA.

Los albores del medioevo traerían un periodo de esplendor para Amaya, a la sazón elevada a la condición de capital de los cantabros, pues era en su recinto donde se reunía el consejo de ancianos que tomaba las decisiones que afectaban al conjunto del pueblo cántabro. Por aquel entonces los cántabros seguían siendo un pueblo netamente bárbaro, entregado a sus ritos páganos a pesar del catolicismo impuesto por Roma siglos atrás como religión oficial. Devotos seguidores de ancestrales costumbres legadas por sus antepasados, proseguían su austera vida de montañeses, practicando la ganadería como fuente principal de sustento más alguna limitada incursión en la ciencia de la agricultura. Sólo en las comarcas meridionales de Cantabria, precisamente aquéllas donde se alza Peña Amaya, parecía disimularse un poco la rudeza del pueblo cántabro bajo un leve barniz de romanización, de ahí que se encontraran por ahí sus mayores núcleos de población.

La impresionante figura de la Muela vista desde la ladera oriental del Castillo, alzándose poderosa sobre la meseta de Peña Amaya. De muy difícil acceso, es posible que albergara los primeros pobladores de la Peña allá por los siglos finales del segundo milenio antes de Cristo.

Durante muchos años, los mismos que empleara la monarquía visigoda en afianzarse en Hispania, los cántabros vivieron en libertad, decidiendo su destino sin injerencias ajenas. Sin embargo, su tradicional comportamiento predatorio trajo sobre ellos una nueva conquista al igual que lo hiciera en tiempos de Augusto. Sucedió así que el rey visigodo Leovigildo, entrando con sus huestes en Cantabria, atacó y tomó Amaya a pesar de la fiereza de sus defensores, destruyendo la plaza y ejecutando a la mayoría de los jefes cántabros. Según la crónica de Juan de Bíclaro esto acaeció en el año 574, significando un golpe de muerte para la independencia cántabra toda vez que la porción ultramontana del país era mucho más pobre que la meridional y por tanto incapaz de salir adelante por sí misma, siendo sometida también poco después.

Tras la exitosa campaña de Leovogildo Cantabria quedó sujeta al dominio visigodo. No obstante la fortaleza de la monarquía visigoda era insuficiente para asegurar indefinidamente la sumisión de los indomables cántabros que volvieron a levantarse durante el reinado de Sisebuto (612-621), siendo derrotados con gran violencia por las tropas toledanas. Parece ser que en esta revuelta también participó Amaya, otra vez bastión principal de los norteños. Al final, lo que no consiguió nunca la autoridad visigoda con las armas hubo de lograrlo la acción evangelizadora iniciada por personajes como San Millán, que aplacó un tanto la fiereza del pueblo cántabro, haciéndole más llevadera su pertenencia al reino visigodo aunque sin renunciar en ningún momento a su identidad ni a sus costumbres. Sucedió así que para finales del siglo VII Cantabria había dejado de ser un territorio decididamente hostil al trono toledano lo que llevó al monarca Ervigio a crear el Ducado de Cantabria (hacia el año 680): división administrativa que garantizaba un cierto grado de autonomía a los cántabros siempre y cuando éstos garantizaran su sumisión a la corona en la persona del representante de ésta en aquella tierra, el Duque o Dux. Como capital de este ducado se escogió la centenaria ciudad de Amaya, sin duda alguna el principal núcleo de una región mucho más grande que la actual comunidad autónoma ya que llegaba por el este hasta el Nervión en Vizcaya y al Nalón por el oeste en tierra astur-leonesa, englobando por el sur la mitad septentrional de las provincias de Burgos y Palencia.


ladera suroccidental del Castillo de Peña Amaya
Muro de cerramiento localizado en la ladera suroccidental del Castillo. Su misión era acotar, de entre todos los posibles, un único camino, bastante estrecho así como dominado por los defensores, hacia la cúspide del peñasco. Por la tosquedad de su factura este muro es bastante antiguo. Como muy moderno podría ser de época altomedieval –cuando Ordoño I mandara refortificar Peña Amaya--. No obstante lo más probable es que sea anterior, quizás incluso perteneciente a la fortificación cántabra original, en cualquier caso protagonista de excepción del asedio de Peña Amaya por Tarik ben Ziyad en el 712.

La llegada del Islam a España en el 711 encontraría a Cantabria iniciando su andadura como uno de los ocho ducados visigodos. A buen seguro no habría desparecido todavía el recelo en el alma de los cántabros, inclinados por naturaleza a obrar según su propio juicio sin dar cuenta de sus actos a monarca alguno. Es muy posible que al final hubieran acabado por volver a las andadas, rechazando una sumisión a un rey lejano que no encajaba en absoluto con su forma de ser ni con su estilo de vida. Sin embargo la derrota de Guadalete estaba llamada a cambiar el destino de Cantabria para siempre, poniendo punto final a una historia milenaria a cambio de iniciar otra que todavía estamos viviendo. Todo esto, por cierto, tendría lugar en la milenaria Peña Amaya.

Cuenta la Crónica General de España que la conquista de Toledo por el ejército del bereber Tarik ben Ziyad, vencedor en Guadalete y Ecija, se realizó sin dificultades a pesar de las fortificaciones de la ciudad debido a que la capital visigoda se hallaba casi vacía al haber huido su gente, incluida la nobleza goda, hacia Amaya. No resulta difícil de imaginar la confusión que se debió vivir en la histórica fortaleza al ver llegar una auténtica avalancha de refugiados, todos ellos fugitivos de aquellas gentes extrañas que estaban sometiendo el antaño orgulloso reino visigodo con rapidez y eficacia inauditas.

Restos de la muralla del Castillo de Amaya todavía visibles en el flanco suroriental de la fortaleza. Su aparejo de grandes piedras colocadas en seco –sin argamasa--, prácticamente idéntico (quizás algo mejor desbastados los bloques) al del muro de cerramiento anterior, permite asignarle una cronología similar.

Por aquel entonces gobernaba en Amaya Pedro, segundo Duque de Cantabria. Según algunas crónicas medievales era de linaje regio, afirmando incluso que era hijo del rey Ervigio. En la actualidad se ha puesto en tela de juicio esta aseveración, posiblemente inventada bastante tiempo después para enaltecer su figura. Lo que sí parece seguro es que era godo como también debían serlo los soldados que tenía bajo su mando en la capital del ducado.

Superados los primeros momentos de estupor a medida que el duque era informado por los recién llegados de la catástrofe que se cernía sobre el reino, Pedro resolvió oponer resistencia al invasor. Trasladada su decisión al pueblo cántabro, los indomables montañeses aceptaron unirse al contingente visigodo de la guarnición de Amaya, reforzado por los abundantes hombres útiles que en buena lógica debía haber entre los fugitivos. Entre todos, valiéndose de la magnífica fortaleza natural que el destino había puesto en sus manos, habían de intentar detener al ejército musulmán que avanzaba imparable por Hispania.

Peña Amaya, Burgos
Restos del la fortaleza de Amaya situados en la cúspide de la roca de el Castillo. Tanto el uso de mortero de cal como aglomerante como el sistema constructivo empleado en su ejecución nos informan de su pertenencia a las últimas construcciones realizadas en el castillo ya en los siglos bajomedievales (XIII-XIV-XV), cuando Amaya era sede de un estado señorial al estilo de la época.

Entretanto Tarik ben Ziyad, enterado del lugar al que se dirigían los patricios toledanos, resolvía partir para el norte sin dilación. No en vano el principal objetivo del caudillo bereber era apoderarse del mayor botín posible –aún no se habían empezado a plantear los invasores musulmanes la incorporación de Hispania al mundo islámico-- de tal manera que la premura en dar caza a los fugitivos era fundamental. Utilizando la calzada romana que por el puerto de Somosierra se internaba en la meseta castellana, Tarik tomó el camino directo hacia Amaya sin molestarse en desviarse hacia núcleos como Uxama (Osma, Soria) o Clunia (Peñalba de Castro, Burgos): con diferencia los principales de la zona en cuestión. Tal debió ser en verdad la ligereza del paso que imprimiera a sus tropas que logró dar alcance a los más rezagados de entre los toledanos en al-Maida, lugar no identificado todavía, apoderándose de grandes riquezas entre las que se encontraba, según las crónicas islámicas, la mítica Mesa de Salomón, llevada a Toledo por los godos procedente de Roma. Puesto otra vez en camino, el caudillo bereber alcanzó finalmente la vertiente meridional de los montes Cantábricos. Frente a él se alzaba la imponente mole de Peña Amaya, coronada de murallas en cuyos adarves se divisaban las cabezas de un gran número de defensores dispuestos a no dejarle avanzar ni un centímetro más por tierras de Cantabria. Lejos de arredrarse, el caudillo bereber ordenó el asedio de la capital cántabra. Sabía que el tiempo jugaba en su favor.

Pocas son las cosas que conocemos a ciencia cierta sobre este asedio, ocurrido en el otoño del 711. Sí que sabemos que fue un cerco muy duro, dispuesto por Tarik de tal modo que fuera imposible la llegada del menor socorro a los sitiados. Al final, agotadas las provisiones, el duque Pedro no pudo hacer otra cosa que reconocer su derrota y pactar una capitulación más o menos ventajosa con Tarik, quien debió acordar algo con el caudillo godo toda vez que Pedro y los suyos pudieron escapar hacia al norte, al otro lado de la cordillera, mientras que de haber perdido la plaza al asalto o por rendición incondicional lo normal es que hubieran sido ejecutados o esclavizados.

Burgos, Castilla León
Vista de la llanura que culmina la meseta de Peña Amaya desde el punto más alto de el Castillo. Se aprecia el antiquísimo camino que, procedente de la entrada a la cumbre, atraviesa la llanura, pasando al lado del despoblado medieval (a la izquierda de la fotografía) para continuar hacia la roca de el Castillo donde finaliza.

Perdida la capital del ducado, Pedro y su heterogénea hueste se hicieron fuertes en las montañas, señoreando también los valles costeros donde apenas se atrevían a penetrar los musulmanes sino era en gran número. Ante esta situación sería Musa ben Nusayr, señor de Tarik ben Ziyad, el encargado de asegurar la presencia musulmana en la cuenca del Duero vía el reparto de tierras entre sus soldados así como el establecimiento de guarniciones en los puntos más estratégicos, entre los que desde luego tenía un lugar destacado Peña Amaya. No contento con estas disposiciones Musa atravesó por primera vez la cordillera cantábrica, alcanzando la costa asturiana en un claro intento de evaluar tanto la riqueza del territorio como la capacidad de resistencia de los núcleos de resistencia ultramontanos.

La lucha en las montañas cantábricas proseguiría durante una década sin decantarse por ninguno de los dos bandos. Aunque Amaya no había vuelto a ser cristiana desde el 711, la peña ya no era estrictamente necesaria para la causa hispana al haber culminado su crucial tarea: la de fundir todas las almas cristianas en una sola, señalando con su dedo de piedra al enemigo común de todos: cántabros, visigodos e hispanorromanos. A partir de ese momento ya no había lugar a querellas entre los irreductibles cántabros y sus dominadores meridionales: ambos grupos conformaban un único pueblo, sin duda variado en sangres pero no por ello menos monolítico en su anhelo de apercibirse para la defensa de la tierra que pisaban, con los corazones puestos en el supremo anhelo de conservar esa independencia por la que siempre habían peleado tanto precisamente los cántabros. Y todo esto se consiguió gracias a la esperanza de victoria que significó Peña Amaya para fugitivos y montañeses, a la postre fallida pero que ilusionara durante el tiempo suficiente para hacer ver a aquella mezcolanza de gentes que lo mejor que podían hacer era unir sus fuerzas contra el invasor e iniciar entre todos la reconquista de España.

Restos de la puebla medieval de Amaya localizados en la cumbre de la peña. A pesar del tiempo transcurrido desde su abandono los montones de piedra que un día fueron casas siguen insinuando el trazado de las calles y la disposición de las habitaciones.

Como es bien sabido la archifamosa victoria de Covadonga en el año 722 trajo consigo el afianzamiento del núcleo de resistencia astur que había seguido un proceso de hermanamiento entre hispanos idéntico al iniciado en Peña Amaya. Con notable habilidad política los dos líderes cristianos, Pedro en Cantabria y Pelayo en Asturias, decidieron plantear un frente común al enemigo musulmán. La alianza fue sellada con el matrimonio de Alfonso y Ermesinda, hijos de Pedro y Pelayo respectivamente. Muertos el Duque de Cantabria y don Pelayo, el hijo y heredero de este último, Favila, muere en 739 en una cacería despedazado por un oso. El señorío de Asturias recaería por derecho propio en Alfonso que vio así fusionados en su persona los dos únicos islotes cristianos que sobrevivían en medio de la marejada musulmana. Ese mismo año se hizo coronar rey de Asturias con el título de Alfonso I dando comienzo así la historia de la monarquía hispánica.

El devenir de Amaya a partir de la formación del reino de Asturias oscilará entre los intentos cristianos por incorporarla definitivamente a sus posesiones y los islámicos por evitarlo. Clara evidencia del enorme valor estratégico de la peña es hecho de que el mismo Alfonso I la ocupara a la primera oportunidad (hacia el año 754, en el marco de la reconquista de Saldaña --la Saldania romana-- y la plaza fuerte de Monte Cildá, muy cerca del actual Olleros de Pisuerga), habiendo de abandonarla después ante la imposibilidad de defenderla. Posteriormente será Ordoño I quien en el año 856 ordena a don Rodrigo, primer conde de Castilla, que repueble y fortifique Amaya; tarea que el conde verifica con éxito nombrándose a la nueva población, heredera de glorias sin número, Amaya Patricia.

Peña Amaya, Burgos
Torre de la muralla del castro de Monte Cildá. Habitado desde el siglo I a.C., muchos autores identifican este lugar con el poblado cántabro de Véllica, al pie de cuyas murallas se libró una gran batalla en el verano del año 26 a.C., con victoria de las águilas romanas. La muralla de la fotografía data del siglo V d.C., cuando los moradores de los asentamientos cercanos, ante el grave estado de inseguridad originado por las invasiones germánicas, se concentran en esta ciudad, cuyo nombre latino desconocemos. Plaza principal de la frontera cántabra junto a Amaya, debió ser tomada por Leovigildo en la misma campaña que ésta (probablemente tan sólo unos días después).Reconquistada a los musulmanes en tiempos de Alfonso I, el lugar estuvo habitado hasta el siglo XII.

Como en sus mejores tiempos Amaya adquiriría rápidamente una gran importancia como plaza fronteriza de primer orden. Tal sería, de hecho, su ascendiente sobre la zona que en el año 922 el conde castellano Diego Porcellos manda desviar el camino de Santiago haciendo que pase por Amaya la ruta que antes pasaba por Álava en su devenir hacia Astorga.

Todavía habrían de soportar los milenarios muros un nuevo embate, el último antes de sumirse en el letargo propio de las plazas que van quedando en retaguardia. Sería en 989 cuando las numerosísimas tropas del califa Hisham II, comandadas por el celebérrimo Almanzor, asedian la ciudad, logrando entrar en su recinto tras una dura pugna. Nuevamente arrasado el asentamiento, su repoblación definitiva se produciría en tiempos del rey Ramiro II.

Ya en el siglo XII, desaparecido mucho tiempo atrás el peligro sarraceno, los pobladores de Amaya abandonan el seguro pero incómodo asentamiento en la cumbre de la peña, instalándose en el llano inmediato. Arriba sólo quedaría la guarnición de la fortaleza que continuaría en ella al menos hasta el siglo XIV en que la documentación nos informa que el castillo de Amaya seguía en uso. Posteriormente desaparecen las menciones en las fuentes, fiel indicio de que la decadencia y su hija el olvido habían empezado a hacer mella en las heroicas murallas de Amaya. Una tras otra, las mismas piedras milenarias que habían visto pasar ante sí los ejércitos de Roma, del rey Leovigildo y del bereber Tarik ben Ziyad iban rodeando por las vertiginosas laderas de la peña convirtiéndose en suculenta cantera para los habitantes de los alrededores.

Hoy en día Peña Amaya es un lugar sino abandonado, sí sumido en un cierto ostracismo; todo lo contrario que Covadonga, el otro lugar donde se gestara la Reconquista, universalmente conocido. Ubicada junto a un pueblecito de pocas casas, tierra adentro en una comarca económicamente deprimida, se encuentra lejos de cualquier vía de comunicación importante. Así mismo, la información disponible al respecto es escasa y en su mayoría especializada lo que unido a la ausencia de restos arquitectónicos relevantes redunda en la perpetuación del desconocimiento por el gran público. Todo esto se podría paliar realizando algunas inversiones en el monumento en forma de excavaciones capaces de exhumar los restos sepultados, en aceptable estado de conservación a juzgar por las pocas catas existentes. Con un poco de esfuerzo se podría incluso poner en valor el yacimiento –la gran belleza del paisaje puede servir de atractivo adicional--, beneficiando así tanto al estado actual de los conocimientos sobre nuestra historia como a los proyectos de divulgación histórica en curso, sin olvidar por supuesto el impulso que a la economía de la zona otorgaría semejante atracción turística ni tampoco la prioridad más acuciante que tiene cualquier monumento: su propia conservación, en el caso de Peña Amaya gravemente amenazada por culpa del expolio a que se ve sometido el lugar tal y como refleja de vez en cuando la prensa de la región.

cumbre de la meseta de Peña Amaya.
Fragmento de muralla excavado en la cumbre de la meseta de Peña Amaya. El aparejo de mampostería tosca aglomerada con barro es por lo general señal de cierta antigüedad. Probablemente esta muralla, que delimitaría todo el perímetro de la mítica lora, tenga un origen prerromano, si bien las sucesivas restauraciones y trabajos de mantenimiento irían alterando su fisonomía hasta ofrecer el aspecto actual, datable de forma imprecisa en la Alta Edad Media. En el momento de la conquista musulmana debía presentar, no obstante, un aspecto bastante similar a éste.