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martes, 30 de septiembre de 2014

El Castro de Villasviejas del Tamuja y su ceca monetal (TAMUSIA).

El castro de Villasviejas del Tamuja se encuentra a unos 3 kilómetros de la localidad cacereña de Botija, pudiéndose llegar a él por una pista de tierra en buen estado. Destacar que buena parte de sus materiales y aún de sus estructuras han sido reutilizadas para la construcción de corrales para el ganado ovino propio de la zona.

 Ruinas de la muralla exterior del Castro de Villasviejas del Tamuja.

Ubicado en la superficie de una colina ancha pero de escasa altura, la suave pendiente de sus laderas no ofrece especiales ventajas desde el punto de vista de la fortificación con la única excepción de su frente occidental, bastante más agreste al discurrir por su parte inferior la delgada corriente del río Tamuja.

 Recintos inferior (exterior) y superior (interior) del castro.

lunes, 17 de marzo de 2014

El Castillo de Moros. Quintana de la Serena (Badajoz). Un ejemplo de Castellum romano de cronología temprana.

Por el sugerente nombre de “Castillo de Moros” son conocidos los restos de un recinto amurallado localizados en un berrocal granítico muy cerca de la carretera que une las localidades pacenses de Quintana de la Serena y Valle de la Serena.

Resulta destacable su proximidad al recinto romano de época republicana (siglo I a.C.) de Hijovejo – 1, del cual no le separan en línea recta más de doscientos metros, flanqueando a la sazón uno por cada lado la citada vía. No obstante su emplazamiento es ligeramente distinto toda vez que Hijovejo – 1 se halla prácticamente en llano, aprovechando unos bolos graníticos poco relevantes, mientras que el Castillo de Moros utiliza un cerrete de escasa entidad pero considerablemente más destacado en el paisaje para ganar algo más de valor defensivo. Sea como sea, en ambos casos se trata de emplazamientos poco apropiados desde el punto de vista defensivo dada su evidente accesibilidad.

Vista general del emplazamiento del Castillo de Moros.

DESCRIPCIÓN DEL RECINTO Y SU EMPLAZAMIENTO. El estado de los restos conservados es bastante malo, al menos en lo referente a las estructuras visibles en superficie. Casi ocultos por la vegetación, apenas se aprecian algunos paramentos exteriores correspondientes a lienzos de muralla, mientras que el intradós de dichos lienzos aparece completamente soterrado. Para colmo la mayor parte del perímetro que indudablemente tuviera en el pasado esta fortificación se encuentra perdido en la actualidad, bien porque yazca sepultado bajo tierra, bien porque simplemente haya desaparecido engullido por los múltiples trabajos agrícolas y ganaderos sufridos por el emplazamiento desde entonces (entre los cuales no faltan algunos cercados próximos verificados con un material pétreo idéntico al del Castillo de Moros). Es por ello que, llegado el momento de reconstruir la traza de este recinto, es preciso dejarse guiar más por la lógica y el sentido común que por la siempre más segura evidencia arqueológica. 

Como ya se dijera anteriormente, el Castillo de Moros se yergue sobre un cerrete granítico de escasa relevancia, similar a muchos otros de la zona. Una primera vuelta alrededor del emplazamiento permite distinguir dos zonas distintas, dispuestas de forma aterrazada según un modelo innumerablemente repetido en lasa fortificaciones de la Antigüedad. Así, elevándose unos dos metros sobre la llana dehesa encontramos en primer lugar una suerte de plataforma (figura 1), con sus taludes poco pronunciados. Esta plataforma, de forma ovoidal y unas dimensiones aproximadas de 20 x 10 metros, rodea la segunda zona del cerrete, a saber un bolo granítico, quedando un espacio transitable en su coronamiento variable entre los cinco y los siete metros de ancho. No obstante dicha circunvalación no es completa, limitándose a los flancos occidental, oriental y meridional del citado bolo, cuyo flanco septentrional, privado de plataforma, se apoya directamente en el suelo de la dehesa. Por su parte, el bolo granítico puede describirse como una reducida afloración pétrea de planta aproximadamente rectangular –unos 10 X 3 metros—orientada en sentido Este-Oeste. Sin acceso sencillo desde la plataforma dada la verticalidad de sus paredes naturales, resulta evidente su carácter de acrópolis diminuta, sin duda utilizado en la antigüedad para incrementar el valor militar del recinto.

Fig. 1.- Plataforma del Castillo de Moros vista desde su sector suroriental. A la izquierda se yergue el bolo granítico.

viernes, 9 de agosto de 2013

METELLINUM (Medellín). De campamento a ciudad romana.

La Metellinum romana se corresponde con la actual Medellín, provincia de Badajoz, en cuyo casco urbano e inmediaciones se encuentran los escasos pero significativos vestigios que el pasado clásico nos ha legado.
 
Los orígenes de la antigua ciudad romana, hoy población extremeña, se encuentran en cierto asentamiento prerromano localizado en la cumbre del cerro del castillo de Medellín, donde hoy se alza la gran fortaleza medieval que da nombre a este accidente geográfico.

Muralla romana de Metellinum, con su esbelto paramento externo de mampostería regular en hiladas.
 
En el año 79 a.C. desembarca en Hispania Quinto Cecilio Metelo Pío (Quintvs Caecilivs Metellivs Pivs en latín), nuevo procónsul de la Ulterior. Su misión era derrotar al rebelde Sertorio, que bajo su dirección de cuño romano había independizado de facto una gran parte de la península ibérica.
 
Al mando de dos legiones, Metelo se dirige a la provincia Lusitania, en plena efervescencia bélica por aquel entonces al hallarse bajo control de Sertorio todos los territorios al norte del Guadiana. Decidido a afianzar el dominio romano sobre la zona, Metelo establece dos grandes campamentos a manera de puntos fuertes y un número indeterminado pero considerable de puntos fortificados menores. Estos dos campamentos fueron Castra Caecilia (identificado con el yacimiento de Cáceres el Viejo, en las proximidades de Cáceres capital) y Castra Metellinum, la actual Medellín, que iniciaba así su andadura por la senda de la Historia.
 
Sección transversal de la muralla romana de Metellinum donde se observa claramente el paramento externo de mampostería por hiladas y el núcleo de argamasa de cal y mampuestos sin desbastar.
 
La plaza campamental de Metellinum sobreviviría al final de las guerras sertorianas, concluidas en el año 71 a.C. con la derrota del líder rebelde. Reducida en extensión, se extendía por la cumbre del cerro del castillo y su ladera meridional, dejando sin ocupar las otras laderas sin duda ante el temor a las inundaciones provocadas por los frecuentes desbordamientos del Guadiana en época de crecida. No obstante, su importancia político-administrativa era grande al tratarse del mayor asentamiento romano en bastantes kilómetros a la redonda. Este hecho, unido a la existencia de varios epígrafes que indican la pertenencia de los naturales de Metellinum a la tribu Sergia (en menor porcentaje, a la Galeria), permite aseverar el ascenso del asentamiento a la condición de colonia durante el gobierno de César (las colonias cesarianas solían ser inscritas en la tribu Sergia). Nos encontramos, pues, ante una de las colonias romanas más antiguas de la península Ibérica, algo que por otra parte no debe extrañarnos dado que se trataba de una plaza de fundación romana, de cuya lealtad por tanto no había motivos de duda.
 
Metellinum conocería un periodo de gran esplendor durante el periodo republicano tardío y los primeros años del imperio (segunda mitad del siglo I a.C.). Sin embargo, la fundación de la Colonia Augusta Emérita en el año 25 a.C., veinticinco kilómetros aguas abajo del Guadiana, y su rápido crecimiento posterior iban a eclipsar en poco tiempo a la ciudad de Metelo. A pesar de todo Metellinum conservaría un considerable vigor urbanístico a lo largo del periodo Julio-Claudio (14-68 d.C.) tal y como atestigua el culto imperial detectado en la epigrafía, el patronazgo de personajes principales como Druso, hijo de Germánico, o Gaius Caesar, hijo adoptivo de Augusto y, sobre todo, los restos del gran puente sobre el Guadiana, arrasado por una riada a comienzos del siglo XVII y del que sólo quedan las bases de las pilas, así como las ruinas del teatro de la ciudad, erigido en el siglo I d.C. aprovechando la pendiente de la ladera del cerro del castillo.
 
Sección longitudinal de la muralla de Metellinum.
 
Conocemos poco acerca del devenir de Metellinum en los siglos siguientes a su fundación y desarrollo temprano. La falta de excavaciones arqueológicas se une en este caso al escaso volumen de referencias en los textos latinos para componer un panorama en exceso esquemático si bien probablemente correcto. Así, lo más que se puede decir es que no parece que la ciudad pasara nunca de entidad urbana más bien pequeña, sobre todo en comparación con la cercana y mucho más fastuosa Emérita. Sí que poseía, no obstante, un territorium independiente del de Emérita en el que florecían grandes villas agrícolas dependientes de la ciudad, la mayoría de las cuales han sido estudiadas con metodología arqueológica o al menos prospectadas de tal manera que se ha podido reconstruir con bastante precisión los límites de dicho territorium.
 
Muralla romana de Metellinum, en el área del teatro, con el recrecimiento de tapial de época almohade.
 
Los únicos autores antiguos que citan a Metellinum en sus obras son, como suele ser habitual en estos casos de parquedad documental, Plinio el Viejo y Ptolomeo. El primera la cita como Metellinensis Colonia, el segundo como Caecilia Gemellina en las coordenadas 8º 40´ O -- 39º 30´N. La ciudad también es mencionada en el itinerario de Antonino como mansio de la ruta XI que enlazaba las grandes urbes de Emérita y Córduba, la última antes de llegar a Emérita. De hecho, la construcción del puente romano sobre el Guadiana, hoy casi desparecido como se dijo, fue acometida con el objetivo de dar continuidad a esta ruta a su paso por Metellinum. Por último añadir que también aparece citada en el anónimo de Rávena con el nombre de Metilinon.
Aunque la ciudad nunca pudo superar la imponente competencia que suponía la proximidad de la capital de la diócesis hispánica, lo cierto es que a diferencia de muchas otras urbes hispanorromanas no sucumbió a la crisis del siglo III o a las turbulencias de finales del imperio, ni tan siquiera a la invasión musulmana que tantos núcleos antiguos yermara para siempre. Probablemente sea la existencia del puente sobre el Guadiana, imprescindible a la hora de asegurar las comunicaciones entre la capital del emirato y la siempre levantisca Mérida, la razón última de éste éxito, por otra parte motivo de que en lo alto del cerro del castillo haya lucido siempre su estampa una recia fortaleza.
 
Restos, casi arrasados, de una de las puertas de la muralla de Metellinum.
 
Aparte de los maltrechos restos del puente y las no mucho mejor conservadas ruinas del teatro, el único vestigio de la antigua Metellinum que nos ha llegado son unos pocos fragmentos de su muralla y los vestigios, muy degradados, de una posible puerta (aparentemente de acceso directo con una torre de flanqueo a la izquierda). De lo poco que queda de la muralla se puede entresacar una factura simple, poco monumental  --opus incertum--, de formas rectilíneas y con escasa profusión de elementos poliorcéticos como por ejemplo torres. Muestra un aparejo de triple hoja, siguiendo los preceptos del emplecton romano. Los paramentos externos fueron levantados con mampuestos sin tallar aunque de tamaño y forma bastante uniformes lo que permitió una regularización en hiladas ciertamente armoniosa. Todo el conjunto está ligado con un mortero de cal de muy buena calidad, fiel indicio de su origen romano. El núcleo interno, por su parte, lo forma la habitual mezcla heterogénea de tierra y mampuestos, nuevamente ligados con mortero de cal de alta calidad. En la actualidad conserva un alzado máximo de algo más de 2,5 metros en el mejor de los casos. Su espesor, más bien moderado, no alcanza los dos metros. Considerando en conjunto todas estas características, resulta bastante verosímil atribuirle una cronología temprana a esta muralla, de tipo más simbólico que defensivo por tanto. Probablemente se construyera con ocasión del ascenso de la ciudad a la categoría de Colonia, acontecimiento éste datable en algún momento entre los años 63 y 40 a.C., fechas respectivas del nombramiento de Julio César como cuestor de la Hispania Ulterior y de la batalla de Munda.
 
Ruinas del teatro romano de Metellinum. La bóveda de ladrillo se corresponde con uno de los dos accesos principales al edificio.
 
La muralla romana de Metellinum siguió siendo utilizada en los siglos medievales como defensa principal de la plaza, al menos mientras pudo  soportar el embate de los siglos y los conflictos de los hombres. Sin embargo hubo un momento, posiblemente hacia finales del siglo XII, en que los viejos lienzos romanos estaban tan arrasados que ya no podían proporcionar una defensa adecuada. Debió ser entonces cuando se recrecieran con un tapial de cal y canto de mediana calidad, observable todavía en la mayoría de los lugares donde se ha conservado la muralla de Medellín y que, a juzgar por su morfología, debe ser obra almohade.
 
Ruinas de la parte baja de la cávea del teatro romano de Metellinum.


miércoles, 23 de enero de 2013

FORNACIS y el Cerro de Hornachuelos.

Aunque todavía no se ha podido demostrar con seguridad, todos los indicios apoyan la identificación del oppidum hispanorromano de Fornacis con las ruinas localizados en el cerro de Hornachuelos, término municipal de Ribera del Fresno, provincia de Badajoz.
 
El cerro de Hornachuelos es la principal y casi única elevación (465 metros de altitud) que se yergue en una zona fundamentalmente llana, situada en pleno valle medio del Guadiana, en las proximidades del río Matachel. Desde su cumbre se descubre un amplio territorio, detalle éste que la convierte en una excelente atalaya tanto para el control del cauce del cercano Matachel  como de la vieja Cañada Real Sevilla-Madrid que a su costado discurre, vía a la sazón de comunicación entre el meridión y el centro peninsulares desde los remotos tiempos de la prehistoria. Por otra parte, su importante altitud relativa respecto al territorio circundante así como la acusada pendiente de sus laderas (a excepción de la meridional, más accesible) le confieren un interesante valor defensivo que, unido a su excelente posición estratégica en relación a la red de comunicaciones de la zona y a la existencia de buenos campos de labor así como de yacimientos de galenas argentíferas próximos constituyen un abrumador conjunto de argumentos a la hora de entender el motivo de la elección de este emplazamiento como lugar de asentamiento humano.
 
Fornacis. Vista del recinto superior desde el punto central del recinto inferior, en las proximidades del gran aljibe rectangular.
 
Los primeros indicios de habitación de Hornachuelos se remontan al periodo final del Calcolítico (entre 2000 y 1900 años a.C.). Los restos excavados corresponden a un pequeño asentamiento fortificado (muralla de piedra tosca ligada con barro, flanqueada con bastiones semicirculares típicos de la época) localizado en la parte más alta del cerro, a una cota ligeramente mayor que la del futuro asentamiento hispano-romano. Una potente capa de cenizas sella el último nivel estratigráfico correspondiente a esta época, elocuente indicio de una destrucción rápida y violenta a manos del fuego.
Hornachuelos permanecería deshabitado durante cerca de dos mil años. Finalmente, a mediados del siglo II a.C., poco después del final de las guerras lusitanas (147 – 139 a.C.), a la sazón concluidas con la conquista romana de la zona, el lugar vuelve a repoblarse (a diferencia de otros asentamientos cercanos, Hornachuelos no conoció poblamiento protohistórico).
 
Restos de la muralla calcolítica del primer asentamiento que hubo en el cerro de Hornachuelos.

 
Las excavaciones han puesto al descubierto un asentamiento de 5 hectáreas de superficie en el que se pueden distinguir dos áreas claramente diferenciadas, correspondientes a otros tantos amesetamientos concéntricos del cerro, cada una de los cuales debió poseer, a juzgar por los bruscos taludes que aún hoy exhibe el terreno, su propia muralla, ya fuera de de piedra o terrera (la meseta inferior no parece que poseyera nunca una muralla de mampuesto). Las estructuras localizadas, todas ellas en el recinto superior, corresponden a una serie de manzanas de casas, de plata rectangular, adosadas entre sí y abiertas a ambos lados de una calle principal que discurre en la dirección longitudinal del cerro. En la actualidad sólo se conservan sus zócalos de mampostería ya que los alzados de adobe debieron degradarse hace mucho tiempo. Las cubiertas fueron, en principio, bastante simples, ramajes y barro, no detectándose la presencia de tégulas romanas hasta los primeros años del siglo I d.C. Esta clase de urbanismo, poco desarrollado en razón de la ausencia de edificios públicos, pobres infraestructuras básicas, etc, impide calificar al asentamiento de Hornachuelos de ciudad, considerando este concepto dentro de la óptica romana. Sí que encaja, no obstante, dentro del concepto de oppidum, a saber un lugar fortificado de razonables extensión y dominio sobre el entorno pero sin llegar a la categoría de civitas.
 
Éstos son los restos mejor conservados de la muralla romana de Fornacis, erigida a finales del siglo I a.C.
 
Sabemos gracias a Plinio el Viejo que los romanos llamaban Beturia al territorio comprendido entre el río Guadiana y Sierra Morena. Se trataba de una denominación de tipo geográfico, carente por tanto de sentido político, jurídico o administrativo así como anterior a la división de la Hispania Ulterior en Hispania Ulterior Bética e Hispania Ulterior Lusitana. La mitad oriental de esta Beturia, poblada por el pueblo túrdulo, era la Beturia Túrdula, la occidental, ocupada por los célticos, era la Céltica. Aunque Plinio nos proporciona los nombres de los oppida betúricos más importantes, auténticos municipios romanos ya en la época en que redactara su célebre Historia Naturalis, no menciona ningún lugar que pueda relacionarse con el asentamiento del cerro de Hornachuelos a pesar de su evidente fundación romana y pujanza durante más de dos siglos. Algo más de suerte tenemos con Ptolomeo que cita la “ciudad” de Fornacis entre los turdetanos de la Bética. Las coordenadas que proporciona –8º 30´ O y 38º 50´ N—puestas en relación con las propias de otras ciudades próximas cuyo emplazamiento conocemos con seguridad permiten ubicar a Fornacis en la zona del oppidum de Hornachuelos, topónimo éste que por otra parte presenta una cierta semejanza fonética con la palabra Fornacis. Si a estos argumentos le unimos el carácter estratégico del paraje, explicado anteriormente, y la relativa entidad de los hallazgos arqueológicos (de los que la cercana villa de Hornachos, competidora de Hornachuelos por la identificación de Fornacis, carece) que evidencian la pretérita existencia de un antiguo oppidum betúrico, podemos admitir como verosímil la identificación del asentamiento del cerro de Hornachuelos con la Fornacis ptolemaica.

Muralla excavada de Fornacis, correspondiente al sector del poblado. Como se ve, sirve como muro trasero de algunas casas.
 
Los abundantes hallazgos numismáticos realizados en el cerro de Hornachuelos a lo largo de los tiempos atestiguan unas relaciones comerciales bastante intensas entre Fornacis y el valle del Guadalquivir así como con la región del valle medio del Ebro. Sin duda el asentamiento debió ser bastante próspero aunque no lo suficiente para alcanzar la categoría de municipio romano que otros oppida cercanos (los que cita Plinio) lograran con el paso de los años y el avance de la romanización. Parece ser que el motivo de esta falta de proyección histórica está relacionado con la fundación de Emérita Augusta en el año 25 a.C. En muy poco tiempo la nueva colonia augustea monopoliza todo el protagonismo en la zona. Prueba de ello es, para el caso que nos ocupa, la caída en desuso de la antigua senda norte-sur que pasaba por Fornacis en beneficio de otra ruta paralela, la hoy llamada ruta de la Plata, con Emérita como jalón principal en el valle medio del Guadiana. Ni que decir tiene que esta alteración en las rutas comerciales locales debió suponer un duro golpe para Fornacis del que ya no se recuperaría. Sus habitantes irían dejando progresivamente el asentamiento en dirección a los oppida y ciudades próximas, menos alterados por esta medida. En efecto, la arqueología indica que para finales del siglo I d.C., todo lo más primer cuarto del siglo II d.C., el lugar ya estaba abandonado.
 
Torre hueca y redonda (al menos en apariencia) del extremo SE de la muralla.

 
Las gentes de Fornacis ocuparían el recinto superior durante el siglo I a.C. Tras sufrir un incendio, se trasladan al recinto inferior, que ocupa las dos terceras partes de la superficie del cerro, a principios del siglo I d.C. Aunque es una zona menos defendible, resulta más cómoda de habitar en razón de su mayor extensión, menor cota relativa respecto a los campos circundantes y mayor protección frente a los vientos del norte. Aquí excavaran en la roca (si es que no estaba hecho de antes) un gran aljibe rectangular, realmente digno de verse.
 
Arriba, allá en el recinto superior, quedaron los restos abrasados del antiguo habitat, rodeados de una muralla cuyos restos todavía son susceptibles de estudio. En realidad, el sistema defensivo de Fornacis fue evolucionando con el paso del tiempo. En un principio contó con una muralla de piedra seca poco imponente, precedida de un profundo y ancho foso en lo que constituye un reflejo evidente de las prácticas campamentales romanas. Los excavadores la fechan en la mitad del siglo II a.C., esto es contemporánea de la fundación del asentamiento. Posteriormente este foso fue cayendo en desuso. Tras colmatarse se erigió una nueva muralla sobre él, culminada por una empalizada de madera (finales del siglo I a.C.). Esta muralla es la que hoy en día puede verse, a fragmentos, delimitando el perímetro del amesetamientos superior del cerro de Hornachuelos. Las zonas mejor conservadas muestran un  aparejo de sillarejo tosco ligado con mortero de barro. Se trata del paramento externo de un sistema de triple hoja convencional, fácil de apreciar en el lienzo excavado y consolidado en el sector de las viviendas, que por cierto utilizan la muralla como muro trasero. Esto no es de extrañar habida cuenta la poca relevancia constructiva de esta fortificación (apenas 1,5 metros de espesor), obviamente erigida para delimitar el poblado más que para protegerlo.
 
Gran aljibe rectangular excavado en la dura roca del cerro de Hornachuelos, allá en recinto inferior.
 
En las proximidades del vértice suroriental del recinto superior, flanqueando con toda probabilidad el camino de acceso a éste desde el inferior –el actual debe coincidir con el antiguo-- se encuentran los restos, muy arrasados, de una torre de planta aparentemente circular y hueca. Al estar casi soterrada no se puede interpretar su sistema constructivo si bien se debe suponer similar al del reto de construcciones defensivas. Desde esta torre y hacia el oeste pueden observarse sin dificultar algunos restos más de la muralla de Fornacis si bien hoy en día se encuentran tan enterrados que sólo es posible restituir su trazado.

Traza de la muralla romana de Fornacis, junto a la torre surorioental.
 
Centrándonos ahora en el aspecto numismático, parece ser que la ciudad de Fornacis emitió hacia el 50 a.C. una muy reducida emisión de Ases y Cuadrantes con leyenda BALLEIA (inscripción ésta todavía no satisfactoriamente interpretada). La razón de ubicar la ceca que batiera estas monedas en el cerro de Hornachuelos descansa en que la gran mayoría de los escasos ejemplares conocidos fueron encontrados en el propio cerro durante las excavaciones arqueológicas o en sus proximidades vía hallazgos fortuitos.
 
Los contados ejemplares de As de Balleia conocidos presentan un diámetro medio de 30 mm por 18 gramos de peso. En el anverso aparece una cabeza masculina a derecha de pobre arte precedida por un elemento no indentificado. En cuanto al reverso, se muestra en el tercio superior un hacha bipenne en posición horizontal, en el centro leemos la palabra BALLEIA también horizontal, por último el tercio inferior se encuentra ocupado por una suerte de elemento no identificado aunque aparentemente de naturaleza vegetal.
 
Los cuadrantes presentan un tamaño medio de 15 mm y un peso de 3,8 gramos, siendo considerados cuadrantes y no otro divisor precisamente por esa metrología. Aunque también muy escasos lo son significativamente menos que los rarísimos ases. El anverso es similar al de los ases, con una cabeza masculina de pobre arte a derecha. El reverso, bastante vistoso, exhibe en su centro una luna creciente en posición horizontal rodeada en su parte superior por tres estrellas. Debajo, curvada, la leyenda BALLEIA nos permite identificar con seguridad la moneda. A continuación podemos ver tres cuadrantes correspondientes a esta escasísima emisión.
 
Se atribuye también al oppidum de Hornachuelos la acuñación de cierta serie de plomos monetiformes con leyenda púnica BGLT. De momento han sido muy poco estudiados aunque lo cierto es que se han encontrado bastantes de estos plomos en Hornachuelos y sus proximidades.