martes, 16 de agosto de 2011

La Usurpación de Magnencio. 350 – 353 d.C. –1ª Parte--.

En el año 350 d.C., transcurridos trece años desde la muerte del gran Constantino I, gobernaban el imperio romano sus dos hijos menores, a saber Constancio II en oriente y Constante en occidente, en un aceptable clima de armonía y cooperación entre ambos.

Pero si similares en poder eran los dos Augustos, no lo eran igual las dos mitades del Imperio: bastante más rica la oriental –desigualdad ésta vieja ya de muchas décadas--, mucho más urbana (consecuencia de lo anterior) y mayoritariamente cristiana –ya fuera en su versión arriana o en la nicena/católica—al contrario que la parte occidental: fundamentalmente pagana a pesar de los diversos focos de cristianismo existentes en su territorio.

Tamañas desigualdades, a las que hay que sumar otra no menos importante como es la cultural (relativamente germanizada la parte occidental así como con una impronta celta todavía muy viva, de corte totalmente helenístico la oriental), colocaron al joven Constante en una posición mucho más difícil que la de su hermano Constancio a la hora de ganarse el
apoyo y la fidelidad de sus súbditos. Así, mientras al arriano y urbanita Constancio le tocó en suerte un imperio prácticamente hecho a su medida, al inexperto Constante le correspondió una sociedad tosca y pagana a la que le ofendía por igual tanto el arrianismo militante de su emperador como su declarada homosexualidad (bien vista por la cultura griega pero no tan to por la latina y mucho menos por las culturas de tipo celta o germánico). Si a esto le sumamos cierto decreto firmado por el emperador Constante en 341 por el que se prohibían los sacrificios paganos, su decidida predilección por los cristianos y los frecuentes rumores a cada cual más perverso acerca de su vida privada que por doquier surgían (se le llegó a acusar de pederasta), tenemos el caldo de cultivo perfecto para un hirviente descontento social fácil de aprovechar por el primer aspirante con los recursos y el valor suficientes. Pues bien, Flavio Magno Magnencio sería el nombre de ese oportunista, a cuyo turbulento reinado vamos a dedicar este post.

Nacido hacia el año 303, a juzgar por los datos numismáticos en la ciudad gala de Ambianum, la actual Amiens, parece ser que era de origen franco por parte de madre. El futuro emperador Juliano va aún más lejos en esta apreciación al afirmar que Magnencio era un “bárbaro desvergonzado y grosero, de los que habían sido hechos prisioneros hace no mucho” y que posteriormente habían sido reasentados en suelo romano (es lo que se conoce en los textos clásicos como un laetus). Fuera como fuere,  lo que está claro es que era de cuna humilde así como de raigambre germánica. Alistado en el ejército imperial en tiempos de Constantino I, Magnencio debió demostrar unas sobresalientes capacidades pues no de otra manera se explica que un recluta de baja condición fuera alcanzando sucesivamente los rangos de tribuno, protector y finalmente comes (conde) rei militaris de los Herculani y los Ioviani, a la sazón las dos mejores legiones (ambas de rango palatino) con que contaba el imperio de occidente. Desde tan alta posición jerárquica Magnencio pudo percibir mejor que nadie el agudo malestar del ejército, formado mayoritariamente por paganos, contra Constante y canalizarlo en su beneficio hasta lograr ser proclamado emperador por sus tropas el 18 de enero de 350 en la ciudad gala de Augustodunum, la actual Autun.

El ejército de campaña de la Galia, formado por las legiones comitatenses (infantería pesada de gran capacidad militar, entrenada para entablar batalla campal con el enemigo) Fortense y I Martia con sus tropas auxiliares de Praeventores y Superventores se unirá también a la sublevación iniciada por sus compañeras de rango palatino Joviana y Herculana. Encabezada por Magnencio, la potente hueste se apodera con facilidad de la Galia, marchando seguidamente sobre Italia a reclamar la autoridad imperial. Mientras tanto, allá en su palacio de Roma, un atribulado Constante, que no dispone ni por asomo de tropas capaces de enfrentar con éxito al ejército de la Galia y que por esta razón se ha visto rápidamente abandonado por todos, recurre a la única opción que le queda: escapar a uña de caballo hacia Hispania donde posiblemente todavía cuente con algunos apoyos. Sin embargo Magnencio, que no pierde el tiempo, manda tras él un veloz contingente de caballería ligera, dándole alcance en una pequeña ciudad al pie de los Pirineos. Aterrorizado, Constante se refugia en una iglesia cristiana de donde sus poco piadosos perseguidores no dudarán en sacarle a rastras para darle muerte a continuación. Con este asesinato se sella el triunfo de Magnencio, quien empleará los meses siguientes en asegurarse la sumisión de Italia, Hispania, África y Britania vía una acertada combinación de acción militar de tipo coercitivo y medidas de carácter populista tales como la condonación de los impuestos pendientes de pago y la derogación de los edictos en contra de la libertad religiosa.


Emblema de los Joviani (izquierda) y los Herculani (derecha), que se llevaban pintados en los escudos, tal y como figuran en la célebre Notitia Dignitatum.

Sin embargo la situación, aunque favorable para Magnencio, no estaba aún plenamente controlada. Así habría de demostrarlo cierto sobrino de Constantino I llamado Nepotiano, quien ni corto ni perezoso había aprovechado la confusión reinante para reunir una pintoresca tropa de gladiadores, ladrones y gente de ínfima condición en general, al frente de la cual se había hecho proclamar emperador en Roma (junio de 350). Tras un éxito inicial frente a Flavio Anicio, el prefecto de la ciudad del Tíber nombrado por Magnencio, Nepotiano se relaja, entregándose a satisfacer sus caprichos y los de sus seguidores. 27 días después, cuenta el cronista griego Zósimo, será fácilmente derrotado y ejecutado junto a todos sus hombres por las curtidas tropas del conde Marcelino, el hombre de confianza de Magnencio.


Mientras todo esto sucedía en la parte occidental del Imperio, Constancio II, augusto de la oriental, se encontraba en sus remotas fronteras batallando con los persas sasánidas. Incapaz por este motivo de reunir su ejército y partir raudo para poniente, el astuto hijo de Constantino el Grande decide emplear su enorme aparato de espías, confidentes y partidarios para perjudicar en lo posible a Magnencio. Su principal objetivo es el ejército de campaña del Ilírico, responsable de la defensa en profundidad del limes danubiano, que estuviera  a las órdenes del finado Constante y que transcurridas ya algunas semanas desde la muerte de su señor aún no se ha pronunciado ni por el usurpador Magnencio ni por Constancio. Su jefe es un veterano general llamado Vetranio: favorable a Constancio pero incapaz por sí sólo de inclinar hacia éste el fiel de la balanza. Una muy mala noticia, ésta última, para el emperador oriental que ve como su tiempo se agota a cada informe acerca del imparable avance hacia levante de Magnencio en pos del control de las tropas danubianas, lo que de llegarse a conseguir por su adversario colocaría a Constancio en una situación de grave inferioridad militar al contar con un solo ejército de campaña (el de oriente) frente a los dos de su enemigo. En vista de que definitivamente el emperador Constancio, retenido por su campaña persa, no puede acudir al Ilírico a ponerse al frente de las vacilantes tropas de su difunto hermano, a la sazón el único modo eficaz de evitar que acaben reconociendo a un Magnencio que ya está en la vecina Panonia, será Constancia, la hermana del emperador, quien proponga a Vetranio una solución alternativa no exenta de imaginación y un mucho de riesgo: que se haga nombrar él mismo emperador al objeto de asegurar el mando sobre sus tropas el tiempo necesario para que Constancio pueda finalizar su campaña persa y relevarle en occidente. Vetranio accederá no sin ciertas reservas, proclamándose emperador entre las aclamaciones de sus hombres con la excepción de algunos contingentes de caballería que lo abandonan para unirse a Magnencio, aprovechando la proximidad de éste. Sin duda alguna este triunfo estratégico, por más parcial que fuere, debió saberle a gloria a Constancio II.

No contento con haber privado a su enemigo del ejército del Ilírico, lo que ha obligado a Magnencio a detener su ejército de la Galia y entablar negociaciones con Vetranio, Constancio recurre también a los mismos enemigos de Roma para atacar al usurpador. Así, sus agentes persuaden a francos y alamanes para que ataquen el limes fortificado del Rhin que defiende el norte de la Galia. La primera embestida bárbara se producirá en el mismo verano del 350. Magnencio, aunque no ha contado con la apertura de un frente de guerra en su retaguardia, reacciona con cierta presteza nombrando César a su hermano Decencio con la expresa misión de reclutar cuantas tropas pueda en las provincias galas y expulsar a los bárbaros.

Corrían los días finales del verano de 350 cuando Magnencio, que ha visto contrarrestado el éxito de la eliminación de Nepotiano con la derrota parcial que para su causa suponía el entronamiento de Vetranio en el Ilírico, se da cuenta de que, si bien su posición en occidente es sólida, ha perdido la iniciativa estratégica y ya no puede seguir avanzando hacia oriente sino es a fuerza de acero. Conformándose con lo ganado que no es poco en absoluto, intentará que Constancio le reconozca oficialmente como emperador del territorio bajo su dominio, sin el menor éxito a la postre. Ahora bien, el taimado emperador oriental aceptará la apertura de negociaciones con Magnencio no tanto con la idea de llegar a un acuerdo con él como al objeto de contemporizar el tiempo suficiente para prepararse para la guerra. Del mismo modo recibirá a los embajadores enviados por Vetranio, al que procura mantener dentro de su órbita sin darle motivos para declararse en abierta rebeldía, algo perfectamente al alcance del viejo general disponiendo como disponía del ejército del Ilírico bajo sus órdenes. Un año entero duraría este precario equilibrio de fuerzas: verdadero alarde de habilidad política por parte de Constancio que lo aprovechará para concluir con dignidad su campaña persa y reforzar considerablemente su ejército oriental, todo ello sin que Magnencio le importune ni el “pseudo-Augusto” Vetranio se le escape de las riendas. Por su parte Magnencio, desde luego mucho menos experto que el hijo de Constantino en política de alta escuela, consumirá ese crucial año tanto en reforzarse militarmente (merece destacar a este respecto la recluta de dos nuevas legiones de tipo comitatense: los Magnentiaci y los Decentiaci) como en una alternancia de aproximaciones a Constancio y a Vetranio: al primero para solicitarle repetidamente su confirmación como Augusto de occidente, al segundo para persuadirle de que se pase a su bando. En ambos casos el resultado sería el mismo: nulo, algo fácil de predecir considerando la comunión de intereses que, según los escritores contemporáneos, unía a Constancio y Vetranio, y que por tanto les permitía estar puntualmente al tanto de las maquinaciones de Magnencio para con uno y otro.

Interrumpiremos aquí nuestro relato de la usurpación de Magnencio para sumergirnos en la vertiente numismática de éste: muy interesante al incluir tipos diferentes a los habituales en los territorios dominados por la familia constantiniana así como de una considerable belleza plástica. Es por este motivo que se trata de monedas bastante demandadas por el coleccionista del periodo, sobre todo en altas calidades. En el próximo post retornaremos la narración a partir del fin de la tregua tácita entre Magnencio y Constancio.

A la muerte de Constante en enero del 350 d.C., las cecas occidentales detienen una producción basada fundamentalmente en una acuñación escasa de piezas de oro (semises y sólidos) y plata (silicuas y miliarenses) y otra muchísimo mayor de bronces basada en la unidad básica conocida como Maiorina --unidad monetaria instaurada en ambas mitades del imperio un par de años antes en sustitución del muy devaluado centenonial-- complementada por sendos divisores valorados en media maiorina y un cuarto de maiorina según modernos criterios metrológicos y de tipo iconográfico. Éste sistema monetario debía funcionar razonablemente bien en el momento del entronamiento de Magnencio (algo comprensible habida cuenta su relativa novedad y por tanto escaso deterioro por el cáncer de la inflación que siempre devoraba todo intento romano de crear una moneda fiduciaria sostenible en el tiempo) por lo que se siguió utilizando si bien centrándose en la unidad básica, la Maiorina, en detrimento de sus dos divisores que no volvieron a ser acuñados como tales.

Las primeras cecas en emitir moneda a nombre de Magnencio fueron, como es natural, las galas, al ser las más cercanas al epicentro de la sublevación. Se trata pues de las cecas de Lugdunum, Tréveri y Arelate. Siendo como era la acuñación de moneda la más poderosa herramienta de propaganda al alcance de un soberano en la edad Antigua, no debe extrañarnos que Magnencio ordenara el inmediato inicio de acuñaciones a su nombre sin dar tiempo en ocasiones a que los artesanos de las cecas diseñaran nuevos tipos de reverso o reprodujeran en un nuevo cuño de anverso las facciones de su nuevo señor. Sólo así podemos explicar ejemplares como el siguiente: acuñado en la ceca septentrional de Tréveri con busto de Magnencio pero reverso de Constante FEL TEMP REPARATIO, con emperador estante a izquierda en proa de galera, sujetando lábaro con crismón en mano derecha y victoriola en la izquierda así como Victoria alada en popa, agachada y manejando el timón.


La rápida extensión del poder de Magnencio en occidente pondría también bajo su control las cecas italianas de Roma y Aquileia que también empezaron a producir sin dilación. Así mismo, Magnencio quiso honrar a su ciudad natal, la gala Ambianum, creando una nueva ceca en ella, con marca distintiva AMB (mediados de 350).


Asentado firmemente el poder del usurpador, no tardan sus monedas en anunciar al mundo romano occidental que algo ha cambiado en las alturas de su pirámide social. Las seis cecas de Magnencio producirán tanto oro como plata y bronce, reservando como es habitual a este último metal, de difusión infinitamente más amplia que los dos anteriores, la mayor carga propagandística. Esto se conseguirá no tanto introduciendo leyendas “provocativas” –no hay que olvidar que Magnencio aspiraba en aquel momento a ser reconocido emperador oficial por Constancio II--, alusivas por tanto a Victorias, Restauraciones, etc, como mediante el empleo de motivos de reverso muy distintos  a los de las emisiones inmediatamente anteriores de Constante y Constancio II. Además, este mensaje diferenciador se verá reforzado por cierto rasgo característico de las acuñaciones de Magnencio, independientemente del metal así como presente desde las más tempranas a las postreras, que por sí solo debió ser más que suficiente para llamar la atención de los usuarios. Se trata del busto militar desnudo o lo que es igual sin la diadema habitual en todas las acuñaciones contemporáneas y posteriores, fácil de explicar en un emperador que procuraba disimular su carencia de legitimidad a base de maniobras populistas como ésta, por la cual el emperador mostraba su deseo de  descender voluntariamente de las alturas “cuasi-divinas” representadas, entre otros atributos, por la diadema imperial, para colocarse al nivel de sus mortales súbditos. Las siguientes fotografías nos muestran dos hermosos ejemplares de Sólido y Miliarense, ambos de la ceca de Tréveri, en los que se aprecia claramente el busto desnudo de Magnencio. Al igual que las acuñaciones de sus predecesores, se trata de monedas de alta calidad tanto estética como material, con un elevadísimo porcentaje de metal precioso: algo común por otra parte a la inmensa mayoría de las acuñaciones bajoimperiales en metal noble.


Como es normal general en las acuñaciones bajoimperiales, Magnencio sólo emplearía un número breve de tipos de reverso en su primera serie de acuñaciones de moneda fiduciaria en bronce, de los cuales dos de ellos engloban más del 80% de las monedas supervivientes. Esta primera serie se corresponde cronológicamente con los hechos históricos relatados en el presente post (el año 350 completo), del cual son un fiel reflejo, de ahí que la estudiemos a continuación, dejando las series siguientes para el próximo post.

La característica principal de esta primera serie, sobre todo si se la compara con las posteriores, es el buen acabado que presentan sus monedas. Normalmente se hace uso de cospeles redondos y de tamaño adecuado que permiten sacarle el máximo rendimiento estético a unos cuños de elegante aunque peculiar estilo, lo mismo en anverso que en reverso. Aunque significativamente más escasas que las monedas de la segunda serie de Magnencio (que son con mucha diferencia las más comunes), éstas piezas suelen encontrarse por término medio en mejores condiciones netas. Sus dimensiones son similares a las de las Maiorinas de Constante --alrededor de 21 mm de diámetro por 5 gramos de peso-- pudiéndose encontrar ejemplares bastante más grandes, sobre todo de la ceca de Aquileia. Prueba de la buena situación económica que debió disfrutar la mitad occidental gobernada por Magnencio en ese año de 350 es que no se encuentran ejemplares reducidos (inflacionados, pues) con los tipos de esta primera serie, siendo también escasas las imitaciones no oficiales sobre todo en comparación con las más que abundantes imitaciones de la segunda serie (luego tampoco hubo un desabastecimiento de moneda excesivo). Esto explica, por ejemplo, que Magnencio dispusiera de los recursos suficientes para reclutar dos legiones enteras en tan sólo unos pocos meses al tiempo que su hermano, el César Decencio, reforzaba el ejército limitanense del Rhin (tropas de guarnición con peor armamento y entrenamiento que las comitatenses del ejército de campaña galo) lo suficiente para plantar cara a la invasión bárbara instigada por Constancio II.

Centrándonos ahora en los dos tipos de reverso más comunes de esta primera serie, sin duda alguna es el tipo GLORIA ROMANORVM con emperador a caballo alanceando a enemigo caído en reverso, el preferido por los coleccionistas de este emperador. No en vano se trata de una moneda de gran fuerza iconográfica aunque ciertamente poco original pues insiste en un motivo bastante frecuente en la numismática romana imperial, eso sí: tratado de un modo bastante más ambicioso que el de su inmediato antecesor en esta iconografía concreta: el FEL TEMP REPARATIO de Constancio II. La fotografía siguiente corresponde a una excelente Maiorina de esta primera serie, acuñada en la tercera oficina de la ceca italiana de Aquilea. La letra A del campo de anverso es una marca procedente de las maiorinas de Constante que, al parecer, servía como marca de valor indicando al usuario que la moneda era 1 Maiorina equivalente a 100 centenoniales pre-reforma.


El significado político de esta moneda parece estar relacionado con la campaña llevada cabo contra los bárbaros que asolaban las fronteras septentrionales: únicos candidatos al puesto de enemigo vencido que aparece en la moneda, cuyo tipo de reverso se venía refiriendo tradicionalmente a las victorias romanas sobre enemigos exteriores. Ni que decir tiene que se trata de un reverso para consumo interno, inofensivo de cara a las negociaciones con Constancio al no hacer la menor referencia a la derrota y muerte de Constante.

El segundo tipo de esta serie, menos espectacular sin duda así como algo más común, posee como leyenda de reverso la inscripción FELICITAS REI PVBLICE (la Felicidad del Estado) y como motivo al emperador Magnencio en posición estante, mirando a izquierda, con Victoriola en la mano derecha en actitud de coronarle y lábaro con crismón en la mano izquierda. La marca de valor A se encuentra normalmente en el reverso de estas monedas. La siguiente Maiorina es un buen ejemplar de este segundo tipo, acuñado en la primera oficina de la ceca gala de Tréveri.
Aunque Magnencio procuró equilibrar la relación entre paganos y cristianos, muy inclinada hacia estos últimos durante el reinado del arriano Constante, no por ello dejo de cuidar y respetar a los que al fin y al cabo eran los protegidos del emperador oriental con el que, no lo olvidemos, Magnencio buscaba congraciarse a fin de lograr su reconocimiento como emperador de occidente. Esta moneda constituye indudablemente, con su criptograma Chi-Ro en el centro del lábaro, un perfecto reflejo de esta política.

A diferencia de la emisión GLORIA ROMANORVM, de la cual apenas se conocen imitaciones bárbaras/no oficiales, sí que se documentan imitaciones de la emisión FELICITAS REI PVBLICE sobre todo de la ceca de Lugdunum. Tratándose como se trata de monedas con relativo (aunque casi siempre bastante peculiar) buen arte y tamaño similar al de las oficiales, no parecen responder a una maltrecha situación económica sino a alguna necesidad puntual fruto de un desabastecimiento a nivel local. La maiorina de las siguientes fotos es un buen ejemplo de estas acuñaciones no oficiales.


Por último,  las cecas de Arelate y Roma, ambas bajo dominio de Magnencio, también emitieron moneda a nombre de Constancio II con el reverso GLORIA ROMANORVM lo que no deja lugar a error al afirmar que se trata de emisiones directamente destinadas a ganarse el favor del emperador de Oriente. Ni que decir tiene que estas emisiones cesarían rápidamente (ninguna llegaría al 351), en cuanto Magnencio constató que Constancio no estaba dispuesto a reconocerle. La siguiente moneda es un bonito ejemplo de lo anterior, acuñada en la tercera oficina de la ceca de Roma.

Los emperadores representados en los bustos que ilustran esta entrada son, por orden de aparición, el joven Constante, Magnencio y el emperador oriental Constancio II en su madurez.



sábado, 23 de julio de 2011

La primera Tetrarquía - 3ª parte -


La gran Reforma Monetaria de Diocleciano

La nueva concepción del estado romano ideada por Diocleciano, con la cual arranca la fase histórica hoy conocida como Bajo Imperio, presentaba múltiples diferencias con el estado altoimperial tanto de forma como de fondo. Entre las primeras podemos citar su orientalización en materia de vestimenta, adornos, decoración, etc. Entre las segundas, mucho más agudas que las anteriores, debemos citar como resumen del resto el agudo retroceso de las ideas de gobierno de tipo democrático (a la ateniense) en beneficio de un modelo de estado claramente oriental, con monarcas investidos de poder absoluto así como simbólicamente muy por encima de sus atribulados súbditos. Incluso algo tan íntimamente relacionado con la gloria de Roma como es el armamento de sus legiones y aún la estructura de éstas variaría significativamente al objeto de hacer frente a los desafíos que enemigos tan poderosos como los persas sasánidas o las hordas de bárbaros cada vez más numerosas y lo que era mucho peor: mejor organizadas, planteaban.

Como no podía ser de otra manera, también la estructura monetaria del Imperio se vería afectada por estas intensas reformas, de nuevo tanto en la forma como en el fondo. Es el caso de la conocida como Gran Reforma Monetaria de Diocleciano, con la cual concluiría el periodo clásico de la numismática romana para entrar en el bajoimperial, con todo lo que esto conlleva. A esta reforma vamos a dedicarle la presente entrada de este blog.

La gran reforma de Diocleciano no fue fruto de un solo edicto sino que, al parecer, es el resultado de una serie de etapas todavía no bien esclarecidas salvo en sus aspectos más generales. La primera fase, datada en un momento tan temprano como el año 286 d.C., tenía como objetivo mejorar la moneda de oro romana, el áureo, elevando su peso desde los 4,35 gramos del áureo ligero anterior a los 4,62 gramos del áureo reformado (esto es desde 70 piezas por libra a 60 piezas por libra) al tiempo que eliminaba de la circulación el sólido pesado o doble sólido de 6,5 gramos.  
Aúreo reformado (4,5 grs) a nombre de Diocleciano. Se trata de monedas de todo punto similares a sus antecesoras (y también a los antoninianos pre-reforma), con los mismos reversos, en muchas ocasiones resaltando el “parentesco” de los Augustos con Hércules y Júpiter.

En cualquier caso esta reforma no tuvo demasiado calado ya que la moneda de oro no había resultado apenas afectada por la inflacción que tanto se ensañara con la de plata y bronce a lo largo del siglo III, habiendo conservado en todo momento una ley muy elevada, motivo por el que tanto el áureo pre-reforma como el post-reforma eran ambas monedas fuertes, plenamente aceptadas por el mercado.

No sucedía lo mismo, desde luego, con el antoniniano, descendiente muy degenerado de aquellos denarios de alta ley de plata que empezaran a acuñarse en los lejanos tiempos de la república. En efecto, la caída en picado de esta moneda a lo largo de los últimos cincuenta años, más mal que bien contenida por la reforma de Aureliano, había arrastrado consigo a todos los tipos monetales romanos tanto en plata como en bronce, sacándolos de la circulación por la vía de la tesaurización o la de la desmonetación forzada al objeto de reaprovecharlos. Y es que no debemos olvidar que el antoniniano, por más que fuera mayoritariamente de bronce en la época que nos ocupa (1 parte de plata por cada 20 de bronce) y aún de bronce entero pocos años atrás, seguía siendo “teoricamente” la unidad de plata dentro del sistema trimetálico romano, motivo por el cual era, de nuevo teóricamente, superior a unidades anteriores  exclusivamente broncíneas como los ases, dupondios y sestercios, y aún al denario de plata (un antoniniano = dos denarios), todo ello por supuesto dejando a un lado el hecho de que tanto los grandes y pesados bronces altoimperiales como, mucho más, los denarios contemporáneos de éstos eran monedas con muchísimo mayor valor intrínseco que el antoniniano de finales del siglo III. La consecuencia era un antoniniano reducido a la simple condición de moneda fiduiciaria al estilo de nuestros billetes de banco actuales: concepto éste, si bien hoy plenamente funcional, totalmente inoperante en el sistema mercantil de la Antigüedad (1) y que, incapaz de contener los precios, no tardaba en detener su actividad macroeconómica. Esto suponía una inestabilidad total de la moneda que iba cayendo en una imparable espiral inflaccionaria la cual, para colmo, no dejaba de retroalimentarse a sí misma a medida que el estado, agobiado por un déficit cada vez mayor entre los gastos en aumento y la reducción de ingresos por medio de impuestos consecuencia directa del colapso en la actividad económica, iba bajando su ya paupérrimo contenido en plata a fin de obtener mayor número de monedas por la misma cantidad de plata sin amonedar. Uno de los resultados de esta nefasta política monetaria era la salida del mercado de toda moneda anterior al antoniniano, tal y como hemos comentado anteriormente, mucho más práctica para confiar el capital tanto individual como estatal que la patética moneda oficial.

Todas estas consideraciones debieron estar en la mente de Diocleciano cuando concibiera la segunda fase de su reforma, la cual podemos describir grosso modo como un retorno al sistema monetario de los primeros tiempos del Imperio si bien con algunas más que profundas matizaciones propias de la época en cuestión: los albores del Bajo Imperio. En efecto, hacia el año 294 d.C. Diocleciano crea 4 nuevos tipos monetales en sustitución del más que agotado antoniniano (2). En orden de mayor a menor valor encontramos primero al Argenteo: moneda de alto valor intrínseco acuñada en plata casi fina, luego iría el Follis, en vellón bajo, después el Radiado Post-Reforma, nombre actual para una moneda cuyo nombre real desconocemos, acuñada totalmente en bronce y y por último el Denario de bronce, pequeña moneda equivalente a la mitad de un radiado. Examinémoslas en detalle:
        
Argenteo. Al parecer Diocleciano se inspiró en el denario de Nerón para su concepción, otorgándole el mismo peso teórico (3,4 grs) y la misma ley: 95%. Moneda concebida para medianos y grandes pagos, su circulación siempre fue bastante escasa ya que lo habitual es que fuera atesorada por los usuarios, que preferían usar en su lugar los follis para los pagos. Nunca pudo, por tanto, hacer las veces del antiguo denario, quedando en una suerte de “tierra de nadie” monetaria que llevaría al temprano cese de su acuñación al término de la primera Tetrarquía.

Acuñados a nombre de los cuatro tetrarcas poseen ya uno de los rasgos principales de la moneda bajoimperial posterior al 294: la monotonía. En efecto, apenas se distinguen unos pocos tipos de reverso, correspondiendo a sólo dos de ellos al menos el 85 % de las acuñaciones. Se trata de los tipos Puerta de Campamento (que alcanzaría una larga tradición en las acuñaciones posteriores en bronce y vellón) y el sensiblemente más común de los Cuatro Tetrarcas realizando un sacrificio delante de una representación esquematizada del recinto amurallado de una ciudad o campamento (según se siga a unos autores u otros). En ambos casos se trata de motivos propagandísticos típicamente bajo imperiales: directos al grano así como huyendo del simbolismo mucho más figurado propio de épocas anteriores, con sus frecuentes representaciones alegóricas. Así, el primer tipo anunciaría no sin contundencia la renovada fortaleza del Imperio romano, por su parte el segundo sería el encargado de exhibir al cuarteto imperial ante todos sus súbditos: motivo éste –el de representar a la autoridad—harto frecuente en todo inicio de acuñación de ahí que se haya propuesto para esta emisión un comienzo de acuñación algo anterior al de la Puerta de Campamento (año 296 ésta última, 294 al anterior). 

Argenteo a nombre de Diocleciano acuñado en la 3ª Oficina de la ceca de Nicomedia correspondiente al tipo Puerta de Campamento. Aunque monedas monótonas en lo que a sus rasgos básicos se refiere, no lo son tanto en los pequeños detalles (algo muy agradable para los coleccionistas), pudiendo encontrar diseños de la puerta del campamento con tres y cuatro torres, con la sillería en hiladas verticales o al tresbolillo, con más o menos hiladas, con las puertas abiertas o cerradas (normalmente asociada a la variante con cuatro torres), etc. 

Argenteo a nombre de Maximiano Hércules acuñado en la segunda oficina de la ceca tracia de Heraclea. Al igual que el anterior presenta múltiples variantes dentro del tipo “Cuatro Tetrarcas sacrificando, con recinto amurallado detrás”.


Follis. Sin duda alguna es la moneda más célebre de la Tetrarquía (de todo el Bajo Imperio probablemente) y una de las más coleccionadas dentro las acuñaciones de la Antigüedad clásica. Al parecer la palabra follis, que en latín clásico designaba a la pequeña bolsa donde se llevaban las monedas, es algo posterior a la primera tetrarquía de ahí que hoy en día se crea que esta moneda no se llamaba follis sino otra denominación que desconocemos. De hecho algunos autores han propuesto la palabra nummus como la verdadera denominación de esta clase de monedas.

De módulo bastante grande (entre 23 y 26 mm de diámetro), grosor considerable, peso alrededor de 10,8 grs (1/30 de libra) y, por lo general, muy cuidada factura técnica recordaba poderosamente a los viejos bronces altoimperiales en los que sin duda debió de inspirarse. En realidad el follis debió ser pensado para actuar respecto al argenteo de forma similar al as altoimperial respecto al denario, esto es para actuar en la escala inmediatamente inferior de transacciones. No obstante su valor fiduciario era bastante mayor ya que un argenteo equivalía a solamente cinco follis por los dieciseis ases (4 sestercios) a los que equivalía un denario en tiempos de Augusto. Semejante diferencia debía reflejarse de alguna manera en la moneda y así era: el follis contenía cierta liga de plata en su composición, del 3 al 5% del total del metal, y, al menos en las emisiones más tempranas, una suerte de acabado superficial plateado (conseguido mediante tratamientos químicos con ácidos y no baño de plata como incorrectamente se ha sugerido) que aparte de embellecer sustancialmente la moneda también la hacía más proclive a su aceptación por parte del público al apuntalar con mayor firmeza su estrecha relación con el argenteo de plata (3). El caso es que la nueva moneda obtendría un éxito rotundo, acuñándose en cantidades enormes a lo largo y ancho del Imperio romano, motivo por el cual es bastante abundante hoy en día así como bastante accesible para el coleccionista medio aún en calidades elevadas.

Acuñados al igual que en los argenteos a nombre de los cuatro tetrarcas (los Augustos como tales y los Césares idem), también en los follis predomina la monotonía por encima de cualquier otra consideración. Así, dos reversos monopolizan la inmensa mayoría de la producción de estas monedas, siendo uno de ellos el más común con mucha diferencia. Éste último es el del Genio del Pueblo Romano, a la sazón una representación idealizada del estado romano de amplia tradición iconográfica, siendo el otro el de la Sagrada Moneda de los Emperadores en clara alusión al deseo imperial de asentar los nuevos tipos monetales post-reforma.

Por su parte, dicha monotonía también se extiende sobremanera a los anversos (algo que también sucedía en los argenteos), insistiendo en el busto laureado del emperador preferentemente a derecha y sin que los rasgos anatómicos del tetrarca de la moneda en cuestión permitan una fácil diferenciación de sus colegas a ojos poco expertos de tanto que se parecen unos a otros, habiéndose de recurrir en la mayoría de las ocasiones a la leyenda de anverso para alcanzar la plena seguridad en la identificación. La explicación de este fenómeno, inaudito en las acuñaciones romanas hasta la fecha, parte de la propia filosofía del régimen bajoimperial ideado por Diocleciano por el cual los emperadores debían ser vistos por sus súbditos como seres superiores, de naturaleza semi-divina así como protegidos de los dioses. Ante tal concepción de la institución imperial, el hecho de que los súbditos conocieran o no el aspecto real de sus emperadores pasaba a un plano totalmente secundario; lo único que debían saber es que estaban ahí, por encima de ellos, dirigiendo sus vidas así como repartiendo bondades y castigos por igual, todo ello, por supuesto, por el bien de todos. Para transmitir ese mensaje nada mejor que representar a los cuatro tetrarcas con gesto adusto pero firme, aspecto saludable y rasgos poco definidos amen de escasamente relevantes ya que no en vano debían ser comunes a los de la inmensa mayoría de hombres de su tiempo (detalles tan personales como la curiosa barba de Galieno o el tan hosco como inconfundible gesto de Caracalla debieron antojarse totalmente fuera de lugar a la hora de diseñar esta acuñación). Así se conseguía una imagen icónica del emperador en tanto institución a la que respetar y a la que someterse, sin que fuera siquiera necesario diferenciar con claridad a un tetrarca de otro pues al fin y al cabo los cuatro monarcas, a pesar de poseer cada uno su propia zona de influencia, lo eran a la vez de todo el Imperio siendo venerados por igual en todos los rincones de éste. Dicho esto, sí que es cierto que cada tetrarca suele ser representado con un conjunto de rasgos comunes que, dentro de la innegable similitud entre bustos, permite diferenciarlos con mayor o menos éxito. Así, Diocleciano suele exhibir una expresión más serena y venerable que el resto (no en vano era el tetrarca de mayor jerarquía), sobre todo en comparación con Maximiano Hércules, cuyo carácter duro y marcial no exento de cierta brutalidad puede apreciarse en muchos de los follis acuñados a su nombre. Por su parte Constancio Cloro también suele exhibir un aspecto tranquilo aunque firme (lo que concuerda con lo que sabemos acerca de su persona: que era el más moderado de los tetrarcas) y, al menos en apariencia, unos rasgos más juveniles que hacen por lo general algo más sencilla su identificación que en los otros tres casos. En cuanto a Galerio, se le suele representar como una versión algo más joven de Maximiano (sobre todo menos carnosa), con similar aire de hostilidad en su gesto, siendo en cualquier caso los que más se parecen entre sí de todas las combinaciones posibles entre los cuatro tetrarcas.


Follis a nombre de Diocleciano acuñado en la primera oficina de Heraclea hacia el año 297. Conserva la mayor parte del plateado original. Su clarísimo arte oriental, mucho más esquemático que el occidental, contribuye a desindividualizar todavía más a los tetrarcas representados en sus monedas. Esta diferenciación de estilos según la ubicación geográfica de las cecas, si bien ya observable en momentos anteriores de la amonedación romana, puede ser estudiada ahora en toda su amplitud debido al gran incremento en el número de cecas que la reforma de Diocleciano implicara, algo necesario habida cuenta que había que retirar todo el material circulante y sustituirlo por el nuevo sin causar desabastecimiento. Por otro parte, una característica adicional de la moneda bajoimperial es que casi siempre posee en su exergo marca de ceca, lo que permite estudiarla mucho mejor y es además uno de los principales atractivos para los coleccionistas del periodo. 

Follis a nombre de Diocleciano acuñado en la primera oficina de la ceca gala de Tréveri hacia el año 304 d.C. O Conserva la mayor parte del plateado original. Obsérvese la aguda diferencia de estilo con respecto a la moneda anterior, mucho más realista en este ejemplar lo mismo en anverso que en reverso lo que obviamente contribuye a personalizar un tanto el busto del tetrarca.


Follis a nombre de Maximiano Hércules acuñado en la ceca siria de Antioquía entre 294 y 297 con el plateado original bien conservado. Acuñación de gran calidad como puede verse en la fotografía que explica perfectamente la pasión que suelen generar entre los coleccionistas esta clase de monedas.  

Follis de Maximiano Hércules acuñado en la ceca gala de Tréveri hacia el 294. Aunque se trata de una ceca occidental las primeras acuñaciones tetrárquicas de Tréveri presentan un marcado aire oriental (posiblemente ése era el origen de los técnicos que labraron estos primeros follis) que se irá occidentalizando hasta terminar en unas acuñaciones de fuerte impronta realista

Follis a nombre de Maximiano Hércules acuñado en la primera oficina de la ceca gala de Tréveri hacia el año 304 d.C. Arte occidental puro. 

Follis a nombre de Maximiano Hércules acuñado en la primera oficina de la ceca gala de Lugdunum hacia el año 299. Dentro de su estilo occidental y por ello marcadamente realista, la ceca de Lugdunum se caracterizó en este periodo por su mayor originalidad, introduciendo variantes en sus monedas como el altar a los pies del Genio (ver esta moneda) o bustos con casco, cetro, escudo e incluso lanza. 

Follis a nombre de Maximiano Hércules acuñado en la ceca britana de Londinium hacia el año 297. El estilo en esta ceca periférica varía un tanto dentro de la estética realista, presentando un plano más amplio del busto del emperador en el que sobresale, con una clara intención intimidadora, la coraza de su uniforme militar.

Follis a nombre de Galerio Maximiano (que por ello aparece como César) acuñado en la primera oficina de Cízico en el bienio 295-296. Acuñación de gran calidad, con un intenso sabor oriental. En el reverso aparece la leyenda GENIO AVGG ET CAESARVM NN = GENIO AVGVSTORVM ET CAESARVM NOSTRORVM (el Genio de Nuestros Augustos y Césares) en lugar de la habitual GENIO POPVLI ROMANI (el Genio del Pueblo Romano). 

Follis a nombre de Galerio Maximiano acuñado en la primera oficina de la ceca gala de Tréveri hacia el año 304 d.C. Plateado original. 

Follis a nombre de Galerio Maximiano acuñado en la primera oficina de la ceca gala de Lugdunum en el bienio 297-298. Nuevamente la ceca de Lugdunum hace gala de su originalidad presentando un busto alargado y sin armadura.

Follis a nombre de Constancio Cloro acuñado en la ceca gala de Tréveri hacia el 294.

Follis a nombre de Constancio Cloro acuñado en la tercera oficina de la ceca italiana de Roma hacia el año 302. Presenta la leyenda de reverso extendida SACRA MONETA VRB AVGG ET CAESS NN, rodeando a una alegoría de la moneda, estante a izquierda, con balanza y cornucopia.
Los Follis serían acuñados durante toda la primera tetrarquía, la cual concluiría con la abdicación de Diocleciano y Maximino (obligado por el primero) en sus Césares que pasarían a ser Augustos y el nombramiento de dos nuevos Césares: Severo en occidente y Maximino Daya en oriente (año 305). Existen tanto en aureos (muy raros) como en follis monedas que recuerdan esta efeméride con la leyenda DN DIOCLETIANVS (o MAXIMINVS) FELICISSIMO SEN AVG en anverso y PROVID EORVM QVIES AVGG en reverso. No son monedas corrientes sobre todo en altas calidades, siendo muy apreciadas por los coleccionistas. 

Follis post-abdicación celebrando ésta a nombre de Maximiano Hércules acuñado en la ceca de Tréveri en el periodo 305-309.


Radiado Post-reforma. Se trata de una moneda de pequeño tamaño cuya relación dentro del nuevo sistema monetario se estima en 5 radiados por follis. Se desconoce su nombre antiguo siendo la expresión radiado post-reforma una forma moderna de nombrarla a falta de otra mejor. Su principal característica es que el busto del tetrarca siempre aparece radiado, de ahí que los confundan frecuentemente con los antoninianos pre-reforma si bien se diferencian bastante de éstos ya que son significativamente más pequeños de diámetro, no tienen plateado superficial (de hecho son puro bronce, sin plata alguna en su composición) y presentan solamente dos tipos de reverso en la línea del resto de acuñaciones post-reforma.
Sin lugar a dudas debieron ser concebidos como moneda fiduciaria pura, de escaso valor, destinada a las pequeñas transacciones propias de la vida diaria. Es por ello que casi siempre se la encuentra en hallazgos casuales una a una y no atesorada como los follis o, por supuesto, las de metal precioso.

A diferencia de los follis que fueron acuñados masivamente en todas las cecas imperiales, estos radiados sólo fueron acuñados en unas cuantas cecas si bien de forma abundante, motivo por el cual hoy en día no son monedas raras. Sus tipos son: uno mucho más común con leyenda de reverso CONCORDIA AVGG o CONCORDIA MILITVM rodeando a emperador, estante a izquierda recibiendo orbe con Victoriola de Júpiter, estante a derecha y otro con leyenda VOT XX o VOT X en dos líneas dentro de guirnalda. El primer tipo se debió inspirar sin duda en las acuñaciones de antoninianos pre-reforma donde no es en absoluto rara esta clase de reverso.

Radiado post-reforma acuñado a nombre de Diocleciano en la primera oficina de Cízico en el trienio 295-297. La acuñación de este tipo cesaría hacia el año 301, conservándose sólo en la ceca de Alejandría que lo haría en abundancia, no siendo extraño encontrar monedas de este tipo en lugares bastante alejados del Egipto actual. 

Radiado post-reforma acuñado a nombre de Maximiano Hércules en la ceca africana de Carthago hacia el año 303 d.C. El reverso VOT(IS) XX (compromiso por parte del emperador, en este caso hecho Maximiano, de reinar 20 años) sólo aparece por obvias razones en los más veteranos Augustos, siendo sustituido por un escueto VOT X en las monedas de los Césares.
 
 
DENARIO. Pequeña moneda de bronce equivalente a medio radiado sin contenido de plata. Plenamente fiduciaria, tuvo muy poco éxito (probablemente debido a su bajísima capacidad de compra al estilo de los céntimos de euro actuales) dejándose de acuñar al poco tiempo motivo por el cual es hoy en día bastante rara. Fue acuñada a nombre de los cuatro tetrarcas siendo su tipo de reverso siempre el mismo: VTILITAS PVBLICA rodeando a una alegoría de la Utilidad, estante a izquierda.

Los nuevos tipos monetales funcionarían relativamente bien durante algunos años. No obstante, el agudo proceso inflacionario que aquejaba desde mucho tiempo atrás al estado romano era muy difícil de frenar (prácticamente imposible, de hecho, con los medios que disponían entonces) por más que lo intentara el voluntarioso Diocleciano, incluso imponiendo por ley unos precios máximos para la mayoría de los bienes en una obstinada lucha contra la ley de la oferta y la demanda de final tristemente predecible en cuanto inútil (en la ilustración de más abajo puede verse dicha lista de precios máximos según un papiro de época). Esta inflación tenía que reflejarse forzosamente en las monedas, cuya manipulación era prácticamente el único procedimiento expeditivo que conocía el estado romano para incrementar su liquidez. Así, la segunda y tercera tetrarquías asistirían a un empobrecimiento del follis que iría disminuyendo tanto en tamaño como en porcentaje de plata, expulsando del
mercado en el proceso al argenteo vía tesaurización del mismo modo que el antoniniano adulterado expulsó al denario. Finalmente, ya en época del gobierno compartido de Constantino y Licinio, la completa degradación del follis haría innecesaria la presencia del radiado post-reforma que también desaparecería. Se volvería así de facto al sistema bimetálico oro-bronce propio de los peores tiempos del siglo III del cual volvería a salirse más mal que bien vía una nueva reforma en tiempos de Constantino como emperador único en que se volvería a introducir una moneda de plata de alta ley en el sistema monetario romano.
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  1. Al menos en lo que a moneda de valor se refería y el antoniniano, en buena lógica, era una de ellas. No sucedía lo mismo, desde luego, con la moneda concebida en origen en metal bajo, que siempre fue más o menos fiduciaria y que históricamente había funcionado sin problemas a lo largo y ancho del Imperio.
  2. La introducción de los cuatro nuevos tipos no debió ser a la vez sino progresiva aunque con escasa separación en el tiempo.
  3. Éste es el motivo por el que los antoninianos a partir de Galieno cuentan en ocasiones con el plateado superficial: para que el usuario tuviera claro que lo que tenía en la mano era un doble denario (moneda ésta de plata como es bien sabido) y no un bronce sin apenas valor intrínseco como en realidad sucedía.