martes, 12 de junio de 2012

El MONTE ARGEO, la ciudad de EUSEBEIA/CAESAREA DE CAPADOCIA y su representacíón en la numismática. --4ª Parte--

El 8 de abril del año 217 d.C. es asesinado el emperador Antonino “Caracalla”, allá en las inmediaciones de la ciudad siria de Emesa donde se encontraba camino de la gran plaza fronteriza de Carrae, todo ello en el marco de una nueva guerra contra el secular enemigo parto. El instigador del magnicidio había sido el segundo en la escala de mando imperial, el Prefecto del Pretorio Marco Ofelio Macrino, cuyo mérito principal radicaba en haber sabido aprovechar en su beneficio el gran odio que la excesiva figura de Caracalla despertaba en el seno del ejército romano. Fue así como el veterano general se hizo investir con la púrpura imperial, decisión ésta que nunca sería ratificada por el senado romano y cuya prosperidad en el tiempo, al carecer Macrino de legitimidad al trono, dependía en exclusiva de su capacidad para mantener el ascendiente sobre las legiones bajo su mando directo.

El gobierno de Macrino, al igual que el de la mayoría de los usurpadores en la historia de Roma, sería bastante breve: apenas 14 meses. Desde el punto de vista económico este reinado constituiría una mera continuación del anterior, no así en el plano político donde sí que sería un reinado intenso y agitado. Numismáticamente hablando encontramos poca o ninguna variedad en los tipos monetales a lo largo y ancho del Imperio, algo natural habida cuenta la mínima mudanza en la marcha de la economía. En el caso concreto de la ciudad de Caesarea, capital de la provincia de Capadocia, prosigue la acuñación de didracmas y tetradracmas: ahora con el busto de Macrino si bien respetando la iconografía del Monte Argeo sobre Altar surmontado de estrella en los didracmas y la de Monte Argeo básico surmontado de alegoría del dios Helios en los tetradracmas. En cuanto al estilo y arte de las monedas, son lo suficientemente similares a las de Caracalla como para deducir la continuidad en el puesto del personal de la ceca de Caesarea. En las siguientes fotografías podemos ver, primero, un ejemplar de didracma y luego dos de tridracma a nombre de Macrino (en los que, lógicamente, han desaparecido las letras griegas  ANTW --inicial de ANTONINO—en el campo de reverso).


Caesarea, como la gran mayoría de cecas del Imperio, también emitiría moneda a nombre Diadumeniano, el hijo y sucesor de Macrino. Nombrado César en mayo del 217, muy pocos días después el entronamiento de su padre, no sería ascendido a la superior categoría de Augusto hasta mayo del año siguiente en respuesta a la proclamación de Heliogábalo como emperador por parte de la facción del ejército romano hostil a Macrino. La derrota final del ejército de Macrino el 8 de junio a manos de las fuerzas de Heliogábalo supondría la caída en desgracia del padre y el hijo así como su no inmediata (pues intentaron huir) pero sí inevitable ejecución a finales de junio o principios de julio del 218. Debido a que Diadumeniano apenas pasó un mes como Augusto (en una situación muy precaria además, con el régimen de su padre ya fuertemente desprestigiado a la par que debilitado), todas sus monedas fueron acuñadas durante su condición de César lo que explica su busto desnudo o lo que es igual, sin laurea. Por lo demás la emisión caesarense es idéntica a la de su padre: didracmas con Monte Argeo sobre altar y tetradracmas con Monte Argeo básico surmontado por alegoría del dios Helios. Los siguientes ejemplares corresponde a un didracma y a dos tetradracmas respectivamente.


Además de las acuñaciones mayores, en plata de baja ley, Caesarea también emitió moneda fiduiciaria de bronce a nombre de Macrino y Diadumeniano. Monedas siempre bastante escasas –indicio de que las series no debieron ser muy grandes-- predominan los bronces de generoso tamaño –alrededor de 27 mm de diámetro--, de presumible gran valor liberatorio, sobre los de módulo mediano. En ambos casos se suele emplear imaginativamente el tradicional reverso caesarense del Monte Argeo. Así, los módulos medianos incorporan una nueva variante de reverso que habremos de ver más veces en reinados posteriores: Monte Argeo en el interior de un templo dístilo. Esta iconografía supone un obvio intento de enfatizar el carácter sagrado de la “Montaña de Júpiter”. También se emplea otra variante en el que se muestra una reducida representación del Monte Argeo en el interior de un esquemático altar sobre el cual se alzan, enhiestas, cuatro espigas de trigo. Los de las fotografías siguientes constituyen  un par de buenos ejemplares de esta acuñaciones.


Por su parte los módulos grandes emplean también una iconografía destinada a resaltar la sacralidad del afamado Monte Argeo. En ella aparece una representación del Argeo de gran tamaño relativo respecto al campo monetal disponible a la que da acceso una espléndida fachada porticada con cuatro columnas cuyo objetivo es asociar el concepto de “Templo” al citado Monte Argeo. Flanqueando el conjunto observamos dos cistas místicas (ónfalos), elemento éste que ya pudimos encontrar en acuñaciones anteriores de la ciudad y que refuerza aún más el carácter sacro del Argeo (los ónfalos eran unos artefactos pétreos cuya mera colocación en un lugar profano permitía su sacralización, utilizándose también para recalcar la sacralidad de lugares con carácter místico preexistente como es el caso del Monte Argeo). Por si fuera poco el atractivo de esta moneda a fuer de fijarnos solamente en el reverso, también el anverso resulta sumamente interesante toda vez que presenta los bustos enfrentados de Macrino y Diadumeniano, el primero mucho mayor que el segundo en razón de su superioridad jerárquica. Esta representación imperial, aunque no exclusiva de esta ceca, no es nada habitual en la numismática romana por lo que serviría, por sí sola, para diferenciar esta moneda del grueso de las acuñaciones romanas de todos los tiempos. Conozcamos un ejemplar de esta magnífica moneda:


El ascenso al trono de Heliogábalo y su posterior victoria sobre Macrino fue poderosamente favorecida por su condición de descendiente indirecto de Septimio Severo (concretamente era nieto de Julia Maesa, hermana de Julia Domna, la esposa de Septimio Severo), lo que implicaba la restauración de la dinastía Severina: todavía muy prestigiosa a ojos del Ejército y el Senado romanos a pesar de las escasas simpatías despertadas por el que fuera su último miembro, el difícil Caracalla. Lamentablemente las expectativas puestas en el joven emperador no se cumplieron (principalmente por su extravagante y vicioso comportamiento al que no era ajeno su condición de sumo sacerdote del dios Helios), viéndose progresivamente deteriorado su prestigio hasta el extremo de ser asesinado el 11 de marzo de 222 con tan solo 18 años de edad, víctima de una conspiración orquestada por su antaño valedora, Julia Maesa, y el prefecto del pretorio.

En el plano numismático las acuñaciones de tiempos de Heliogábalo son bastante similares a las de sus predecesores desde el punto de vista iconográfico, ligeramente inferiores en el plano artístico (esta decadencia se aprecia especialmente en las acuñaciones orientales) así como de una ley un poco inferior en lo que a plata se refiere. Ciñéndonos ahora a la ceca de Caesarea, lo primero que salta a la vista es la ausencia de acuñaciones en plata tanto en el reinado de Heliogábalo como en el de su sucesor y primo carnal, Alejandro Severo (222-235), algo cuanto menos extraño toda vez que ponía final a una tradición que se remontaba a los tiempos de Tiberio nada menos. Aunque no se conoce con precisión el motivo de este hiato, parece estar relacionado con la fuerte disminución en la amonedación en plata que se detecta en toda la zona de Asia Menor en relación a los volúmenes de tiempos de Septimio Severo y sus hijos. En efecto, la práctica totalidad de los mayores tesoros numismáticos localizados en la actual Turquía exhiben un porcentaje de monedas a nombre de Heliogábalo y Alejandro Severo muy inferior al de sus familiares antecesores. Como, a juzgar por el registro arqueológico, no parece que la región sufriera una crisis por aquellos tiempos, al menos lo suficientemente grave como para reducir el comercio y por tanto el trasiego de monedas de plata, podemos deducir que se acuñó menos plata durante los Severos menores por no ser necesaria al disponerse de un volumen en circulación suficiente para garantizar la estabilidad del comercio y los pertinentes pagos a las tropas. En el caso concreto de Caesarea esta disminución en los índices de acuñación debió alcanzar el extremo, suspendiéndose las emisiones en plata hasta el reinado de Gordiano III, momento en que todos los estudios señalan un fortísimo incremento de las emisiones argenteas tanto en oriente como en la propia Roma.

Caesarea sí que acuñaría bastante bronce durante el reinado de Heliogábalo siendo estas piezas, junto a las de su sucesor Alejandro Severo, las más asequibles hoy en día de entre la nómina de bronces imperiales capadocios. Se trata de monedas de muy correcta factura técnica y un módulo de alrededor de 17 mm las de módulo medio y de entre 24 y 28 mm las grandes, pudiendo llegar a verdaderos medallones de 35 mm. El busto de anverso suele aparecer mirando a derecha (no siempre), figurando las más de las veces laureado aunque hay también monedas radiadas de módulo y grosor similar a las laureadas correspondientes por ello, en principio, a un mismo tipo monetal. Aunque hay varios tipos de reversos, predomina abrumadoramente el del Monte Argeo a su vez con unas cuantas variantes, de entre las cuales, nuevamente por amplia mayoría, destaca la de Monte Argeo sobre altar que se remonta a los primeros grandes bronces comodianos. También podemos encontrar la variante básica de Monte Argeo surmontada por corona de laurel (más propia del bronce que de la plata) e incluso alguna variante extraña aunque no inédita del tipo dios-diosa (en este caso la diosa Tyche) sentada entre dos ónfalos así como sujetando una representación reducida del Monte Argeo (es el caso del medallón de 35 mm). Por último, merece la pena destacar un curioso tipo de reverso, empleado en los bronces medianos, en el que se muestra un busto a derecha de la diosa Tyche coronado por un pequeño Monte Argeo. Este tipo de reverso es propio de la ciudad siria de Emesa, patria chica de Heliogábalo y sus augustas antecesoras –Julia Maesa, Domna y Mamea--, si bien en él la diosa Tyche aparece sin el coronamiento del Argeo: lógicamente empleado en las acuñaciones capadocias para reflejar el origen de la monedas así como diferenciarlas de las emisiones de Emesa. En las siguientes fotografías podemos ver, por orden de arriba a abajo, cuatro ejemplares de la variante común de Monte Argeo sobre altar, el tercero y el cuarto con busto radiado, uno a derecha y otro a izquierda. Seguidamente un hermoso ejemplar de la variante de Monte Argeo básico surmontada por corona de laurel. Después, el medallón de 35 mm con la diosa Tyche sujetando el Monte Argeo y, para finalizar, un ejemplar de módulo mediano con busto de Tyche coronado por Monte Argeo.


Caesarea también emitiría monedas de bronce a nombre de la influyente Julia Maesa (el auténtico poder en la sombra durante el reinado de su nieto). De tamaño grande (26-28 mm) utilizan mayoritariamente el reverso del Monte Argeo sobre el altar. Menos común es el reverso creado en tiempos de Macrino con el Argeo flanqueado por dos ónfalos y su acceso en forma de fachada de templo porticada. Añadir además que aunque predomina el busto simple a derecha, también existen ejemplares con busto sobre creciente al estilo de los antoninianos contemporáneos de esta emperatriz así como paralelizables a nivel iconográfico con los bronces de Heliogábalo con busto radiado. Las siguientes fotos corresponden a un ejemplar de tipo convencional con Argeo sobre altar, otro con reverso de tipo Macrino y un tercero con busto de anverso sobre creciente y Argeo sobre altar en reverso.


Como se dijera anteriormente Caesarea tampoco acuñaría moneda de plata durante los trece años de reinado de Alejandro Severo. Siendo la situación económica similar a la del reinado de Heliogábalo, también las acuñaciones serán muy parecidas lo mismo iconográfica que metrológicamente con las lógicas diferencias de leyendas de anverso y de busto (escasas, por otra parte, en este último aspecto). Como en el reinado anterior vuelve a predominar el reverso de Argeo sobre altar, complementado por el de Argeo básico surmontado por corona de laurel, el del busto de la diosa Tyche coronado por el monte Argeo (módulo mediano) y el del monte Argeo en el interior de templo dístilo, éste último introducido en tiempos de Macrino y que ahora vuelve a hacer acto de presencia. A continuación podemos ver tres ejemplares del tipo principal con Monte Argeo sobre altar, un cuarto con el tipo básico surmontado con corona de laurel, otro más del tipo Tyche coronada y un sexto con la variante de Argeo en el interior de templo dístilo, de un excelente arte por cierto.


Asesinado Alejandro Severo junto a su madre Julia Mamea (19 de marzo de 235), se apropiara de la púrpura imperial un oscuro personaje llamado Maximiano apodado el Tracio en razón de su origen. De origen bárbaro, nulo refinamiento, mínima preparación y un exceso de brutalidad que emanaba por todos los poros de su descomunal físico (más de 2 metros de músculos) ostentaba el rango de general de los ejércitos del limes germano cuando se le presentó la oportunidad de aprovechar el descontento originado del ejército por el recorte en los gastos militares ordenado por el joven emperador para eliminarlo y ocupar su lugar. Se iniciaba así un turbulento reinado de tres años, pleno de dificultades ocasionadas por la feroz hostilidad del senado de Roma para con Maximino, cuyos humildes orígenes y agudo desprecio por la aristocracia romana no podían soportar. Éste fue el comienzo del periodo conocido como la Anarquía Militar caracterizado por la rápida sucesión de emperadores salidos de entre las filas del ejército: por regla general más interesados en atajar los intentos de derrocamiento por parte de sus conmilitones que en buscar el bien común para los habitantes del imperio romano.

En comparación con otros emperadores, las acuñaciones a nombre de Maximino el Tracio en las cecas orientales son bastante reducidas cuando las hay. En el caso de Caesarea de Capadocia la ceca permaneció cerrada durante todo su reinado, no volviéndose a abrir hasta el inicio del reinado de Gordiano III, en 238, lo que implica su inactividad no sólo durante el reinado del Tracio sino también en los efímeros de Balbieno y Pupieno, Gordiano I y Gordiano II.

Aunque los tres primeros años del reinado de Gordiano III fueron relativamente tranquilos, en la primavera de 241 una oleada de ataques bárbaros pone duramente a prueba las fortalezas del limes germano. Al mismo tiempo los persas del monarca Sapor I, enterado o no de los apuros romanos en sus límites septentrionales, violan la línea fronteriza fijada en el cauce del Eufrates e invaden la Mesopotamia romana. Consecuencia inmediata de este verdadero estado de emergencia es un brutal aumento de los gastos militares romanos; toda nueva leva, toda nueva remesa de armamento, parece poca para hacer frente a la terrible amenaza doble que aúlla en las fronteras. El estado romano reaccionará acuñando de forma masiva moneda de plata con la que sufragar tan tremendos gastos, habiendo de reducir también la ley de ésta a fin de obtener mayor cantidad de monedas a partir de la misma cantidad de metal noble. Es por este motivo que el antoniniano acuñado en la ceca de Roma a nombre de Gordiano III es la moneda de plata romana más económica, aún en alta calidad, que existe en el mercado actual.

Siguiendo la estela de la ciudad de Roma y por el mismo motivo, las cecas orientales también conocerán un periodo de fuerte reactivación, volviendo a acuñarse plata en cecas como Antioquía que no lo hacía desde el reinado de Heliogábalo o nuestra Caesarea de Capadocia, inactiva en lo que a plata se refiere desde el reinado de Macrino.

Como en los mejores tiempos de Septimio Severo, ya algo lejanos por aquel entonces, Caesarea acuñará de nuevo la unidad básica oriental en plata, el dracma, acompañada de sus dos múltiplos inmediatos: el didracma y el tridracma. La calidad de las acuñaciones es francamente elevada, con un nivel de detalle muy bien conseguido. El estilo, bastante realista aunque con cierto sabor oriental, recuerda mucho al de las acuñaciones argénteas a nombre de Septimio Severo y familia, de las cuales estas monedas resultan una más que evidente continuación.

La unidad de menor valor, esto es el dracma, empleará en exclusiva el reverso del Monte Argeo en su modalidad más básica con pequeñas variantes: surmontado con estrella, sin surmontar, con las letras griegas BNE en el campo o con un aislado punto a izquierda del campo: marca de valor ésta que nos indica que la moneda equivale a 1 Dracma. Las siguientes monedas corresponden a otros tantos representantes  de las variantes de dracma arriba descritas.


El didracma es iconográficamente idéntico a la variante de dracma con Monte Argeo sin surmontar con la sola excepción de la marca de valor: dos puntos en lugar de uno, situados alternativamente a ambos lados del Argeo. Por otra parte, su peso y diámetro son considerablemente mayores que los del dracma de tal forma que difícilmente hubiera podido confundir el usuario las dos monedas aunque no llevaran marca de valor, lo que no quita que el motivo de su inclusión fuera el de evitar dichas confusiones. A continuación podemos contemplar un trío de didracmas del tipo de los anteriormente descritos.


Como suele ser habitual en las emisiones argénteas de Caesarea corresponde al tridracma (o tetradracma en su caso) el privilegio de exhibir los mejores estilos de diseño y la mayor variedad iconográfica en los reversos. En cualquier caso el hecho es que vuelve a predominar el tipo básico de Monte Argeo bien sin surmontar, bien surmontado con una corona de laurel, con las letras  BNE del campo presentas en unas monedas sí, en otras no. Lo que no aparece en ningún ejemplar es la marca de valor tal vez por no considerarse necesaria en el tipo superior (estamos hablando de una moneda que, de media, superaba en un 70% el peso del didracma y que nadie podría confundir con un didracma, mucho menos con un dracma). Las siguientes fotografías corresponden, primero, a cuatro ejemplares de la variante surmontada con corona de laurel (las tres primeras con las letras BNE y la última sin ella), seguidamente otras tres monedas de la variante sin surmontar, la última con las letras  BNE   en el campo.

Aparte del tipo principal, Caesarea también emite series más reducidas de tridracmas con reversos diferentes aunque con la común presencia del Monte Argeo en ellos. Uno de ellos, el del dios Sol, sentado y con el codo apoyado en una representación reducida del Argeo, ya había aparecido en las emisiones de tiempos de Septimio Severo, perteneciendo por tanto al bagaje histórico-iconográfico de la ceca. El otro resulta algo más novedoso aunque sus elementos sean viejos conocidos del lector. En él encontramos una suerte de cista mística (también puede ser una variante de ónfalos) de cuya boca salen dos ramas de palma sobre las cuales reposa una representación tirando a reducida así como poco detallada del Monte Argeo. Los siguientes ejemplares corresponden a las monedas que acabamos de describir.


Una característica que puede observarse en un porcentaje altísimo de los tridracmas de Gordiano III que se conservan es esa contramarca rectangular, bastante profunda, que puede verse en las monedas de las fotos. Localizada siempre en el reverso, las contramarcas mejor preservadas exhiben un busto femenino en altorrelieve mirando a derecha. ¿Una marca de revalorización?, ¿un distintivo para permitir su uso en algún lugar donde antes no estuviera permitido o por parte de personas que antes no quisieran o no pudieran usar esa moneda?, ¿una señal de desmonetización? El hecho de que la contramarca aparezca lo mismo en monedas circuladas como relativamente nuevas indica que debió realizarse no mucho tiempo después de la acuñación de éstas. En principio esto descarta la hipótesis de la señal de desmonetización, haciendo también muy poco verosímil la de la revalorización (por ejemplo, a tetradracma) con la posible excepción de un escenario de inflación vertiginosa y desatada que no nos consta se produjera en este momento de la historia de Roma. Nos queda, por tanto, la segunda posibilidad: factible en tanto en cuenta se conocen casos anteriores de monedas de tipo local que fueron reselladas por la autoridad competente a fin de emplearlas para afrontar determinados pagos fuera del área de vigencia de esa emisión en concreto donde, sin el resello oficial al que nos estamos refiriendo, la moneda carecía de valor liberatorio al menos teóricamente.

Además de a nombre de Gordiano III, Caesarea acuñaría también moneda de plata a nombre de su mujer, Tranquilina. Estas emisiones, bastante inferiores en volumen a las de Gordiano III a juzgar por el número de ejemplares conservados de cada una, se limitaron exclusivamente a un tipo monetal: el dracma, en su variante de Monte Argeo sin surmontar las más de las veces con la marca de valor “Punto” a la izquierda del campo de reverso. Los siguientes tres ejemplares corresponden, el primero, a la variante básica sin marca de valor, poseyéndolo en el caso de las otras dos monedas.


El reinado de Gordiano III también traería a la ceca de Caesarea la reanudación de sus acuñaciones en bronce. Emitidas tanto a nombre de Gordiano como de Tranquilina predomina, como en reinados anteriores, el reverso del Monte Argeo sobre altar para los módulos crecidos (26 – 28 mm). También se observa la interesante variante de busto de Tyche coronado por Monte Argeo aparecida durante el reinado de Heliogábalo. Como novedad podemos citar un curioso reverso, poco habitual en la numismática oriental del periodo pero no tanto en la occidental, como es el de corona de laurel con leyenda en su interior (en este caso dispuesta en cinco líneas). El omnipresente Monte Argeo de las monedas capadocias aparece en la parte superior del reverso de la moneda, en medio de la primera línea, reducido a una pequeña representación poco detallada. En las siguientes fotografías podemos contemplar cuatro ejemplares del tipo general de Argeo sobre altar, dos a nombre de Gordiano y otros dos a nombre de Tranquilina. Seguidamente observamos un ejemplar del tipo Tyche coronada y por último uno del tipo corona de laurel con leyenda inscrita.


El final del reinado de Gordiano III en 244 supone el fin de las acuñaciones de Caesarea. A pesar de que alguna ceca relativamente cercana como Antioquía continuará sus acuñaciones en plata hasta el reinado conjunto de Treboniano Galo y su hijo Volusiano (tetradracmas), la ceca de Caesarea no volverá a abrir sus puertas. Posiblemente se consideró que bastaba con las emisiones antioquenas para suministrar moneda circulante a toda esa zona de la mitad oriental del Imperio. Posteriormente cesará toda emisión de moneda de tipo local, con caracteres y metrología griega, en las provincias de Siria, Capadocia, Asia, etc, siendo sustituidas por amonedación imperial –fundamentalmente antoninianos—con leyendas en latín. Nuevamente será Antioquía, asistida por algunas cecas cercanas como Samosata, la encargada de producir este numerario. Fuera como fuere, esta claro que para ese momento la ceca de Caesarea hacía tiempo que había dejado de ser una realidad para empezar a convertirse en un recuerdo que hoy podemos evocar contemplando sus maravillosas monedas…







martes, 22 de mayo de 2012

Filipo I el Árabe y su primera emisión de Antoninianos. La Ceca Oriental desconocida.

La muerte de Gordiano III en febrero-marzo del año 244 d.C., instigada por el prefecto del pretorio Marco Julio Filipo, apodado “el Árabe” en razón de su origen, supuso la proclamación de éste como emperador de Roma. Su primera decisión importante fue el inicio de negociaciones de paz con los persas destinadas a concluir la guerra en las fronteras nororientales del Imperio, larga ya de cinco años, durante la cual las armas romanas habían sufrido varios reveses importantes. Tras unas semanas de conversaciones acerca de cuyo contenido no nos ha llegado testimonio escrito, Filipo firma una paz bastante desventajosa: 500.000 denarios de indemnización y una suma anual en concepto de tributo al monarca sasánida, Shapor. No en vano jugaban en contra de la causa romana tanto las relativas prisas del nuevo monarca en finalizar la guerra y partir para Roma a afianzar su trono, como la posición ventajosa obtenida por los persas tras una última campaña militarmente favorable.

Combate entre romanos y persas sasánidas. Los contendientes exhiben las armas y protecciones propias de las décadas centrales del siglo III d.C., siendo por tanto contemporáneas de la emisión monetal descrita en esta entrada.

No se harían esperar las primeras acuñaciones a nombre de este monarca tras su entronización. Así lo indica, en efecto, cierta emisión de antoninianos datada en la primavera-verano del 244 cuyos motivos de reverso, alusivos al tratado de paz firmado con los persas, no admiten lugar a dudas sobre su cronología. Aunque tradicionalmente se ha venido identificando Antioquía como la ceca emisora de estas series, lo cierto es que las significativas diferencias de estilo con los antoninianos de esta ceca acuñados a partir de 247 (y cuya pertenencia a esa ceca no puede negarse dada la similitud de sus bustos con los de los tetradracmas acuñados inequívocamente en dicha ceca) permiten albergar serias dudas sobre esta identificación. Hay que reconocer, no obstante, la clara semejanza de estilo con las emisiones de antoninianos de Gordiano III atribuidas a Antioquía entre los años 242 y 244, lo que es una prueba a favor de esta última como ceca emisora de los primeros antoninianos de Filipo. Ahora bien, existen estudios de tipo metalográfico que niegan a Antioquía como emisora de la mayor parte de los antoninianos de Gordiano atribuidos a esta ceca, apuntando en su lugar a una ceca no identificada, si bien indudablemente oriental a juzgar por su arte, como autora de estas monedas. En caso de ser esto último cierto, como parece probable a la luz de las evidencias científicas, lo sería también la atribución de los primeros antoninianos de Filipo el Árabe a esta ceca oriental no identificada, afirmación sostenible a la postre no sólo en base a la semejanza formal antes apuntada sino también a los citados estudios metalográficos que señalan evidentes paralelismos entre la aleación cobre-plata empleada en estas monedas y la de los antoninianos de Gordiano III antaño calificados como antioquenses.

Divisible en tres motivos de reverso distintos, esta temprana emisión posee dos leyendas de anverso, similares en lo esencial si bien provistas de interesantes matices que informan a su vez de dos fases sucesivas en su acuñación. En la primera fase (comienzos de la primavera del año 244) aparece la leyenda IMP IVL PHILIPPVS PIVS FEL AVG (IMPERATOR IVLIVS PHILIPPVS PIVS FELIX AVGVSTVS), completada con las letras P M (interpretables como PERSICVS MAXIMVS mejor que como la anacrónica PONTIFEX MAXIMVS) separadas y dispuestas bajo el busto del emperador. La leyenda de anverso de la segunda fase (primavera-inicios de verano de 244) es IMP C M IVL PHILIPPVS P F AVG P M (IMPERATOR CAESAR MARCVS IVLIVS PHILIPPVS PIVS FELIX AVGVSTVS PERSICVS MAXIMVS) todo en la misma frase. La cronología más temprana de la primera fase (por cierto bastante menor que la segunda en cuanto a volumen de amonedación se refiere) ha sido establecida en base a los términos PIVS FEL, a la sazón frecuentemente utilizados en las últimas emisiones de antoninianos de Gordiano III acuñadas en esta ceca oriental, sea Antioquía o no –he aquí una nueva prueba del carácter temprano de ésta emisión--. La segunda leyenda sería, pues, una derivación de la primera más próxima a la que sería leyenda habitual en la primera mitad del reinado de Filipo I el árabe IMP IVL PHILIPPVS AVG).

A.- Motivo de Reverso: VIRTVS EXERCITVS

Anv: IMP IVL PHILIPPVS PIVS FEL AVG (Busto radiado, a derecha, con paludamentum y coraza. Debajo de él las letras latinas P M.)
        IMPERATOR IVLIVS PHILIPPVS PIVS FELIX AVGVSTVS (PERSICVS MAXIMVS)

Rev: VIRTVS EXERCITVS (VIRTVS estante con el atuendo militar propio de esta alegoría, mirando a derecha. Sujeta una lanza invertida –la punta mirando hacia abajo-- en la mano derecha, la izquierda apoyada sobre un gran escudo ovalado situado a sus pies. En la cabeza, casco con penacho.) (el Coraje del Ejército)


Moneda perteneciente a la primera fase de esta emisión de antoninianos tal y como indica la leyenda de anverso y las letras P M debajo del busto del emperador.

El reverso hace referencia al coraje exhibido por las tropas romanas que combatieran contra los persas sasánidas. Comparándolo con otros reversos del mismo tipo, a la sazón bastante frecuente en los antoninianos del siglo III d.C.,  puede hipotetizarse su relación con alguna clase de donativo entregado a las tropas aparentemente en concepto de “premio” por su actuación en la campaña si bien con el objetivo real de “estimular” las buenas relaciones entre el ejército y el recién entronizado Filipo, tal y como era habitual en un mundo romano dominado por el estamento militar.

B.- Motivo de Reverso: PAX FVNDATA CVM PERSIS.

 Anv: IMP C M IVL PHILIPPVS P F AVG P M (Busto radiado, a derecha, con paludamentum y coraza.)
          IMPERATOR CAESAR MARCVS IVLIVS PHILIPPVS PIVS FELIX AVGVSTVS PERSICVS MAXIMVS

Rev: PAX FVNDATA CVM PERSIS (PAX estante, a izquierda. Porta un largo cetro en la mano izquierda dispuesto en dirección oblicua al cuerpo. Con la derecha, extendida, sostiene una rama, en alto.) (la Paz Sellada con los Persas).


Moneda especialmente atractiva de la numismática romana al proporcionar tanto un documento de primera mano acerca de la paz alcanzada con el monarca persa Shapor por el flamante emperador Filipo como una valiosa prueba de la verosimilitud de la Historia Augusta escrita por el historiador Zósimo donde se narran estos hechos. Si bien poco ventajoso en la realidad para los intereses romanos, este tratado fue presentado a la opinión pública imperial como el benéfico resultado de una campaña victoriosa; de ahí el calificativo de PERSICVS MAXIMVS de que hace gala el emperador en su monedas, convenientemente limitado, eso sí, a un escueto y con toda probabilidad intencionadamente ambiguo acrónimo a fin de soslayar eventuales conflictos diplomáticos con el muy orgulloso y a la postre objetivamente vencedor del conflicto, monarca sasánida.

La leyenda del anverso permite encuadrarla en la segunda fase de acuñaciones dentro de esta emisión a diferencia de la siguiente moneda, perteneciente a la primera fase:

Anv: IMP IVL PHILIPPVS PIVS FEL AVG (Busto radiado, a derecha, con paludamentum y coraza. Debajo de él las letras latinas P M.)
          IMPERATOR IVLIVS PHILIPPVS PIVS FELIX AVGVSTVS (PERSICVS MAXIMVS)

Rev: PAX FVNDATA CVM PERSIS (PAX estante, a izquierda. Porta un largo cetro en la mano izquierda dispuesto en dirección oblicua al cuerpo. Con la derecha, extendida, sostiene una rama, en alto.) (la Paz Sellada con los Persas).


C.- Motivo de Reverso: SPES FELICITATIS ORBIS.

Anv: IMP C M IVL PHILIPPVS P F AVG P M (Busto radiado, a derecha, con paludamentum y coraza.)
         IMPERATOR CAESAR MARCVS IVLIVS PHILIPPVS PIVS FELIX AVGVSTVS PERSICVS MAXIMVS

Rev: SPES FELICITATIS ORBIS (SPES estante, mirando a izquierda. Sujeta suavemente, con la mano derecha, levemente extendida, una flor abierta, mientras con la izquierda levanta un pliegue de su túnica.) (la Esperanza para la Felicidad del Mundo.)

Este reverso, evidentemente propagandístico, hace referencia a las esperanzas puestas en el nuevo soberano así como a la nueva época de “felicidad” que se abría para el Imperio a resultas de la firma de la paz con los persas sasánidas.

Al igual que la moneda anterior, la leyenda del anverso permite encuadrarla en la segunda fase de acuñaciones dentro de esta emisión.

















martes, 1 de mayo de 2012

SEGONTIA LANKA, la gran ciudad de los Arévacos.

Segontia Lanka es el nombre con el que fuera conocida en la antigüedad la mayor ciudad de los arévacos, pueblo prerromano del grupo de los celtíberos que tuvieron a bien levantarla junto a la ribera del Duero, muy cerca del lugar donde hoy se alza su heredera, la moderna villa de Langa de Duero.

Ubicada su situación desde los años veinte del siglo XX por el incansable Blas Taracena que excavara parte del asentamiento, sigue siendo muy fácil no perder de vista el punto exacto donde estuviera habida cuenta de la profusión de restos cerámicos de carácter celtibérico que afloran en los campos, sacados a la luz por las aguas y el arado.

El asentamiento de Segontia Lanka ocupaba una serie de cerros de baja altura en general –hay excepciones--, levantados por la naturaleza al pie del Duero, así como los campos anexos, a saber estrechas franjas de tierra encajadas a los pies de los distintos cerretes. Cultivadas hoy en día, estas franjas debieron estar edificadas en el pasado, no así los campos existentes al otro lado del Duero: carentes de registro cerámico significativo y que por ello nos hablan del lugar en que los arévacos tuvieran sus cultivos y ganado.


Paraje abierto, hoy dedicado al cultivo de cereales y girasoles, que en otro tiempo fuera solar de la antigua Segontia Lanka celtibérica.

La extensión de Segontia Lanka ha sido estimada por algunos autores en 60 hectáreas de superficie. Dicha cifra, que la convertiría en la más extensa con diferencia de las ciudades celtibéricas –su densidad de población, a buen seguro baja, es otra cosa--, debe obedecer a cálculos basados en la extensión de los restos cerámicos en superficie así como en los datos suministrados por Taracena (1000 metros en dirección N-S por 600 en dirección E-O) y no a la siempre clarificadora presencia de murallas. De hecho, esta ausencia de murallas tanto visibles en superficie como factibles de seguir con evidencia en la topografía del terreno ha llevado a afirmar que Segontia Lanka fue en el pasado una ciudad no amurallada: nada más lejos de la realidad tal y como demuestran las recientes excavaciones –otoño del 2002—donde se exhumaron fragmentos inequívocos de las fortificaciones con que un día contara la ciudad, a la postre en bastante buen estado de conservación lo que nos lleva a albergar serias esperanzas acerca de la posible monumentalidad de lo mucho que yace aún sepultado.

Entrando ahora en las características formales de los restos de fortificación exhumados, se trata por un lado de un pequeño lienzo de muralla y de otro de la primera hilada de una suerte de estructura circular con claras maneras de fortificación.
Pequeña colina donde se han excavado los escasos restos de la muralla de Segontia Lanka que han sido localizados. De hecho, no son raras las referencias bibliográficas a esta ciudad como lugar abierto, esto es carente de defensas.

La tipología de la muralla se corresponde con la habitual en las defensas celtibéricas, esto es un doble paramento ejecutado en sillería de buen tamaño, bien labrada en su cara vista así como colocada en seco, relleno al interior de tierra y mampuestos irregulares. En la actualidad tan sólo puede verse el paramento exterior de esta muralla, permaneciendo oculto tanto el paramento interno como la mayor parte del núcleo hasta el punto de no poderse hipotetizar nada acerca del espesor total de la fortificación. En realidad el lienzo excavado es bastante pequeño: dos metros y medio de altura –siete hiladas de sillería-- por un par de longitud, si bien es obvio que se continua a izquierda y derecha probablemente en tan buen estado de conservación como éste, ya desenterrado. Considerando asimismo la ubicación de este lienzo, es dable comentar que se encuentra a media ladera de un pequeño cerrete sin especial protección natural, lo cual permite sugerir su pertenencia a la antigua muralla de la ciudad, dispuesta a todo lo largo de su perímetro y no a una fortificación concreta de mayor envergadura, más o menos exenta, como sucede en el caso de la estructura circular que se describe a continuación.

Breve fragmento de muralla localizado en las excavaciones.

Se trata de una hilera de sillares dispuestos formando una suerte de línea curva factible de aproximarse a un arco de circunferencia tomando como centro de ésta el mismo de la cabeza del cerro en que se asienta. Apoyados directamente sobre la roca madre lucen una excelente labra en su cara vista, formando así una línea de gran elegancia geométrica. Hacia el interior de estos sillares su factura, aunque no del todo mala, es notablemente más tosca. Al igual que en el caso de la muralla anterior esta línea de sillares debe corresponderse con el paramento externo de una fortificación de doble paramento. No obstante su pobre estado de conservación –se insiste en que sólo queda la primera hilera—impide apreciar el sistema constructivo que un día se debió seguir en su erección. Por otro lado es de resaltar un aspecto muy importante de estos restos y que no es otro que el lugar en el que se hallan. Así, los encontramos en una suerte de meseta erguida sobre el valle del Duero, no más alta que los cerros que la rodean por el sur –donde estuviera el hábitat urbano de Segontia Lanka—pero sí mucho más aislada que éstos en razón de su condición peninsular: esto es circundada por un considerable desnivel de difícil acceso a excepción de por su frente meridional, donde un estrecho paso sirve de puente entre las elevaciones de la ribera meridional del Duero y esta meseta. Prolijo es comentar las posibilidades defensivas que tal configuración espacial supone, a la postre complementadas por la excelente ubicación estratégica del lugar: lo mismo válido para controlar el valle que los altos cercanos y por ello la ciudad en sí. Es por todo esto, sumando la calidad de la hilera conservada y la bondad de su ubicación, que parece razonable adjudicar un carácter de acrópolis a la fortaleza que un día se levantara en esta meseta: más o menos aislada del recinto amurallado principal, elevada a la condición de último y más robusto baluarte de resistencia y cuyos pobres restos son los que hoy día pueden contemplarse.

Sillar de la muralla de Segontia Lanka. Se aprecia la mejor calidad de su cara exterior respecto a las demás.

No mucho más es lo que a día de hoy puede ofrecer la que fuera orgullosa ciudad celtíbera a sus visitantes. Tan sólo algunos ladrillos de durísimo adobe dispersos por los campos, innumerables fragmentos de cerámica celtibérica pintada, no menos escorias de hierro–lo que nos habla de una intensa actividad metalúrgica en la ciudad—y, por último, ciertas peñas con claros vestigios de haber servido de canteras hace más de dos mil años.

En cuanto a la historia de Segontia Lanka, poco es lo que se conoce de ella en la actualidad. No en vano apenas se han realizado excavaciones modernas en el yacimiento, apareciendo también escasas de informaciones las fuentes antiguas en todo lo relativo a esta ciudad –Plinio, Aviano...—con la única excepción del libro de geografía de Ptolomeo donde se la ubica, como perteneciente a los arévacos, en los 12º 30’ de longitud Oeste y los 41º 40’ de latitud Norte. Sea como sea parece razonable asignarle un origen plenoceltibérico cuanto menos –siglo V. a.C.—evolucionando hasta época tardoceltibérica –siglo II a.C.—sin solución de continuidad ni de progreso hasta formar la gran ciudad que un día conquistaran los romanos probablemente tras la toma de Numancia el año 133 a.C.

Vista de la acrópolis de Segontia Lanka donde destaca el estrecho istmo que la separa del resto del cerro donde se asentaba la ciudad.

Dominada la zona por Roma, Segontia Lanka debió sobrevivir como ciudad de importancia si bien con la muralla desmantelada por imposición de los nuevos señores tal y como se constata en multitud de recintos contemporáneos. A esta época –último tercio del siglo II a.C.—pertenece el grueso de las acuñaciones monetales de la ciudad, a saber ases de bronce de módulo generoso (25/26 mm de diámetro por 10,68 grs –de media-), signo preciso de su relativa prosperidad así como de su incipiente romanización. Estas monedas resultan fácilmente identificables por la expresión SeGEAs  lAKs –SEKOTIAS LAKAS en alfabeto ibérico septentrional-- que aparece grabada en ellas (la segunda palabra en el anverso, la primera en el reverso) y que a pesar de la evidencia lingüística ha sido erróneamente relacionado por algunos autores con la ciudad lusona de Segontia, la actual Sigüenza en la provincia de Guadalajara. En las siguientes fotografías podemos ver dos bonitos ejemplares de esta acuñación, correspondientes a la variante más común con busto imberbe a derecha y peinado de rizos típicamente celtibérico. Existen otras dos variantes mucho más escasas: una con busto barbado y la otra con peinado a bandas, ambas de arte significativamente más degenerado: señal ésta de una cronología más tardía así como, probablemente, no consecutivas de la principal sino con un hiato temporal entre ellas. 


No debió ser escaso el protagonismo de la ciudad arévaca durante las guerras sertorianas (81 a.C. – 72 a-C.), obviamente, como ciudad celtíbera que era, del lado popular encabezado por Sertorio frente a los optimates de Cneo Pompeyo y Cecilio Metelo. Así lo indica su emisión de denarios, francamente breve así como de un arte bastante pobre pero que resulta suficiente para confirmar la condición de cabeza de comarca de Sekotias, encargada por ello de batir moneda con la que pagar a las tropas reclutadas en su área de influencia.

La derrota final de Sertorio tuvo que poner en una difícil tesitura a los pueblos y ciudades que le apoyaran. Sin duda Roma debió imponer con mucha más firmeza su voluntad sobre la díscola provincia, acelerando al máximo el proceso de romanización. Una buena prueba de esto último es la importante disminución en las emisiones típicamente indígenas, grabadas con caracteres ibéricos y no latinos, que se detecta a partir de ese momento. En el caso concreto de Sekotias Lakas, no sólo no volvería a acuñar moneda sino que incluso debió perder su antigua condición de cabecera de comarca (¿venganza romana?) entrando en un irreversible proceso de decadencia que la llevaría a desaparecer en algún momento indeterminado alrededor del cambio de milenio. Así parece indicarlo ciertamente la franca ausencia de cerámicas romanas –especialmente de terra sigillata—observable en la superficie del yacimiento, por otro lado plagado de material de estilo indígena. Además, la localización de varias villae romanas en las proximidades de Langa de Duero apunta también en esta dirección, coincidente a la postre con la hipótesis actual relativa a la evolución del poblamiento en esta parte de Celtiberia tras la conquista romana y que se puede resumir en una primera romanización de los asentamientos conquistados seguida del despoblamiento de algunos de éstos en beneficio de otros –Tiermes y la nueva Numancia—y la creación de una serie de villae rústicas que aseguraran la explotación de los campos así como la manutención de los habitantes de las ciudades supervivientes.

Cimentación de sillería correspondiente a una estructura de probable carácter defensivo en el interior de la acrópolis.

Desaparecida pues Segontia Lanka como entidad de primer orden, con lo que ello supone de influencia, prestigio y territorio bajo su control, parece ser que no lo hizo por completo físicamente. En efecto, como ya se dijo, la ciudad es citada por Ptolomeo allá por los años centrales del siglo II d.C; cosa que indica al menos la supervivencia del topónimo y, con bastante probabilidad, de un resto de población verosímilmente trasladado al lugar hoy ocupado por la actual Langa de Duero, siguiendo un uso romano muy extendido de obligar a los indígenas conquistados a dejar las alturas y bajar al llano. De hecho, el mismo nombre del pueblo moderno contiene un resto de su pasado clásico tan elocuente como es la voz Langa, claramente derivada de Lanka y que nos habla de la pervivencia del asentamiento en épocas bajoimperial, visigoda y musulmana –sin duda su especial situación estratégica en un vado del río Duero tuvo que ver con ello--, finalmente asegurada en época cristiana con la construcción del castillo cuya Torre del Homenaje puede admirarse todavía, a la sazón datable por su estilo en el siglo XIV aunque bien pudiera alzarse sobre los cimientos de una obra anterior, en cualquier caso no anterior a los años finales del siglo XI en que Alfonso VI cede Langa de Duero al Cid Campeador sin citar castillo alguno en el diploma correspondiente.


lunes, 9 de abril de 2012

LIBERATORI / RESTITVTORI VRBIS SVAE o la entrada de la ciudad de Roma en la órbita de Constantino.

La batalla del puente Milvio ocurrió el 28 de octubre del año 312 d.C. muy cerca del estribo septentrional del citado puente que, franqueando la corriente del Tíber, daba continuidad a la vía Flaminia hasta el corazón de las atestadas calles de Roma.

Busto de Majencio

En ella se enfrentaron el célebre emperador Constantino, César formal de occidente aunque Augusto de facto tras la muerte de Severo II en 307, y el asesino de este último, el usurpador Majencio: hijo del que fuera augusto de occidente Maximiano Hércules y que se había hecho proclamar emperador en Roma en 306, contándose entre sus dominios la península Itálica, Sicilia y la valiosísima, por su riqueza agrícola, provincia del África Proconsular. En juego se encontraba nada menos que la supremacía sobre la pars occidentalis, esto es la mitad occidental del Imperio romano, que había estado en entredicho prácticamente desde el mismo instante del fallecimiento de Constancio Cloro en 305, a la sazón padre de Constantino y el último de los Augustos de occidente “legítimos” o lo que es igual proclamados con arreglo al sistema sucesorio diseñado por el arquitecto del sistema tetrárquico, el gran Diocleciano.

Aunque la fuerza de los números favorecía a Majencio, que encabezaba un ejército de alrededor de 80.000 soldados frente a los poco más de 40.000 que alineaba su rival, lo cierto es que la victoria se inclinó del lado de Constantino.

Busto colosal de Constantino el Grande, el cual pertenecía a una enorme estatua del mismo ubicada en la basílica que había hecho construir su rival Majencio.

 Dejando para un trabajo más detallado posibles intervenciones divinas de carácter sobrenatural (“con este signo vencerás”), parece razonable hipotetizar como motivos últimos de la victoria constantinea tanto los graves errores tácticos cometidos por Majencio (dejar el río a su espalda, con un frágil puente provisional de madera –el Milvio había sido inutilizado unos días antes de la batalla—como única vía de escape a la ciudad en caso de apuro) como la diferencia de calidad entre las tropas de ambos ejércitos: curtidos y disciplinados legionarios de frontera en el caso del vencedor, aguerridos pero poco disciplinados pretorianos con el apoyo de las bien armadas pero poco fogueadas cohortes urbanas de Roma en el del derrotado.

Como muchos otros de sus soldados, Majencio se ahogaría cruzando el río Tiber en un desesperado intento de acogerse al amparo de las poderosas murallas de Roma que tan lejanas parecían ahora que el puente provisional, colapsado por el alocado trasunto de tanto fugitivo, se había derribado con estrépito en el peor momento de la batalla. Con su muerte se cerraba un reinado turbulento, muy probablemente no tan siniestro como lo retratan los escritores cristianos (carecemos de fuentes alternativas que nos informen) aunque sí funestamente lastrado por las graves dificultades económicas producto del aislamiento al que la condición de “fuera de la ley” de Majencio, rubricada por el resto de señores del Imperio en la conferencia de Carnuntum (308), lo abocara. Sea como sea podemos destacar como ejes principales de su gobierno tanto el hecho de que se inclinara por un paganismo moderadamente militante (no persiguió a los cristianos), incluyendo aquí el cultivo de las tradiciones religiosas romanas más ancestrales, como su decidido fomento de la promoción política de Roma: por aquel entonces una ciudad tan enorme como decadente que, privada de la inmensa mayoría de sus antaño descomunales poder e influencia, había visto reducido su papel a la condición de mera capital “espiritual” del Imperio. Prueba de esto último es la erección de edificios tan suntuosos como la basílica o el circo, el primero en el foro, el segundo a las afueras de la ciudad, o la magnífica restauración del celebérrimo templo de Venus y Roma, proyectos los tres concebidos por Majencio como buques insignias de una campaña de engrandecimiento de la  Ciudad Eterna como no se había conocido desde hacía muchas décadas.

Ruinas del Circo de Majencio, a las afueras de Roma, no lejos de la vía Apia.

Al igual que en tantos otros momentos de la historia de Roma particularmente oscuros, también en éste corresponde al estudio de la numismática del periodo ir un poco más allá de la información proporcionada por las escuetas fuentes escritas y/o arqueológicas. No en vano las acuñaciones a nombre de Majencio resultan especialmente interesantes tanto por su acusada peculiaridad (sus iconografías se suelen apartan bastante de los tipos habituales en el resto del Imperio) como por el hecho de reflejar con precisión el ambiente político en que fueran concebidas. Se trata sin duda de un tema del mayor interés pero que por su amplia dimensión escapa al reducido ámbito de este trabajo, el cual gira alrededor de una sola emisión: constantinea para más señas pero directamente emparentada con las emisiones de Majencio, en sentido ideológicamente contrario, eso sí, por más que formalmente sean muy similares. Volveremos sobre este tema más adelante; de momento sigamos asistiendo al desmoronamiento final del régimen de Majencio, suceso del cual poseemos un testimonio arqueológico de excepción: el hallazgo en 2005 de los estandartes imperiales de Majencio dentro de una corroída caja de madera (podemos verlos en las fotos siguientes) allá en una ladera de la colina palatina, donde fueron enterrados por sus derrotados partidarios la noche del 28 de octubre de 312 a fin de que no cayeran en poder del odiado Constantino.



Constantino hizo su entrada triunfal en Roma al día siguiente de la batalla del Puente Milvio. Atrás quedaba una noche de acongojado temor para los habitantes de la ciudad ante la incertidumbre acerca de la reacción del vencedor para con ellos. No era para menos, ciertamente, pues lo mismo el pueblo que el senado de Roma habían apoyado mayoritariamente a Majencio, lógicamente seducidos por el empeño de éste de devolver a Roma el liderazgo del Imperio así como de conservar el privilegio de exención de pago de impuestos del que gozaban los ciudadanos de Roma desde tiempo casi inmemorial (año 167 a.C. concretamente) y que recientemente había sido suprimido por el Augusto Galerio Maximiano en lo que constituía una prueba definitiva del cese de Roma como cabeza del poder imperial.

Interior del templo de Venus y Roma, construido en tiempos de Adriano y Antonino Pío y que fuera espléndidamente restaurado por Majencio.

Más aún, Majencio consideraba a Roma “su ciudad”, posicionándola por encima de cualquier otra urbe del universo romano, lo que naturalmente favorecía sobremanera su apreciación por parte del pueblo y el senado romanos. Conseguido de esta manera el cariño y la aprobación de los romanos, con todo su inmenso significado a nivel espiritual y de armonía con las pluriseculares tradiciones romanas, ya no parecía tan necesaria la legitimidad “oficial” de tipo tetrárquico que tan contundentemente le negaran a Majencio en la conferencia de Carnuntum. Dicho con otras palabras, la relación entre Roma y Majencio se puede describir como una interdependencia mutuamente beneficiosa por la cual la decadente pero todavía muy prestigiosa Ciudad Eterna se encargaba de compensar el déficit de legitimidad del que adolecía el régimen de Majencio que a su vez le devolvía el favor reponiéndola en su trono de capital imperial, cabeza del orbe romano, así como garantizando la perpetuación de los múltiples privilegios conseguidos en los tiempos de gloria de la ciudad. Magnífica prueba de todo lo anterior es el principal tipo de reverso que podemos encontrar en las monedas de Majencio en el cual aparece una alegoría de Roma divinizada (modelo básico del que existen variantes, siendo la principal la que aparece el propio Majencio, con atuendo militar, en actitud de venerar a la diosa Roma)  en el interior de un templo hexaestilo (en realidad se trata del templo de Venus y Roma: auténtico símbolo de la ciudad que como dijimos había sido espléndidamente restaurado por Majencio) todo ello rodeado por la leyenda extendida CONSERVATORES VRBIS SVAE, esto es “el Conservador/Protector de SU CIUDAD”. Como se ve, una contundente declaración de intenciones por parte de Majencio para con Roma sin apenas margen para la confusión o la mal interpretación. En las siguientes fotografías podemos ver un par de ejemplares de estas monedas, correspondiente el primero a la ceca de Aquileia y el segundo a la de Roma.


El caso es que para enorme alivio de los habitantes de la Ciudad Eterna Constantino no desató ninguna represión contra ellos, exponiendo en su comparecencia ante el senado, el mismo día de su entrada en Roma, su intención tanto de ser clemente con los que apoyaron a Majencio como de respetar la autoridad de tan prestigiosa como antigua cámara. En realidad, lejos de querer repetir la matanza de senadores protagonizada por Septimio Severo, su predecesor en la nómina de emperadores romanos que conquistaran la ciudad en el marco de una guerra civil, Constantino deseaba apuntalar su poder en la mitad occidental del Imperio (todavía en entredicho pues a ojos del augusto de oriente, Galerio, seguía siendo solamente César) convirtiendo a la hostil ciudad de Roma en aliada suya. Para ello no había mejor procedimiento que continuar, de alguna manera, la labor de Majencio permutando, eso sí, el protagonismo de éste por el suyo propio. Esto conllevaba la necesidad no sólo de mostrar clemencia sino que además era preciso tanto neutralizar el poder que pudiera restarle a la facción derrotada como, mucho más allá aún, suprimir de la conciencia de los romanos la idea de Majencio como benefactor y sustituirla por la de tirano.

Ruinas de la Basílica de Majencio en el foro de Roma.

El primero de tales objetivos lo cumplió sobradamente mandando disolver la guardia pretoriana –de lejos el principal sostén de Majencio desde el punto de vista militar—y enviando a todos sus integrantes a un incómodo destino en las frías y remotas fronteras del limes germano. Como quiera que el senado albergaba un profundo resentimiento hacia la guardia pretoriana --no en vano ésta había sido utilizada en demasiadas ocasiones como herramienta de coacción y castigo de aquél-- esta decisión de Constantino fue especialmente celebrada entre los senadores y le hizo ganar muchos adeptos para su causa.  En cuanto al segundo objetivo, en teoría más difícil de alcanzar en tanto en cuanto no bastaba con obligar sino que había que convencer, Constantino se puso inmediatamente manos a la obra, empleando para ello todos los medios al alcance de la muy depurada maquinaria propagandística romana. Así, sus proclamas levantaron una gran variedad de acusaciones sobre Majencio, calificándolo por ejemplo de perversor de las esposas de los senadores, alguna de la cual, mancillada en su honor, no había encontrado otra salida que el suicidio. También se dijo que había hecho asesinar a varios senadores al objeto de apoderarse de sus propiedades, siendo tan rapaz en su voracidad de acumular posesiones, entre ellas la comida, que había provocado la hambruna en la ciudad. Esto no era cierto toda vez que, si bien es verdad que hubo situaciones de grave carestía en Roma, no era Majencio el culpable de ellas sino la rebelión de Domicio Alejandro en el África Proconsular, a la sazón el lugar donde se cultivaba el trigo que servía para alimentar a la enorme ciudad de Roma. Tan inflamadas soflamas procuraron agudizar al máximo el carácter tiránico del finado emperador, recordando a la plebe la contundencia con que la guardia pretoriana sofocara las revueltas ciudadanas surgidas en respuesta a las hambrunas provocadas por la mencionada rebelión de Domicio Alejandro. Se llegó a cifrar en 6000 personas las fallecidas bajo el acero pretoriano, motivo éste más que suficiente para mudar el apelativo “Protector de Su Ciudad” –CONSERVATOR VRBIS SVAE—con el que tanto gustaba de definirse Majencio por el de “Asesino de su ciudad”.

Reconstrucción virtual de la Basílica de Majencio en la que se muestra con todo el esplendor que debió lucir en los siglos bajoimperiales.

Como es natural, si Majencio había sido un tirano, culpable de gravísimos crímenes contra el pueblo de Roma, procedía aplicarle uno de los más clásicos castigos “sociales” reservados a los gobernantes nefandos difuntos: la damnatio memoriae. No tardó pues el senado (puede que más guiado por el temor que por el convencimiento) en ordenar borrar el nombre de Majencio y de su hijo Rómulo de todas las inscripciones así como retirar sus estatuas y bustos.

En paralelo con todas estas actuaciones en perjuicio del ascendiente de Majencio sobre los que fueran sus súbditos, Constantino se empleó a fondo en suplantar a aquél en el corazón de los romanos. En efecto, su hábil mezcla de persuasión y amenaza consiguió del más pragmático que idealista senado el reconocimiento en su persona del mérito de erigir la imponente basílica y el de restaurar el templo de Venus y Roma. Más lejos aún, el dócil senado también se avino a levantar estatuas de Constantino por doquier, incluyendo una de oro: detalla éste de enorme importancia toda vez que este metal, el más noble de todos, se solía reservar exclusivamente para las estatuas de los dioses y no para las de los emperadores, que eran de mármol o bronce. Desde luego, Constantino estaba empeñado en mostrarse como el “libertador” de los romanos que había puesto fin al terrible reinado del tirano Majencio. Como tal libertador no había venido a cambiar esencia alguna sino a devolverle la dignidad al presuntamente vejado pueblo de Roma. Roma era tan “Su Ciudad” como lo había sido de Majencio (a pesar de que nunca había estado en ella con anterioridad, al menos oficialmente), con la diferencia de que él no era un tirano sino un soberano justo que había devuelto (restituido) la ciudad al buen orden y el dominio de la ley.

El Arco de Constantino, junto al Coliseo, muy cerca del foro romano.

Como era de esperar, no olvidó Constantino recurrir a la que quizás era la herramienta propagandística más potente al alcance de un emperador romano: la acuñación de moneda. Así es, todo el conjunto de ideas anteriormente descrito fue hábilmente desgranado en una interesantísima acuñación numismática a la cual ya nos hemos referido anteriormente y sobre la que ahora resulta oportuno volver. Formalmente, la emisión es una continuación total de la última emisión de Majencio con reverso de Roma en Templo hexaestilo. La intención es clara: si bien el anverso de la moneda ha cambiado (ahora aparece Constantino en él), el reverso indica en un primer vistazo que es una moneda hecha en Roma, por Roma y para Roma. Hacía falta un segundo vistazo un poco más detallado del reverso para empaparse plenamente del mensaje de la moneda. Se trata de las leyendas de reverso LIBERATORI VRBIS SVAE y RESTITVTORI VRBIS SVAE, empleadas alternativamente en esta emisión, y que identificaban sin la menor vacilación a Constantino como vencedor del tirano (Libertador) así como Restitutor de la paz y la justicia en una ciudad de Roma que a la postre reconocía como suya, del mismo modo que lo hacía Majencio en sus monedas. En las siguientes fotografías podremos ver dos monedas de éstas, cada una con una leyenda de reverso.



Constantino apenas permaneció un poco más de dos meses en Roma. Nada más terminar los juegos consulares, en enero del 313, abandonó la ciudad a la cabeza del grueso de sus tropas, dejando en ella una guarnición comandada por el prefecto Rufino. Su talla como estadista salta a la vista considerando como en un espacio de tiempo tan breve se las apañó para dar la vuelta al estado anterior de las cosas, definido por el apego de la ciudad a Majencio. Ni que decir tiene que en el momento de su partida semejante transición ideológica, bastante radical, aún no debía estar completada pero desde luego ya avanzaba en la dirección correcta. Así lo indica, entre otras evidencias, la construcción, ordenada poco después por el senado, del famoso Arco de Constantino (ver fotografía más arriba) en las inmediaciones del foro. En cuanto a la emisión constantinea con reverso de Roma en Templo de las que hemos hablado anteriormente, parece ser que finalizó nada más dejar el emperador la ciudad siendo continuada por varias otras (en paralelo o sucesivamente) con los tipos de reverso empleados habitualmente por el emperador en el resto de sus dominios (MARTI CONSERVATORI, SOLI INVICTO, etc). Esta hipótesis, lógica desde el punto de vista histórico –no hay que olvidar que el reverso de Roma en Templo era al fin y al cabo un diseño de Majencio que convenía abandonar una vez alcanzado el fin para el que se utilizó—resulta avalada por la gran rareza de la emisión en cualquiera de las dos variantes de leyenda. Concretando un poco más, el tipo LIBERATORI resulta, según el RIC, algo menos raro que el RESTITVTOR (R2 frente a R4) lo que se puede explicar considerando que éste último sólo se acuñó en la primera oficina --RP-- mientras que el primero lo hace en la segunda y tercera (RS y RT). Esto implica que, en teoría y simplificando un poco el asunto, el volumen de acuñación de LIBERATORI debió ser del orden del doble del de RESTITVTOR. Sea como sea, lo cierto es  que se conocen muy pocos ejemplares de  ambas leyendas, al contrario de cualquiera de los tipos inmediatamente anteriores o posteriores, bastante comunes en promedio. El hecho además de que esta emisión sólo se acuñara en Roma y no en el resto de las cecas italianas, todas ellas bajo control de Constantino, es un argumento adicional a favor de su brevedad y por ello escaso volumen, concebido según todos los indicios para consumo inmediato del pueblo de Roma como así sucedió.