lunes, 30 de enero de 2012

PEÑA AMAYA. El otro santuario de la Reconquista.

Uno de los lugares más interesantes de España, tanto por la agreste belleza del paisaje en que se encuentra como por la rica historia que duerme entre sus mudas ruinas, es la impresionante Peña Amaya.

Situada junto a la localidad burgalesa del mismo nombre, en el corazón de la abrupta comarca norteña de Las Loras, Peña Amaya es un buen ejemplo de la peculiar estructura geológica –la lora-- a la que hace referencia el nombre de la comarca, a saber una suerte de gran meseta rocosa, salpicada de peñascos. En efecto, la lora de Amaya es una de las más altas de la zona, elevación ésta que se ve sublimada por unos taludes casi verticales, sumamente difíciles de superar más allá de los caminos trazados a lo largo de los últimos veinte siglos. Considerablemente extensa también a pesar de su perfil estrecho y alargado, la cumbre de la meseta no es llana del todo, encontrándose antes bien dominada por dos impresionantes formaciones pétreas conocidas por el Castillo y la Muela, a la sazón formidables obstáculos adicionales para todo aquél que pretenda dominar la peña por la fuerza. El resultado es un enclave como pocos otros en España, dotado de unas cualidades defensivas rayanas en la excelencia, de ahí que aunque sólo fuera por esto, no resulta en absoluto extraño que Peña Amaya haya albergado pobladores desde la remota Edad del Bronce.

La inexpugnable lora de Peña Amaya, con sus pétreos taludes casi completamente verticales, vista desde el camino que hasta su cumbre conduce.

Sin embargo las virtudes de Amaya van mucho más lejos que su sola bondad táctica por inmejorable que ésta sea. Ciertamente, un simple vistazo al mapa de la zona enseguida nos informa de su condición de guardiana de Cantabria, consecuencia directa de su ubicación en el último reborde de la cordillera Cantábrica a modo de inexpugnable atalaya erigida sobre la inmensa llanura del Duero, vigilando de cerca el tránsito por la más oriental de las dos rutas históricas de acceso a Cantabria. Dicho todo esto no hace falta más que reunir tantas y tan magníficas virtudes para tomar conciencia de la enorme importancia estratégica de la que hiciera gala la Peña durante más de mil años, lógicamente traducida en una historia brillante e intensa como pocas, a la postre imbricada no sólo en el devenir de los acontecimientos de la comarca sino también en las mismas entrañas de la historia de España.

La historia de Peña Amaya comienza en la segunda Edad del Hierro cuando los aguerridos cántabros fundan un poblado en su cumbre. Según las investigaciones el castro de Amaya delimitaba por el sur el territorio controlado por el pueblo cántabro, siendo en la practica una suerte de plaza fronteriza proyectada sobre el valle del Duero, propiedad de vacceos y túrmogos. Por esta razón el asentamiento debió ser provisto de murallas desde un buen principio, máxime cuando a su condición de llave del acceso al corazón de la antigua Cantabria se sumaba la de avanzadilla desde la que lanzar los ataques de rapiña a los que tan aficionados eran los cántabros según los escritores latinos.

Vista de la roca conocida por el nombre de el Castillo desde la meseta de Peña Amaya, junto a las ruinas de la puebla medieval. Dominadora implacable de las tierras que le rodean, su ubicación es perfecta desde el punto de vista defensivo de ahí que haya servido de acrópolis del conjunto desde tiempos inmemoriales. En su cúspide se encuentran los restos del castillo medieval de Amaya, a buen seguro levantado sobre los cimientos de fortalezas muy anteriores.

Aunque tradicionalmente se ha considerado a Amaya uno de los castros cántabros más importantes, lo cierto es que las últimas excavaciones parecen apuntar en sentido contrario. Tampoco es del todo segura la participación de Amaya en las guerras cantabras, pues el lugar no es mencionado por ninguno de los cronistas romanos que trataron estos hechos, los cuales sí mencionan otros castros tomados por las legiones romanas. No obstante su carácter de guardiana de una de las rutas de penetración al interior de Cantabria, a buen seguro utilizada por los invasores según los textos latinos, permite presuponer que Amaya fue tomada por Roma en algún momento entre los años 29 a.C. y 19 a.C., fechas respectivas del comienzo y final de las guerras cántabras.

Conquistada finalmente toda Cantabria por Roma, los vencedores ordenaron desalojar la gran mayoría de los enriscados castros cántabros, trasladando su población al llano donde era mucho más fácil de controlar. Salvo alguna excepción aislada ninguno de estos castros volvió a ser habitado nunca más. No obstante, las evidencias arqueológicas indican que Amaya no sufrió esta misma suerte, continuando como núcleo habitado. La razón de esto se hallaba sin duda en el altísimo valor estratégico de su emplazamiento que aconsejaba, al menos, el mantenimiento de una guarnición en la peña.


Vista de los últimos metros del camino de acceso a la cumbre de Peña Amaya. Labrado en la roca viva, es probable que lo abrieran los aguerridos cántabros en algún momento del primer milenio antes de Cristo.

Desaparecida largos siglos después la autoridad romana en la península, es sustituida por la visigoda: mucho menos capaz que aquélla. Como resultado las tierras de la antigua Cantabria, nunca bien romanizadas así como relativamente alejadas de las comarcas escogidas por el grueso del pueblo visigodo para asentarse, recuperan su independencia sino oficialmente, sí de facto.

PEÑA AMAYA EN LA EDAD MEDIA.

Los albores del medioevo traerían un periodo de esplendor para Amaya, a la sazón elevada a la condición de capital de los cantabros, pues era en su recinto donde se reunía el consejo de ancianos que tomaba las decisiones que afectaban al conjunto del pueblo cántabro. Por aquel entonces los cántabros seguían siendo un pueblo netamente bárbaro, entregado a sus ritos páganos a pesar del catolicismo impuesto por Roma siglos atrás como religión oficial. Devotos seguidores de ancestrales costumbres legadas por sus antepasados, proseguían su austera vida de montañeses, practicando la ganadería como fuente principal de sustento más alguna limitada incursión en la ciencia de la agricultura. Sólo en las comarcas meridionales de Cantabria, precisamente aquéllas donde se alza Peña Amaya, parecía disimularse un poco la rudeza del pueblo cántabro bajo un leve barniz de romanización, de ahí que se encontraran por ahí sus mayores núcleos de población.

La impresionante figura de la Muela vista desde la ladera oriental del Castillo, alzándose poderosa sobre la meseta de Peña Amaya. De muy difícil acceso, es posible que albergara los primeros pobladores de la Peña allá por los siglos finales del segundo milenio antes de Cristo.

Durante muchos años, los mismos que empleara la monarquía visigoda en afianzarse en Hispania, los cántabros vivieron en libertad, decidiendo su destino sin injerencias ajenas. Sin embargo, su tradicional comportamiento predatorio trajo sobre ellos una nueva conquista al igual que lo hiciera en tiempos de Augusto. Sucedió así que el rey visigodo Leovigildo, entrando con sus huestes en Cantabria, atacó y tomó Amaya a pesar de la fiereza de sus defensores, destruyendo la plaza y ejecutando a la mayoría de los jefes cántabros. Según la crónica de Juan de Bíclaro esto acaeció en el año 574, significando un golpe de muerte para la independencia cántabra toda vez que la porción ultramontana del país era mucho más pobre que la meridional y por tanto incapaz de salir adelante por sí misma, siendo sometida también poco después.

Tras la exitosa campaña de Leovogildo Cantabria quedó sujeta al dominio visigodo. No obstante la fortaleza de la monarquía visigoda era insuficiente para asegurar indefinidamente la sumisión de los indomables cántabros que volvieron a levantarse durante el reinado de Sisebuto (612-621), siendo derrotados con gran violencia por las tropas toledanas. Parece ser que en esta revuelta también participó Amaya, otra vez bastión principal de los norteños. Al final, lo que no consiguió nunca la autoridad visigoda con las armas hubo de lograrlo la acción evangelizadora iniciada por personajes como San Millán, que aplacó un tanto la fiereza del pueblo cántabro, haciéndole más llevadera su pertenencia al reino visigodo aunque sin renunciar en ningún momento a su identidad ni a sus costumbres. Sucedió así que para finales del siglo VII Cantabria había dejado de ser un territorio decididamente hostil al trono toledano lo que llevó al monarca Ervigio a crear el Ducado de Cantabria (hacia el año 680): división administrativa que garantizaba un cierto grado de autonomía a los cántabros siempre y cuando éstos garantizaran su sumisión a la corona en la persona del representante de ésta en aquella tierra, el Duque o Dux. Como capital de este ducado se escogió la centenaria ciudad de Amaya, sin duda alguna el principal núcleo de una región mucho más grande que la actual comunidad autónoma ya que llegaba por el este hasta el Nervión en Vizcaya y al Nalón por el oeste en tierra astur-leonesa, englobando por el sur la mitad septentrional de las provincias de Burgos y Palencia.


ladera suroccidental del Castillo de Peña Amaya
Muro de cerramiento localizado en la ladera suroccidental del Castillo. Su misión era acotar, de entre todos los posibles, un único camino, bastante estrecho así como dominado por los defensores, hacia la cúspide del peñasco. Por la tosquedad de su factura este muro es bastante antiguo. Como muy moderno podría ser de época altomedieval –cuando Ordoño I mandara refortificar Peña Amaya--. No obstante lo más probable es que sea anterior, quizás incluso perteneciente a la fortificación cántabra original, en cualquier caso protagonista de excepción del asedio de Peña Amaya por Tarik ben Ziyad en el 712.

La llegada del Islam a España en el 711 encontraría a Cantabria iniciando su andadura como uno de los ocho ducados visigodos. A buen seguro no habría desparecido todavía el recelo en el alma de los cántabros, inclinados por naturaleza a obrar según su propio juicio sin dar cuenta de sus actos a monarca alguno. Es muy posible que al final hubieran acabado por volver a las andadas, rechazando una sumisión a un rey lejano que no encajaba en absoluto con su forma de ser ni con su estilo de vida. Sin embargo la derrota de Guadalete estaba llamada a cambiar el destino de Cantabria para siempre, poniendo punto final a una historia milenaria a cambio de iniciar otra que todavía estamos viviendo. Todo esto, por cierto, tendría lugar en la milenaria Peña Amaya.

Cuenta la Crónica General de España que la conquista de Toledo por el ejército del bereber Tarik ben Ziyad, vencedor en Guadalete y Ecija, se realizó sin dificultades a pesar de las fortificaciones de la ciudad debido a que la capital visigoda se hallaba casi vacía al haber huido su gente, incluida la nobleza goda, hacia Amaya. No resulta difícil de imaginar la confusión que se debió vivir en la histórica fortaleza al ver llegar una auténtica avalancha de refugiados, todos ellos fugitivos de aquellas gentes extrañas que estaban sometiendo el antaño orgulloso reino visigodo con rapidez y eficacia inauditas.

Restos de la muralla del Castillo de Amaya todavía visibles en el flanco suroriental de la fortaleza. Su aparejo de grandes piedras colocadas en seco –sin argamasa--, prácticamente idéntico (quizás algo mejor desbastados los bloques) al del muro de cerramiento anterior, permite asignarle una cronología similar.

Por aquel entonces gobernaba en Amaya Pedro, segundo Duque de Cantabria. Según algunas crónicas medievales era de linaje regio, afirmando incluso que era hijo del rey Ervigio. En la actualidad se ha puesto en tela de juicio esta aseveración, posiblemente inventada bastante tiempo después para enaltecer su figura. Lo que sí parece seguro es que era godo como también debían serlo los soldados que tenía bajo su mando en la capital del ducado.

Superados los primeros momentos de estupor a medida que el duque era informado por los recién llegados de la catástrofe que se cernía sobre el reino, Pedro resolvió oponer resistencia al invasor. Trasladada su decisión al pueblo cántabro, los indomables montañeses aceptaron unirse al contingente visigodo de la guarnición de Amaya, reforzado por los abundantes hombres útiles que en buena lógica debía haber entre los fugitivos. Entre todos, valiéndose de la magnífica fortaleza natural que el destino había puesto en sus manos, habían de intentar detener al ejército musulmán que avanzaba imparable por Hispania.

Peña Amaya, Burgos
Restos del la fortaleza de Amaya situados en la cúspide de la roca de el Castillo. Tanto el uso de mortero de cal como aglomerante como el sistema constructivo empleado en su ejecución nos informan de su pertenencia a las últimas construcciones realizadas en el castillo ya en los siglos bajomedievales (XIII-XIV-XV), cuando Amaya era sede de un estado señorial al estilo de la época.

Entretanto Tarik ben Ziyad, enterado del lugar al que se dirigían los patricios toledanos, resolvía partir para el norte sin dilación. No en vano el principal objetivo del caudillo bereber era apoderarse del mayor botín posible –aún no se habían empezado a plantear los invasores musulmanes la incorporación de Hispania al mundo islámico-- de tal manera que la premura en dar caza a los fugitivos era fundamental. Utilizando la calzada romana que por el puerto de Somosierra se internaba en la meseta castellana, Tarik tomó el camino directo hacia Amaya sin molestarse en desviarse hacia núcleos como Uxama (Osma, Soria) o Clunia (Peñalba de Castro, Burgos): con diferencia los principales de la zona en cuestión. Tal debió ser en verdad la ligereza del paso que imprimiera a sus tropas que logró dar alcance a los más rezagados de entre los toledanos en al-Maida, lugar no identificado todavía, apoderándose de grandes riquezas entre las que se encontraba, según las crónicas islámicas, la mítica Mesa de Salomón, llevada a Toledo por los godos procedente de Roma. Puesto otra vez en camino, el caudillo bereber alcanzó finalmente la vertiente meridional de los montes Cantábricos. Frente a él se alzaba la imponente mole de Peña Amaya, coronada de murallas en cuyos adarves se divisaban las cabezas de un gran número de defensores dispuestos a no dejarle avanzar ni un centímetro más por tierras de Cantabria. Lejos de arredrarse, el caudillo bereber ordenó el asedio de la capital cántabra. Sabía que el tiempo jugaba en su favor.

Pocas son las cosas que conocemos a ciencia cierta sobre este asedio, ocurrido en el otoño del 711. Sí que sabemos que fue un cerco muy duro, dispuesto por Tarik de tal modo que fuera imposible la llegada del menor socorro a los sitiados. Al final, agotadas las provisiones, el duque Pedro no pudo hacer otra cosa que reconocer su derrota y pactar una capitulación más o menos ventajosa con Tarik, quien debió acordar algo con el caudillo godo toda vez que Pedro y los suyos pudieron escapar hacia al norte, al otro lado de la cordillera, mientras que de haber perdido la plaza al asalto o por rendición incondicional lo normal es que hubieran sido ejecutados o esclavizados.

Burgos, Castilla León
Vista de la llanura que culmina la meseta de Peña Amaya desde el punto más alto de el Castillo. Se aprecia el antiquísimo camino que, procedente de la entrada a la cumbre, atraviesa la llanura, pasando al lado del despoblado medieval (a la izquierda de la fotografía) para continuar hacia la roca de el Castillo donde finaliza.

Perdida la capital del ducado, Pedro y su heterogénea hueste se hicieron fuertes en las montañas, señoreando también los valles costeros donde apenas se atrevían a penetrar los musulmanes sino era en gran número. Ante esta situación sería Musa ben Nusayr, señor de Tarik ben Ziyad, el encargado de asegurar la presencia musulmana en la cuenca del Duero vía el reparto de tierras entre sus soldados así como el establecimiento de guarniciones en los puntos más estratégicos, entre los que desde luego tenía un lugar destacado Peña Amaya. No contento con estas disposiciones Musa atravesó por primera vez la cordillera cantábrica, alcanzando la costa asturiana en un claro intento de evaluar tanto la riqueza del territorio como la capacidad de resistencia de los núcleos de resistencia ultramontanos.

La lucha en las montañas cantábricas proseguiría durante una década sin decantarse por ninguno de los dos bandos. Aunque Amaya no había vuelto a ser cristiana desde el 711, la peña ya no era estrictamente necesaria para la causa hispana al haber culminado su crucial tarea: la de fundir todas las almas cristianas en una sola, señalando con su dedo de piedra al enemigo común de todos: cántabros, visigodos e hispanorromanos. A partir de ese momento ya no había lugar a querellas entre los irreductibles cántabros y sus dominadores meridionales: ambos grupos conformaban un único pueblo, sin duda variado en sangres pero no por ello menos monolítico en su anhelo de apercibirse para la defensa de la tierra que pisaban, con los corazones puestos en el supremo anhelo de conservar esa independencia por la que siempre habían peleado tanto precisamente los cántabros. Y todo esto se consiguió gracias a la esperanza de victoria que significó Peña Amaya para fugitivos y montañeses, a la postre fallida pero que ilusionara durante el tiempo suficiente para hacer ver a aquella mezcolanza de gentes que lo mejor que podían hacer era unir sus fuerzas contra el invasor e iniciar entre todos la reconquista de España.

Restos de la puebla medieval de Amaya localizados en la cumbre de la peña. A pesar del tiempo transcurrido desde su abandono los montones de piedra que un día fueron casas siguen insinuando el trazado de las calles y la disposición de las habitaciones.

Como es bien sabido la archifamosa victoria de Covadonga en el año 722 trajo consigo el afianzamiento del núcleo de resistencia astur que había seguido un proceso de hermanamiento entre hispanos idéntico al iniciado en Peña Amaya. Con notable habilidad política los dos líderes cristianos, Pedro en Cantabria y Pelayo en Asturias, decidieron plantear un frente común al enemigo musulmán. La alianza fue sellada con el matrimonio de Alfonso y Ermesinda, hijos de Pedro y Pelayo respectivamente. Muertos el Duque de Cantabria y don Pelayo, el hijo y heredero de este último, Favila, muere en 739 en una cacería despedazado por un oso. El señorío de Asturias recaería por derecho propio en Alfonso que vio así fusionados en su persona los dos únicos islotes cristianos que sobrevivían en medio de la marejada musulmana. Ese mismo año se hizo coronar rey de Asturias con el título de Alfonso I dando comienzo así la historia de la monarquía hispánica.

El devenir de Amaya a partir de la formación del reino de Asturias oscilará entre los intentos cristianos por incorporarla definitivamente a sus posesiones y los islámicos por evitarlo. Clara evidencia del enorme valor estratégico de la peña es hecho de que el mismo Alfonso I la ocupara a la primera oportunidad (hacia el año 754, en el marco de la reconquista de Saldaña --la Saldania romana-- y la plaza fuerte de Monte Cildá, muy cerca del actual Olleros de Pisuerga), habiendo de abandonarla después ante la imposibilidad de defenderla. Posteriormente será Ordoño I quien en el año 856 ordena a don Rodrigo, primer conde de Castilla, que repueble y fortifique Amaya; tarea que el conde verifica con éxito nombrándose a la nueva población, heredera de glorias sin número, Amaya Patricia.

Peña Amaya, Burgos
Torre de la muralla del castro de Monte Cildá. Habitado desde el siglo I a.C., muchos autores identifican este lugar con el poblado cántabro de Véllica, al pie de cuyas murallas se libró una gran batalla en el verano del año 26 a.C., con victoria de las águilas romanas. La muralla de la fotografía data del siglo V d.C., cuando los moradores de los asentamientos cercanos, ante el grave estado de inseguridad originado por las invasiones germánicas, se concentran en esta ciudad, cuyo nombre latino desconocemos. Plaza principal de la frontera cántabra junto a Amaya, debió ser tomada por Leovigildo en la misma campaña que ésta (probablemente tan sólo unos días después).Reconquistada a los musulmanes en tiempos de Alfonso I, el lugar estuvo habitado hasta el siglo XII.

Como en sus mejores tiempos Amaya adquiriría rápidamente una gran importancia como plaza fronteriza de primer orden. Tal sería, de hecho, su ascendiente sobre la zona que en el año 922 el conde castellano Diego Porcellos manda desviar el camino de Santiago haciendo que pase por Amaya la ruta que antes pasaba por Álava en su devenir hacia Astorga.

Todavía habrían de soportar los milenarios muros un nuevo embate, el último antes de sumirse en el letargo propio de las plazas que van quedando en retaguardia. Sería en 989 cuando las numerosísimas tropas del califa Hisham II, comandadas por el celebérrimo Almanzor, asedian la ciudad, logrando entrar en su recinto tras una dura pugna. Nuevamente arrasado el asentamiento, su repoblación definitiva se produciría en tiempos del rey Ramiro II.

Ya en el siglo XII, desaparecido mucho tiempo atrás el peligro sarraceno, los pobladores de Amaya abandonan el seguro pero incómodo asentamiento en la cumbre de la peña, instalándose en el llano inmediato. Arriba sólo quedaría la guarnición de la fortaleza que continuaría en ella al menos hasta el siglo XIV en que la documentación nos informa que el castillo de Amaya seguía en uso. Posteriormente desaparecen las menciones en las fuentes, fiel indicio de que la decadencia y su hija el olvido habían empezado a hacer mella en las heroicas murallas de Amaya. Una tras otra, las mismas piedras milenarias que habían visto pasar ante sí los ejércitos de Roma, del rey Leovigildo y del bereber Tarik ben Ziyad iban rodeando por las vertiginosas laderas de la peña convirtiéndose en suculenta cantera para los habitantes de los alrededores.

Hoy en día Peña Amaya es un lugar sino abandonado, sí sumido en un cierto ostracismo; todo lo contrario que Covadonga, el otro lugar donde se gestara la Reconquista, universalmente conocido. Ubicada junto a un pueblecito de pocas casas, tierra adentro en una comarca económicamente deprimida, se encuentra lejos de cualquier vía de comunicación importante. Así mismo, la información disponible al respecto es escasa y en su mayoría especializada lo que unido a la ausencia de restos arquitectónicos relevantes redunda en la perpetuación del desconocimiento por el gran público. Todo esto se podría paliar realizando algunas inversiones en el monumento en forma de excavaciones capaces de exhumar los restos sepultados, en aceptable estado de conservación a juzgar por las pocas catas existentes. Con un poco de esfuerzo se podría incluso poner en valor el yacimiento –la gran belleza del paisaje puede servir de atractivo adicional--, beneficiando así tanto al estado actual de los conocimientos sobre nuestra historia como a los proyectos de divulgación histórica en curso, sin olvidar por supuesto el impulso que a la economía de la zona otorgaría semejante atracción turística ni tampoco la prioridad más acuciante que tiene cualquier monumento: su propia conservación, en el caso de Peña Amaya gravemente amenazada por culpa del expolio a que se ve sometido el lugar tal y como refleja de vez en cuando la prensa de la región.

cumbre de la meseta de Peña Amaya.
Fragmento de muralla excavado en la cumbre de la meseta de Peña Amaya. El aparejo de mampostería tosca aglomerada con barro es por lo general señal de cierta antigüedad. Probablemente esta muralla, que delimitaría todo el perímetro de la mítica lora, tenga un origen prerromano, si bien las sucesivas restauraciones y trabajos de mantenimiento irían alterando su fisonomía hasta ofrecer el aspecto actual, datable de forma imprecisa en la Alta Edad Media. En el momento de la conquista musulmana debía presentar, no obstante, un aspecto bastante similar a éste.

martes, 10 de enero de 2012

El MONTE ARGEO, la ciudad de EUSEBEIA/CAESAREA DE CAPADOCIA y su representación en la numismática. --1ª Parte--

El que fuera durante siglos llamado monte Argeo, hoy conocido como monte Erciyes, se encuentra en el interior de la Capadocia turca, siendo una de las montañas más altas de toda la extensa Anatolia con una altitud de 3917 metros. De morfología típicamente volcánica, su extinción no puede considerarse segura habida cuenta la temprana fecha, en términos geológicos se entiende, en que se registra su última erupción (año 253 a.C.).

El Monte Erciyes, ayer monte Argeo, con sus dos picos: el Erciyes Mayor y el Erciyes menor.

Serían los belicosos hititas, allá por los siglos centrales del segundo milenio antes de Cristo, los primeros en nombrar al volcán en sus textos cuneiformes con el hermoso nombre de Harkasos, la montaña blanca, nombre a todas luces inspirado en las perpetuas nieves que coronan su elevada cumbre. Según la mitología hitita, en Harkasos moraba el dios Erciyes, a la sazón una suerte de personificación de la montaña en la línea de otras deidades hititas de origen natural. A juzgar por las representaciones esculpidas en la roca por este pueblo, el dios Erciyes era uno de los más importantes de su panteón, razón por la que recibía una especial veneración. De hecho, la existencia de un túnel artificial localizado no lejos de la cima del volcán así como de factura muy temprana ha sido asociada con el culto hitita al dios Erciyes y su montaña sagrada.

Los dioses Hititas, entre los que se encuentra Erciyes, desfilando en este antiquísimo relieve tallado en la dura roca de la Capadocia.

Desaparecido el imperio Hitita, no se perdería sin embargo el culto a la montaña Blanca. En efecto, podemos reconocer la hitita Harkasos en la poderosa montaña Argaisos, la montaña de Argos, donde según la mitología griega, la diosa Rea, tras huir de Creta y al objeto de apartarlo de su padre, el voraz Saturno, escondiera al joven Zeus, dejando su educación al cargo de las ninfas Adrastea e Idra. Esta relación con Zeus superpuesta a la ya milenaria vocación por Erciyes, perduraría durante el largo dominio romano, pasando a ser conocida la montaña tanto por el nombre latino, derivado del helénico, Mons Argaeus (monte Argeo) como por el de Montaña de Júpiter en honor a la máxima deidad del panteón romano, identificable con el Zeus griego. Semejante distinción propagaría la fama de la montaña a lo largo y ancho del orbe romano, motivo por el cual es citada por los escritores contemporáneos entre los cuales podemos destacar al sabio griego Estrabón quien comentara, en su célebre Geografica, como desde la cima de la montaña era posible avistar en días claros tanto el mar Mediterráneo como el mar Negro.
Inscripción hitita de Tekirderbent. Aunque muy deteriorado y por ende casi ilegible, se puede distinguir en él la expresión "divino monte Harkasos" hasta en tres ocasiones.

El asentamiento de entidad más cercano al monte Argeo era una ciudad de nombre Mazaka, localizada 25 kilómetros al nordeste de aquél así como estratégicamente apostada al pie de la antiquísima vía terrestre que, procedente de las costas del Egeo, se internaba hacia el sureste camino de Siria y, más allá, de la fértil Mesopotamia regada por el Eufrates y el Tigris. Dicho nombre se cree que procede de Mosoch: héroe semi-mítico que diera origen al pueblo capadocio y que figura en la Biblia como uno de los nueve hijos de Sem.

Cuenta Estrabón que en el reinado del monarca capadocio (de tradición helenística) Ariarathes IV Eusebes Filopátor (220 – 163 a.C) la ciudad de Mazaka fue renombrada Eusebeia: vocablo griego de complejo significado pero en todo caso relacionado con la práctica de obras pías, sacrificios y otros actos gratos a los dioses, todo lo cual encaja perfectamente con la situación de la ciudad a muy poca distancia de un lugar sagrado de primer orden como el monte Argeo. Elevada a la condición de capital del reino de la Capadocia, la ciudad acuñaría abundante numerario a nombre de los distintos miembros de la dinastia Artáxida, fundamentalmente plata (Dracma y su múltiplo el Tetradracma) aunque también algo de bronce de mediocre factura. En las siguientes fotografías podemos admirar algunos bonitos ejemplares de monedas de ésta época, acuñados siguiendo los conceptos iconográficos propios de las monedas seleúcidas anteriores y contemporáneas.

Tetradracma acuñado en Eusebeia a nombre de Ariarathes IV (220 - 163 a.C.)

Dracma acuñado a nombre de Ariarathes VII (116 - 101 a.C.)

Dracma a nombre de Ariarathes IX (101 - 88 a.C.)

Bronce capadocio acuñado a nombre de Ariarathes IV.

Durante la dinastía Artáxida, Eusebeia conocería un primer periodo de esplendor llamado a terminar en el año 88 a.C. con la derrota del imperio Seleucida a manos del rey del Ponto Tigranes II el Grande y la posterior incorporación de la Capadocia al reino del Ponto a modo de estado vasallo. No contento con ello, Triganes ordenó el traslado de los habitantes de Eusebeia a su flamante capital, la recién fundada Triganocerta (Տիգրանակեր տ en alfabeto y lengua armenios), con lo que la ciudad del monte Argeo quedó desierta y sus edificios en poco tiempo saqueados y devastados. Los desconsolados capadocios habrían de esperar a la derrota final de Triganes, primero a manos del cónsul romano Lucio Licinio Lúculo –batalla de Triganocerta—y luego, esta vez definitiva, frente Cneo Pompeyo el Grande (año 66 a.C.) para poder retornar a su tierra y reconstruir Eusebeia.

Tetradracma acuñado en Triganocerta a nombre de Triganes II, rey de Armenia.

Es en este nuevo periodo de florecimiento de Eusebia, nuevamente capital de un restaurado reino capadocio, cuando se reanudan en ella las acuñaciones monetales. Nuevamente se incide en la acuñación prioritaria de Dracmas de plata a nombre de los sucesivos monarcas capadocios, siguiendo tipos similares a los de sus predecesores de época Artáxida si bien luciendo un arte significativamente más pobre y degradado. Veamos algunos ejemplos de estas monedas:

Dracma acuñado a nombre de Ariobarzanes II (63 - 54 a.C.)

Dracma acuñado a nombre de Ariobarzanes III (54 - 52 a.C.)


La lista de reyes capadocios finalizará en la persona de Arquelao Ktistes (también conocido como Arquelao Filopátor) quien reinara entre los años 36 a.C. y 17 d.C. Entronado por el triunviro de oriente, Marco Antonio, un desleal Arquelao lo abandonará en vísperas de la crucial batalla de Actium, defección ésta que el triunfante Octaviano le agradecerá añadiendo a su reino las regiones de Cilicia y Pequeña Armenia. Sin embargo, las continuas quejas de sus súbditos, profundamente descontentos con su gobierno, unidas a la ambición siempre insaciable de Roma llevaron a su destitución en tiempos del emperador Tiberio, muriendo finalmente en una prisión romana. Carente de sucesor al trono y sin ganas de buscarlo por parte del desilusionado pueblo, el reino de Capadocia se convertiría a partir de ese momento en provincia romana.


Las acuñaciones de Arquelao Ktistes resultan especialmente interesantes dentro del numerario de Eusebeia por ser las primeras en las que aparece un motivo iconográfico que ya no abandonaría nunca sus emisiones. Se trata del sagrado Monte Argeo, el cual podemos observar por primera vez en las siguientes monedas:


Como se puede comprobar se trata de monedas de un arte más bien pobre, con leyenda de ceca  EUSEBEIAS (EUSEBEIAS), personajes del panteón griego en el anverso y, lo más importante, una representación esquemática del monte Argeo en el reverso, monograma éste que con más o menos variaciones y/o mejor o peor estilo, se repetirá en todas las monedas capadocias con este motivo de reverso independientemente del momento de su acuñación.

La ciudad de Eusebeia sería renombrada (o al menos cognominada) como Caesarea, nombre que ostentaría durante bastantes siglos y del cual el nombre turco actual de Kayseri proviene, bien en época de Tiberio, bien en la de Claudio. Aunque la mayoría de los estudiosos se inclinan por la primera opción basándose en que fue Tiberio el que incluyera a Capadocia entre la nómina de provincias romanas, lo cierto es que las primeras monedas en la que aparece el nuevo nombre de la ciudad son ya del reinado de Claudio (concretamente figuran o bien ambos nombres EUSEBEIAS KAISAREIAS --EUSEBIAS KAESAREIAS—o bien sólo el latino), lo que pudiera darle mayor verosimilitud a la segunda opción. En la siguiente fotografía podemos ver un ejemplar de bronce a nombre de Claudio en cuyo reverso figura en solitario el nuevo nombre de la ciudad. Merece la pena añadir que en las monedas a nombre de Tiberio no aparece en ningún momento el nombre de la ciudad, lo mismo el helénico que el latino.

Al igual que el resto de la península de Anatolia, Caesarea conocería una tan temprana (en comparación con otras partes del Imperio) como intensa cristianización que, se supone, arrinconaría hasta hacer desaparecer para siempre el ancestral culto a Erciyes y Zeus-Júpiter en algún momento de la primera mitad del siglo IV. Desde luego para el reinado de Juliano el Apóstata (361-363) la mudanza de religión ya estaba más que concluida toda vez que el emperador neo-pagano encontró una fortísima resistencia por parte de los habitantes de la ciudad, cristianos en su totalidad, a reinstaurar el culto a los antiguos dioses. Según el escritor del siglo V Sozomeno, autor de la Historia Ecclesiastica, los habitantes de Caesarea de Capadocia presumían de haber demolido mucho tiempo atrás los templos dedicados a Zeus Poliouchos y Apollos Patroos con los que contara la ciudad, provocando con su total refractariedad a la reintroducción del paganismo la furia del emperador Juliano que no dudó en borrar el nombre de Caesarea del listado de ciudades de la provincia, decisión ésta que de una forma u otra la colocaba fuera de la ley y el estado romanos. Ni que decir tiene que por aquel tiempo el Monte Argeo debía ser un lugar desierto, sin apenas visitantes en razón de la hostilidad de sus agrestes escarpaduras y su mínimo atractivo económico.

Caesarea continuaría siendo una ciudad de importancia durante todo el resto del Bajo Imperio romano y su sucesor, el imperio Bizantino, siendo patria chica de un crecido número de obispos e incluso santos. Finalmente, la conquista de la Capadocia por los turcos selyúcidas en tiempos del emperador Alejo I Comneno (Caesarea concretamente sería conquistada en 1082) iniciaría un dominio turquesco que aún perdura. La milenaria Caesarea sería abandonada en beneficio de un asentamiento anejo de nueva planta, siguiendo el binomio ciudad antigua/nuevo asentamiento harto documentado en escenarios de expansión por parte de un poder islámico. Hoy en día sus escasas ruinas se pueden ver en el paraje conocido como Eski Kayseri (la vieja Kayseri), siendo quizás mejor idea buscar los postreros testimonios de su finado esplendor clásico en la contemplación de joyas tales como el sarcófago romano de la siguiente fotografía, expuesto en el museo arqueológico de la ciudad moderna.


En cuanto al monte Argeo, la blanca montaña de las nieves perpetuas, seguiría un curioso destino tras largos siglos de soledad y olvido: el de servir de emplazamiento de una moderna estación de esquí, muy frecuentada, al parecer, por la gente pudiente de la actual Turquía.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Las Monedas de Ercávica.

A la hora de estudiar el numerario ercavicense es preciso distinguir las monedas con tipología ibérica de las acuñadas según parámetros y estilo plenamente romanizados.


Cronológicamente hablando y tal y como sucede siempre en las cecas hispanas, las emisiones con métrica e iconografía celtibéricas son las más antiguas. Debemos considerar, dada las evidencias proporcionadas por las excavaciones acerca de la fundación augustea de la ciudad en su emplazamiento del cerro del Castro de Santaver (ver entrada anterior para más datos), que las emisiones celtibéricas de Ercávica fueron acuñadas en el emplazamiento primitivo de la ciudad, localizado en el paraje conocido como la Muela de Alcocer, seis kilómetros río Guadiela arriba.


Considerablemente breves tanto en cantidad como en espacio temporal, las acuñaciones celtibéricas ercavicences se reducen a dos emisiones de ases (unidades) si bien Leandre Villaronga, en su excelente Corpvs, nos habla acerca de la posible existencia de un semis o mitad.


La primera emisión podemos datarla de forma algo imprecisa en el segundo cuarto del siglo II a.C. Presenta un estilo bastante peculiar, de fuerte gusto indígena, similar al de otras emisiones de idéntica cronología y relativa proximidad. Su considerable tamaño también apunta en la dirección de una datación temprana, obteniendo una media aritmética de 27,5 milímetros de diámetro por 13,5 gramos de peso. En cuanto a sus motivos, encontramos el reverso clásico del jinete lancero con casco y penacho cabalgando a derecha por debajo del cual se observa, sobre línea de exergo, la leyenda de ceca egKuiK, esto es Erkauika en caracteres ibéricos del noreste. El anverso sigue también los patrones clásicos de las monedas de su tiempo y coordenadas geográficas con busto viril a derecha (de muy peculiar estilo) con torque al cuello; arado detrás, delfín delante y letras ibéricas ER también delante así como debajo del citado delfín.

La segunda emisión (datada en el último tercio del siglo II a.C.) es tipológicamente muy similar a la primera, de la que constituye una clara continuación. Su principal rasgo diferenciador es un diámetro y peso significativamente inferiores (24,5 milímetros y 10,4 gramos de media), lo que indica que la ceca sufrió la habitual devaluación inflacionista propia de la numismática ibérica. Esta reducción en el módulo representa por sí sola un argumento definitivo para otorgar a esta emisión una cronología más tardía, si bien podemos enunciar algún otro como el estilo de la emisión: menos indígena así como muy próximo a otras acuñaciones coetáneas (último tercio del siglo II a.C.) También presenta el distintivo adicional, tal vez el más sencillo de reconocer a simple de vista, de no lucir el delfín en el anverso, delante del busto masculino. El ejemplar de la fotografía siguiente pertenece a esta segunda emisión (que dicho sea de paso es algo más abundante que la primera emisión lo que parece indicar un mayor volumen de acuñaciones).



martes, 15 de noviembre de 2011

ERCÁVICA.

Los restos de la que fuera una de las más importantes ciudades romanas de la meseta se encuentran en el cerro del Castro de Santaver, cinco kilómetros al oeste de la localidad conquense de Cañaveruelas, junto al embalse de Buendía que embalsa las aguas del río Guadiela, afluente del Tajo.


Dada su importancia, Ercávica aparece citada varias veces en las fuentes clásicas. La primera referencia corresponde al historiador latino Tito Livio (59 A.C. -- 17 d.C.). En efecto, Tito Livio, en su Historia de Roma, cuenta como la nobilis et potens civitas de Ercavica fue cercada por el pretor de la Citerior Tiberio Sempronio Graco en el año 179 a.C. que venía de expugnar la ciudad de Alces. Nos hallamos en plena conquista romana de la Celtiberia, en no pocas ocasiones verificada a sangre y fuego, por lo que el temor a la represalia latina es grande en toda la meseta oriental y los rebordes del sistema ibérico. Cinco días de asedio soportó la antigua ciudad celtíbera, precursora de la romana, antes de capitular en previsión de males mayores, si bien Livio precisa que tras la marcha de las tropas romanas, los ercavicenses volvieron a levantarse en armas, siendo definitivamente derrotados poco después en la gran batalla de monte Chauno (identificado con el enorme Moncayo), librada entre celtíberos y romanos.

    
El Cerro del Castro de Santaver, donde se alzaran las casas y monumentos del hermoso municipio ercavicense, visto desde el paraje conocido como Vallejo del Obispo, solar de la Arcávica visigoda y, posteriormente, de la Santaver musulmana.

Lo cierto es que esta Ercávica celtíbera no coincide con la romana más que en el topónimo ya que aún su emplazamiento, a juzgar por las últimas investigaciones, difiere, habiéndose localizado en la llamada Muela de Alcocer (luego ya en la actual provincia de Guadalajara), seis kilómetros río arriba del Castro de Santaver.

La violación de los pactos contraídos con Tiberio Sempronio Graco que relata Tito Livio debió ser un motivo más que suficiente para atraer sobre Erkauika un duro castigo, si bien parece ser que la ciudad siguió existiendo como tal, al menos durante algún tiempo. Así parece indicarlo tanto la existencia de numerario con leyenda y tipología claramente celtibéricas acuñado en Erkauika, a la sazón datado en la segunda mitad del siglo II a.C. luego posterior a la conquista romana de la zona, como la falta de niveles arqueológicos significativos en el Castro de Santaver anteriores a la primera mitad del siglo I a.C., lo que indica su no existencia en aquella época.

Ruinas de los pilares de sillería almohadillado que sostenían el área foral de Ercávica.

Siguiendo un proceso detectado en otros lugares de la meseta, la Erkauika celtibérica sería abandonada en beneficio de un nuevo asentamiento de fundación romana, enclavado en un lugar cercano y, al menos en este caso, con mejores condiciones defensivas. Se trata de la Ercávica latina (como se ve, el nombre de la plaza fue conservado), cuyas espléndidas ruinas podemos hoy contemplar en el cerro del Castro de Santaver. Este proceso, que no tuvo porqué ser fugaz ni traumático, debe datarse en los años centrales del siglo I a.C. a tenor de la información proporcionada por los hallazgos arqueológicos.

La nueva ciudad romana recibiría un gran impulso durante el reinado del primer emperador, Octavio Augusto. Las excavaciones arqueológicas indican un alto grado de monumentalización de sus edificios en época augustea, lo que ha llevado a los investigadores a datar el ascenso de la ciudad al rango municipal dentro de este reinado. Esto concuerda perfectamente con la cita que Plinio el Viejo hace de la ciudad de Ercávica (Historia Naturalis), según la cual era municipio de derecho latino ya en el año 12 a.C. (latini vetere), una fecha bastante anterior a la del Edicto de Latinidad para todas las ciudades de Hispania decretado por Vespasiano (hacia el 73 d.C.). Así mismo sabemos que los habitantes de Ercávica fueron adscritos a la tribu Galeria, a la sazón la etnia en que Augusto inscribiera la mayor parte de sus fundaciones, de ahí que contemos con un tercer argumento para sostener la hipótesis del ascenso de Ercávica al rango municipal en época augustea. Fuera como fuere, Ercávica, a pesar de su “factura” romana, siguió siendo considerada una ciudad celtíbera. Así nos lo hace saber el sabio Ptolomeo que la cita entre los celtíberos con el nombre de Ergávica en las coordenadas 12º 20´ de latitud Norte y 40º 45´ de longitud Oeste.

Restos de la basílica de la ciudad, localizados en su área foral.

Sin duda el conjunto foral de Ercávica constituye uno de los vestigios más importantes que nos han llegado de esta ciudad. Erigido en época de Augusto, consta de dos niveles aterrazados sostenidos por pilares de sillería almohadillada de espléndida factura. En el nivel superior se encuentra el foro propiamente dicho, la curia, el templo de la ciudad y una basílica más las típicas tabernae en el lado oriental; el inferior fue ocupado por un recio criptopórtico relativamente bien conservado. Hacia el norte del área foral se haya una elevación del terreno que si bien aparece hoy vacía de estructuras debió hacer las veces de acrópolis del conjunto al dominar perfectamente la  zona aledaña. Es probable que en un futuro, al excavar ahí, se localicen estructuras de fortificación. Por su parte, unos centenares de metros hacia el  sureste se localizan las ruinas excavadas de unas magníficas termas, construidas bajo el reinado de Tiberio o de Claudio. Merece también la pena citar los restos de la domus denominada “la Casa del Médico” debido a que allí fue localizado un equipo completo de cirugía de la época en excelente estado de conservación.

Vista general del criptopórtico exhumado en el área foral de Ercávica.

La Ercávica romana contaría casi desde el mismo momento de su fundación con una muralla protectora, cuyos restos, unos excavados, otros sobresaliendo a duras penas en la superficie, pueden verse en distintos lugares del yacimiento. Esta defensa sigue un trazado sinuoso en un intento de ajustarse al nada regular perímetro del cerro, si bien son habituales los tramos rectilíneos. Su cronología debe fijarse en época republicana tardía o augustea temprana.

Tanto los materiales empleados en su fábrica como la técnica utilizada denotan una construcción rápida y funcional, sin muchas concesiones a la monumentalidad. Así, la muralla está construida siguiendo una técnica de doble hoja poco depurada basada en el levantamiento previo de un paramento externo y otro interno labrados en gruesa mampostería sin desbastar aunque ligeramente careada en la parte destinada a verse. Bien cogido con barro, bien colocado directamente en seco, es habitual que los mampuestos de las hiladas inferiores sean bastante más grandes que los de las superiores. También suelen ser más grandes, de media, los bloques del paramento externo que los del interno. Como el resultado es invariablemente una serie de hiladas poco regulares, los constructores antiguos hubieran de emplear profusión de ripios (del mismo material) a fin de paliar un poco este defecto. En cuanto al núcleo de la estructura, se trata de la habitual mezcolanza de mampuesto y tierra, dispuesto sin orden, con el único objetivo de servir de macizado. Por último, comentar otro indicio de precipitación en la ejecución de la muralla: el hecho de que en varias ocasiones no se excave la fosa de cimentación lo suficiente para llegar a la roca madre.


     La muralla de Ercávica allá en su frente meridional, en las inmediaciones de la puerta principal del conjunto fortificado.

Aunque la obra final debió ser bastante aparente en el pasado, lo cierto es que se trata de una muralla con más valor simbólico que defensivo. Así lo indica no sólo su pobreza de materiales sino también la escueta panoplia de recursos poliorcéticos que se observa en su trazado, si bien es cierto que los restos disponibles para el estudio son más bien pobres. En efecto, la cerca de Ercávica sólo parece tener una torre confirmada más otra posible. Por lo demás, todos los lienzos de muralla se muestran inmaculados, con los evidentes problemas de flanqueo que esto conlleva. Incluso se recurre en alguna ocasión a la económica técnica de realizar un ángulo en la muralla en vez de construir una torre, algo especialmente sangrante en lugares como el espolón septentrional del perímetro amurallado. 


El espesor medio de la cerca de Ercávica es de 2,30 metros, variando de 2 a 2,40 metros. Bastante homogéneo, pues. La torre excavada ocupa una prominencia en el extremo noroccidental del perímetro, siendo de planta cuadrada (aproximadamente 6,5 metros de lado). Su técnica constructiva es similar a la del resto de la muralla si bien el espesor de sus muros supera con dificultad los 1,1 metros en el mejor de los casos. Esta delgadez no debe extrañar ya que se trata de una torre hueca, cubierta en origen con un tejado de tégulas e imbrices localizadas durante las excavaciones.

Detalle de tosco aparejo de la muralla ercavicense (frente meridional), compuesto de gruesos mampuestos brevemente careados, ligados con barro así como enripiados.

Aunque la muralla de la ciudad tuvo que tener tres puertas como mínimo –reconocibles en las fotografías aéreas--, lo cierto es que  ninguna de ellas ha sido excavada por lo que desconocemos sus características constructivas. La principal debió encontrarse en el flanco meridional del perímetro, las otras dos se hallan respectivamente en los sectores occidental y nororiental.

El sector más vulnerable del recinto fortificado era sin duda el meridional, al ser el más fácilmente accesible dada la escasa pendiente que por este flanco posee el cerro del Castro de Santaver. Esto llevo a la construcción de un antemural a tres metros de la obra principal, a la sazón ejecutado con la misma técnica y materiales que ésta y de forma coetánea según los datos proporcionados por las excavaciones. Su espesor aproximado es de 1,5 metros. No obstante este elemento defensivo sirvió poco tiempo como tal ya que para el cambio de Era se detecta su amortización en el interior de una abigarrada serie de construcciones domésticas. He aquí un nuevo indicio de la falta de valor militar que ya en una fecha temprana como los primeros años del siglo I d.C. se le asignaba a la cerca de Ercávica, algo por otra parte frecuente en el caso de las murallas fundacionales, construidas más con el objetivo de definir con precisión los límites de la ciudad que de servir de defensa contra un eventual peligro, por otra parte inexistente en una meseta completamente pacificada transcurridos más de un centenar de años desde el término de las guerras celtibéricas.


Torre excavada de la muralla localidad en el sector noroccidental del perímetro amurallado.

Ercávica conocería su periodo de esplendor en el último cuarto del siglo I a.C. y la totalidad del siguiente. Una buena prueba de ello son las emisiones monetales que realiza la ciudad: ases, sestercios, dupondios y semises –todo bronce—las cuales comienzan en el reinado de Augusto, extendiéndose hasta el de Calígula.  En la próxima entrada de este blog tendremos oportunidad de conocer  con mayor profundidad estas acuñaciones.

El siglo II también sería una buena centuria para la ciudad, al igual que para el Imperio, aunque la actividad constructiva, sobre todo la monumental, debió ser bastante menos acusada que en el siglo anterior. La decadencia de Ercávica comenzaría en el siglo III d.C., época de la historia de Roma en que, al menos en la parte occidental del imperio, se detecta un fuerte retroceso de la vida urbana y sus instituciones en beneficio del mundo rural. Testimonio de esta decadencia son los precarios muros de mampostería con los que por aquel entonces se compartimentan  edificios como la basílica o las termas, otrora el orgullo de la ciudad. A pesar de todo la vida urbana de Ercávica, aunque socavada, aún conservaba algo de vigor a mediados del siglo III. Así lo atestigua el hallazgo de una inscripción erigida en el foro ercavicense en honor de un hijo del emperador Galieno (254- 268).

Los síntomas de la decadencia se agudizarían dramáticamente en el siglo V d.C. hasta llevar a la despoblación total de la ciudad y la marcha de sus últimos moradores a un asentamiento cercano, probablemente de nueva fundación pues retiene el nombre de Ercávica con una ligera variación: Arcávica. Aquí se trasladaría la sede episcopal ercavicense, quizás el último vestigio del antiguo esplendor de la ciudad, la cual perduraría durante la dominación musulmana (plaza bereber de Santaver) hasta su desmantelamiento a mediados del siglo IX.

La muralla de Ercávica, limpia y brevemente excavada, allá en los confines septentrionales del recinto amurallado.


sábado, 15 de octubre de 2011

La Usurpación de Magnencio. 350 – 353 d.C. –3ª Parte--.

Corría el verano del año 352 de nuestra era cuando el emperador Constancio II, señor de oriente y aspirante a reunificador del Imperio, considera que su ejército se ha repuesto lo suficiente de la sangría de Mursa para volver a la lucha contra el usurpador Magnencio.

En agosto de ese año, la ilírica Emona, que fuera ganada por Magnencio el año anterior y que constituía una suerte de avanzadilla del bastión clave de Aquileia, es expugnada con violencia por las tropas orientales en medio de una gran devastación, fácil de seguir en el registro arqueológico de la ciudad. A continuación las tropas de Constancio encaran los pasos alpinos que conducen al norte de la península italiana: al parecer convenientemente fortificados (se trata del dispositivo castral conocido en las crónicas contemporáneas como Claustra Alpium Iuliarum) así como defendidos por los maltrechos restos del ejército comitatanse de la Galia. La lucha permanecerá indecisa durante algunos días hasta que finalmente las huestes galas pierden la fortaleza clave de Ad Pirum (actual Hrusica, en Eslovenia), dejando el paso franco a los orientales que no tardan en presentarse ante las puertas de Aquileia. Abandonada días atrás por Magnencio, que incapaz de plantar batalla en campo abierto a un enemigo muy superior ha corrido a refugiarse tras los pasos de montaña que conducen al corazón de la Galia, Aquileia se rinde sin combatir. Pocos días después hace lo propio Ticinum (actual Pavía) seguida de la totalidad de una Italia vacía de tropas galas que puedan detener a los ejércitos orientales. En las semanas siguientes, mientras Magnencio termina de guarnecer con sus menguados efectivos los accesos a la Galia, una parte del ejército de Constancio pasa al África, ocupándola sin lucha. De ahí, por vía marítima, se traslada a Hispania, la cual se suma también a la causa legitimista del hijo de Constantino el Grande. Al parecer todavía quedaban en esta última provincia muchos partidarios del finado emperador Constante, que facilitaron sobremanera el avance de los orientales impidiendo o al menos dificultando el cruce de los Pirineos por parte de las tropas enviadas por Magnencio para atajar a los orientales. De hecho, existe una teoría que señala al mausoleo tardorromano de la villa romana de Centelles, cercana a Tarragona, como el sepulcro de Constante, adonde fuera llevado por alguno de los múltiples partidarios que tenía en la región.

Representación moderna de la fortaleza alpina de Ad Pirum. Su elevado valor estratégico residía en su ubicación sobre la calzada romana que procedente del este cruzaba los Alpes en dirección a Aquileia. Sólo conquistándola era posible para un ejército procedente de las regiones ilíricas penetrar en la península italiana.

La llegada de las primeras nieves del invierno acabaría con la temporada de campañas del año 352, saldada con un enorme éxito para el Augusto Constancio. Acorralado en sus dominios originales de la Galia, Magnencio apenas cuenta con las tropas suficientes para guarnecer los pasos de montaña que separan a su enemigo de las fértiles y extensas llanuras galas. Para colmo, la economía cada vez más colapsada de sus territorios se ha visto meses atrás apuntillada por una nueva invasión de las tribus alamanas dirigidas por su rey Cnodomar, que tras derrotar al César Decencio se han derramado a lo largo y ancho de la frontera septentrional, sembrando la destrucción por doquier. En ese estado de cosas está claro que Magnencio no dispone ni dispondrá de los recursos necesarios para reconstituir sus fuerzas en los breves meses que le separan de la primavera siguiente y el reinicio de las campañas militares.

Por si fueran pocas las dificultades a las que se enfrentaba el régimen de Magnencio, el nuevo año habrá de traerle una más de la mayor gravedad: la importantísima ciudad de Tréveri, el más fuerte bastión al oeste del Rhin y centro capital de aprovisionamiento, descanso y refugio para las castigadas tropas del César Decencio, se subleva al frente de su comes Poemonio, reconociendo a Constancio como su señor legítimo. En lo sucesivo y mientras no se recobre la ciudad, las fuerzas galas verán reducido al mínimo su margen de maniobra frente al invasor alamán, contribuyendo de esta manera al hundimiento, a esas alturas prácticamente irreversible, del régimen de Magnencio.

Ruinas del foro romano de Aquileia en la actualidad. La ciudad sería completamente destruida en el 452 por Atila el huno. Sus habitantes, a fin de escapar de la mortífera caballería huna, se refugiaron en unas marismas próximas donde fundarían un asentamiento de tipo lacustre llamado a alcanzar fama universal: Venecia.

Ardía en llamas el norte de la provincia ante la impotencia de los limitanei de Decencio, cuando allá en el meridional limes alpino los restos del antaño formidable ejército comitatense de la Galia afrontaban el primer ataque sobre sus agrestes posiciones. Aunque ignoramos los detalles concretos de los acontecimientos, parece ser que Magnencio aún consiguió reunir las fuerzas y la desesperación suficientes para plantar cara a Constancio en un lugar conocido como el Monte Seleuco (Mons Seleucus), todavía en zona alpina. Derrotado el usurpador de nuevo, como lo fuera en Mursa, el ejército de oriente penetra sin oposición en la Galia en dirección a Lugdunum, la actual Lyon, capital del usurpador y lugar al que se ha acogido con los pocos hombres que le quedan al amparo de sus potentes murallas de piedra y ladrillo erigidas en la segunda mitad del siglo anterior. Allí quedará sitiado en el verano del 353 no sin antes enviar un mensajero hacia el norte portando una angustiada llamada de auxilio a su hermano Decencio.

Lo apretado del asedio unido a la rápida deserción de unos seguidores que con buen juicio veían inminente el desmoronamiento de su líder anegó de desesperación el alma de Magnencio. Consciente de que las tropas de su hermano no tenían ninguna posibilidad frente a las poderosas legiones comitatenses enviadas por Constancio a arrebatarle la púrpura, el usurpador galo decidió poner fin a su vida el día 10 de agosto del 353. Previamente había mandado matar a su a su hermano pequeño, cuyo nombre la historia no ha conservado, y a su madre: famosa sacerdotisa y vidente según los escritores antiguos con gran ascendente sobre la población de la región, mayoritariamente pagana. Escasos días después, el 18 concretamente, el César Decencio, enterado del triste destino corrido por sus familiares, hacía lo propio. Se hallaba en Sens, camino de Lugdunum, procedente de la norteña Tréveri, donde se encontraba sitiando a Poemonio cuando recibiera la desesperada petición de ayuda de su hermano. Con su muerte y la inmediata desbandada de sus tropas concluía la usurpación de Magnencio y daba comienzo el reinado de Constancio II como emperador único de todo el mundo romano.

El nada mal conservado teatro romano de Lugdunum: capital de la Diócesis de las Galias y también del usurpador Magnencio, así como el lugar donde puso fin a sus días en los estertores de su reinado.

Desde el punto de vista numismático, el último año de gobierno de Magnencio  se caracteriza por un intento firme pero infructuoso a la postre de contener la hiperinflación que había devorado la maiorina de bronce desde los 4,5 gramos de las primeras emisiones con leyenda VICT(ORIAE) DD NN AVG ET CAE(S) a los patéticos 2 gramos de las emisiones de la primavera del 352 o su igual de nefasta alternativa: la retarificación doble y hasta triple que vimos en la entrada anterior de este blog. En efecto, allá por octubre del 352 se pone en circulación una nueva moneda de gran módulo (28 mm de diámetro) y peso (alrededor de 8,3 gramos), conocida como Doble Maiorina en los ambientes numismáticos pero que a buen seguro debió poseer un valor fiduciario bastante superior a dos de las degradadas maiorinas que por entonces circulaban. El reverso de esta moneda, acuñada tanto a nombre de Magnencio como de Decencio, permanecerá invariable a lo largo de las emisiones, constituyendo a la postre una de las monedas más deseadas por los coleccionistas de moneda romana. Se trata del célebre Crismón o Cristograma flanqueado por las letras griegas Alfa y Omega: motivo ya veterano en las acuñaciones imperiales pero que nunca, como ahora, había sido representado a la manera de protagonista absoluto de un reverso. Complementado con la poco agresiva leyenda (a esas alturas del conflicto con Constancio) SALVS DD NN AVG ET CAES (la Salud de nuestro Augusto y nuestro César), el objetivo de este impactante reverso era no tanto atraerse a los cristianos –minoritarios en tierras occidentales—como resaltar la presunta legitimidad del usurpador franco, entroncado sus acuñaciones de la manera más expeditiva imaginable con las de Constantino I el Grande: emperador éste cuya legitimidad fuera reconocida universalmente a lo largo y ancho del orbe romano y cuyas emisiones, sobre todo las de sus últimas dos décadas de reinado, eran prolijas en el símbolo cristiano por excelencia. De este modo Magnencio pretendía frenar el creciente descontento, acompañado de las inevitables deserciones, que los pésimos resultados en la guerra contra Constancio alimentaban con implacable vigor.

Desafortunadamente para Magnencio, la depauperada economía de la Galia fue incapaz de aprovechar el teórico estímulo proporcionado por la introducción de un nuevo tipo monetal de buena calidad. Enseguida, las cuatro cecas bajo control de Magnencio (perdida Italia sólo le quedaban las galas, a saber: Tréveri, Arelate, Lugdunum y Ambianum), recibieron orden de empezar a reducir el tamaño de sus monedas: víctimas precoces de la más implacable inflación. Así, el diámetro pasaría de los 28 mm iniciales a 24 y de ahí a 21, todo ello en el transcurso de unos pocos meses. Ni que decir tiene que con el colapso y derrota final del régimen de Magnencio cesarían todas las acuñaciones a su nombre, siendo sustituidas por el tipo habitual de Constancio: el célebre FEL TEMP REPARATIO rodeando a soldado romano alanceando a jinete enemigo caído.


A continuación podemos ver dos bonitos ejemplares de Dobles Maiorinas del estilo de las descritas anteriormente. La primera, a nombre de Magnencio, fue acuñada en Ambianum. En cuanto a la segunda aparece a nombre de Decencio, siendo su ceca la norteña Tréveri. No es nada habitual encontrar las monedas de esta emisión en tan buen estado, con lo que ello conlleva de buen centraje, cospel con la forma geométrica y el tamaño adecuados, arte, etc. Más allá de las primeras emisiones, sin duda las más cuidadas, el resto no sólo declinaron rápidamente en tamaño sino también –y mucho—en calidad. Es por ello que lo más normal es encontrarnos con ejemplares descentrados o con cospeles menores de lo requerido por los cuños, lo que inevitablemente implica la pérdida de parte de la leyenda y lo que es peor: en muchísimas ocasiones también de la crucial para la clasificación de la moneda marca de ceca. Innecesario es decir que por todos estos motivos los ejemplares bien conservados y sobre todo completos alcanzan unos precios de mercado francamente elevados, mucho mayores desde luego a los habituales en los bronces de la época, sobre todo tratándose como se trata de monedas que fueron acuñadas en buen número, para su uso masivo, y no de rarezas puntuales emitidas por personajes de fugaz paso por la historia.

También resulta muy interesante por su interés histórico la breve emisión de dobles maiorinas emitidas por Poemonio en su bastión de Tréveri a nombre de Constancio pero con el reverso del Crismón magnencíaco y reverso SALVS AVG NOSTRI. Si bien esta emisión ha sido considerada tradicionalmente la réplica de Constancio al alarde de pregunta legitimidad exhibido por Magnencio en sus nuevas monedas, lo cierto es que el autor, el momento y el lugar de la emisión invitan a pensar en un intento de Poemonio por contemporizar con los dos augustos a la espera de acontecimientos. La siguiente moneda es un buen ejemplo de esta emisión.