miércoles, 24 de abril de 2013

COELIÓBRIGA o la romanización en Galicia.

Las ruinas de Coelióbriga, la antigua capital de los Coelerni galaicos, se encuentran en las inmediaciones de Castromao, pequeña aldea dependiente de Celanova, en la provincia de Orense.
 
Su morfología encaja plenamente con los parámetros propios de la cultura castreña del noroeste: emplazamiento en altura con complicadas pendientes, tamaño moderado (apenas dos hectáreas), hábitat fortificado, escaso desarrollo urbanístico, etc. En realidad, el castro de Castromao no se diferenciaría apenas de los castros próximos, tan abundantes en esta parte de Galicia, sino fuera por la afortunada circunstancia de su identificación con la antigua Coeliobriga, a la sazón proporcionada por la Tábula de Hospitalidad encontrada durante las excavaciones practicadas en 1970, de la que hablaremos después.
 
La muralla baja de Coelióbriga abrazando los restos de las casas de sus moradores.
 
Por otro lado, conocemos la existencia de la etnia de los Coelerni gracias a las menciones de Plinio el Viejo y Ptolomeo y su presencia en dos epígrafes altoimperiales, uno de ellos la Tábula anteriormente citada.

La celebérrima Historia Naturalis cita a los Coelerni como uno de los 24 pueblos o etnias –cada uno de ellos con su propia capital o Civitas según el texto pliniano—que componían la población del convento Bracarense (unas 285.000 personas). Ptolomeo, por su parte, nombra a los Calerinori entre los pueblos que habitaban la franja de tierra comprendida entre el Miño y el Duero, no lejos del mar. Su capital, Celiobriga –de ahí el término Coeliobriga, estaría en las siguientes coordenadas: 6º 00´ E - 42º 20´N.
 
La tercera alusión que poseemos es la inscripción existente en cierta pila honorífica localizada en el siglo XVIII en las inmediaciones del puente romano de Chaves (Portugal), la antigua Aquae Flaviae romana. En ella se menciona a los Coelerni como uno de los diez pueblos del territorium de Aquae Flaviae que habían sufragado la construcción de dicho puente (también se citan los otros nueve). La inscripción ha sido datada en el año 79 d.C. merced al homenaje al emperador Vespasiano que en ella figura. Este puente, que fuera construido por los sufridos soldados de la Legión VII Félix, daba continuidad a la calzada número XVII del Itinerario de Antonino (Bracara – Astúrica en su ruta meridional) a su paso por Aquae Flaviae (que sin embargo no figura como mansio en este itinerario ya que no parece que se trate de la Ad Aquas del texto latino).
 
La muralla de Coelióbriga con su paramento interno en primer plano.

La última referencia a los Coelerni, posiblemente la más importante en términos históricos, es la de la Tabula de Castromao. En ella se establece un pacto de hospitalidad entre los Coelerni y el prefecto de la Cohorte I de los Celtíberos, acantonada por aquel entonces en el campamento de A Cidadella, término de Sobrado dos Monxes (A Coruña), a la sazón la principal fuerza militar que había en los contornos por lo que no era raro que se buscara su protección en una sociedad como aquélla, de rasgos toscos y primitivos más no por ello menos iniciada en la senda de la romanización. La trascripción de la célebre inscripción latina es la siguiente:

G(neo)    ivlio.    Servio.    Avgvrino.    G(neo)    trebio.   /   Sergiano.
Co(n)s(ulibus).   /   Coelerni.    Exhispania.  Citeriore.  /  Conventvs.
Bracari.     Cvm.    G(neo).    An  /  tonio.   Aqvilo.   Novavgvstano.
/  Praef(ecto).   Coh(ortis).  i.   Celtiberorvm.  /  Liberis.   Posterisqve.
Eivs.   Hos  /  pitivm.  fecervnt.  /  G(neus).  Antonivs.  Aqvilvs.  Cvm. Coeler / nis. Liberis. Posterisqve. Eorvm. Hospitivm. Fecit.  Legatvs
/  egit  p(ublius).  Campanivs.  Geminvs

Que puede traducirse así: “Siendo cónsules G. Iulius Serius y G. Trebius Sergianus, los Coelerni de la Hispania Citerior, del convento de Brácara, hicieron un hospitum con G. Antonius Aquiles, Novaugustano, prefecto de la I cohorte de los celtíberos, sus hijos y descendientes. G. Antonius Aquiles hizo un hospitum con los Coelerni, sus hijos y descendientes. Hizo de legado P. Campanius Geminus.”

Sección longitudinal de la muralla, donde se aprecia con claridad la regularidad de su espesor y su buen estado de conservación.
 
Datada en el año 132 d.C. gracias a la mención a los cónsules que aparece al principio del texto, esta placa de bronce, rectangular y de buen tamaño, fue localizada en el interior de una vivienda del castro de Castromao. Próxima a ella se encontraban los restos de un asa del mismo metal, otrora soldada a la parte posterior de la tábula, por medio de la cual se mantenía sujeta la placa en algún lugar elevado, donde todo el mundo podía verla. Se trata de una práctica habitual en la antigüedad que, en este caso concreto, permite identificar el castro de Castromao con la Coeliobriga que fuera capital de los Coelerni.
 
La economía de la antigua Coeliobriga debió ser de tipo ganadero-pastoril, propia de la comarca, a lo que hay que sumarle las posibilidades comerciales que proporcionaba su proximidad a la vía XVIII del Itinerario de Antonino (ruta septentrional entre Brácara y Astúrica), con la que enlazaba por medio de una calzada secundaria a la altura de la mansio de Aquis Oreginis (la actual Baños de Bande). Dicha vía, considerada de gran valor estratégico por las autoridades romanas, constituía, para la zona, un motor de romanización de primer orden, capaz por sí sola de explicar la prosperidad de los asentamientos emplazados en sus cercanías. Quizás se deba a ello el hecho de que Coelióbriga, cuya existencia se remonta al siglo VI a.C., perdurara como lugar habitado hasta los primeros años del siglo IV d.C., bastante tiempo después de que la gran mayoría de los castros galaicos fueran abandonados, constatándose incluso un incremento considerable de su población hacia el siglo II de nuestra Era, cuando las casas comienzan a ocupar el terreno situado al otro lado de la muralla.
 
Casas circulares de tradición celta al pie de la muralla baja.

Conocemos bastante bien la estructura física de Coelióbriga gracias a las excavaciones realizadas en su solar. Los primeros indicios de poblamiento del castro corresponden a la parte superior del cerro ovalado en que se asienta, ocupado por una estrecha cumbre rocosa más o menos plana. Protegido por una muralla bastante degradada a la par que poco excavada, esta primera fase del asentamiento fue prácticamente desocupada en las sucesivas, de tal modo que apenas han sido localizadas unas pocas viviendas en toda la cumbre. El lugar donde se concentran la gran mayoría de los edificios de Coelióbriga es el sector de ladera inmediatamente inferior a la cumbre, lo que obligara en su tiempo a acometer una cierta nivelación de la acusada pendiente del terreno, fácilmente perceptible desde el aire. El hallazgo de viviendas otrora cubiertas con tégulas así como de geometría cuadrada, con agudas esquinas rectas y divididas en varias habitaciones, rasgos los cuatro de clara inspiración romana, alternadas con las típicas viviendas galaicas circulares (o de transición: rectangulares con esquinas redondeadas) nos pone tras la pista del proceso de romanización experimentado por los norteños Coelerni que sin embargo no por ello renunciarían a los principios básicos de su cultura hasta una época ya avanzada del Imperio romano.
 
Por otra parte, se debe destacar como, al igual que el asentamiento primigenio, ésta ampliación contaba con su propia muralla, concéntrica con la anterior y que ha llegado hasta nuestros días en bastante buen estado, hasta el punto de conservar cuatro metros de alzado en algunos lugares. Se trata de un lienzo continuo, sin torres, sólo interrumpido en la zona de las puertas, cuya sencilla geometría curva busca adaptarse a la línea de cota en que concluye el explanamiento de la ladera donde se alzaran las viviendas. Bastante regular, cuenta con un espesor aproximado de tres metros verificados según la clásica técnica de la triple hoja, que en este caso particular consta de paramento externo e interno labrados en mampostería de granito sin desbastar aunque bien escogida, lo que permitiera su adecuada colocación en seco, y un desordenado relleno central de cascotes y tierra macizados.
 
Casa rectangular, con agudas esquinas y varias habitaciones, elocuente testigo del nivel de romanización de Coelióbriga.

Aunque robusta y de airosa factura, salta a la vista la poca capacidad operativa de esta muralla ante un enemigo mínimamente avezado en la guerra de sitio. Nos encontramos, pues, ante una muralla concebida no para hacer frente a un ejército sino para proteger a los moradores del asentamiento de ataques por sorpresa, golpes de mano, incursiones de rapiña y, en general, actos hostiles de baja intensidad como los que a buen seguro estuvieron expuestos los Coelerni durante siglos, antes de la llegada de los romanos y su implacable maquinaria militar. Como no parece muy probable que los romanos permitieran a los Coelerni fortificar su capital más allá de las defensas que pudiera poseer de antes y además la muralla baja de Coelióbriga exhibe unos rasgos bastante primitivos, resulta verosímil hipotetizar un origen prerromano –siglos II – I a.C. probablemente— para esta fortificación. Acaecida la conquista romana del noroeste en la segunda mitad del siglo I a.C., Coelióbriga se libraría por una razón u otra de la aciaga suerte de otros muchos castros, que fueron abandonados al ser forzados sus moradores a bajar al llano. Su arcaica muralla,  erigida según las atrasadas técnicas indígenas, debió resultar poco amenazadora para las refinadas técnicas de asedio de los invasores latinos. Esto explica que fuera autorizada su conservación a fuer de seguir actuando como delimitadora de los límites del poblado y defensa contra agresiones inesperadas: en absoluto inusuales en tan remoto rincón de la provincia Tarraconense, parte periférica del imperio, de costumbres bárbaras, en la que el influjo civilizador de Roma aún tardaría algún tiempo en hacerse sentir y aún más en imponer finalmente su modo de vida hasta el extremo de anular en gran medida el sustrato céltico-indígena anterior.

Estructuras rectangulares, unas de clara  inspiración romana, otras de transición, con sus esquinas redondeadas, localizadas durante las excavaciones.


 

 

 
 

miércoles, 13 de marzo de 2013

TERMES/TERMANTIA. De aliada de Numancia a municipio romano.

Las ruinas, bastante considerables, de la ciudad celtíbero-romana de Termes, también llamada Tiermes e incluso Termantia, se extienden por la amplia cumbre del cerro de la Virgen del Castro, término municipal de Montejo de Tiermes, en los confines meridionales de la provincia de Soria.
 
Los orígenes de Termes se remontan al periodo celtíbero antiguo (siglo VI-V a.C.), cuando la arqueología detecta la presencia de un asentamiento arévaco (pueblo celtibérico) en la cumbre del cerro de la Virgen del Castro. Sin embargo habrá que esperar a los años centrales del siglo II a.C. para ver aparecer por primera vez el nombre de Termes en la Historia escrita. Esto lo debemos concretamente a las pluma de Apiano (Iber, 76-77-79) quien relata como en el año 141 a.C. el cónsul Quinto Pompeyo, tras fracasar en su asedio contra Numancia, al comienzo de las guerras celtibéricas, se dirigió contra su aliada Termes, nombrada Termancia en los textos latinos, a la sazón considerada una presa más fácil que la inmortal ciudad arévaca. Craso error fue aquél, tal y como pudo comprobar el cónsul tras sufrir tres derrotas consecutivas en que perdiera casi toda la caballería y una cohorte entera con seiscientos hombres, tribuno incluido.
 
Muralla bajoimperial de Termes. Zona septentrional del perímetro fortificado. En primer plano, uno de sus recios cubos de flanqueo.

Poderosas fortificaciones debía poseer ya la orgullosa ciudad celtíbera, sublimadas por los potentes barrancos que a la manera de murallas naturales delimitan el cerro de la Virgen del Castro. Lamentablemente apenas ha quedado nada de ellas: sólo una fugaz línea de derrumbe de considerable espesor que bien pudiera ser el último vestigio del zócalo de una antigua muralla, hecho de piedra seca o, más probablemente, cogida con barro, sobre el cual se dispondría el paramento principal, de adobe, según las técnicas de fortificación arévacas. Sí que han llegado, no obstante, hasta nosotros los huecos en que se alzaran las dos grandes puertas de la ciudad, a la sazón tallados en la dura roca en forma de angostos accesos (sobre todo la puerta occidental) muy fáciles de defender desde la cumbre del cerro al abrirse a un estrecho pasillo permanentemente batido desde las alturas donde por cierto las rocas labradas en regulares formas parecen indicar la pretérita existencia de fortificaciones.
 
Espléndido paramento de sillería bien labrada que luciera la muralla de Termes.
 
Termantia continuaría libre e indómita durante bastantes años a pesar de la caída de Numancia en el año 133 a.C. Mas finalmente sonaría la hora de Roma también para este lugar, cuyas puertas se abrirían ante el cónsul Tito Didio en el año 98 a.C. sin duda a consecuencia de la gran derrota sufrida por el pueblo arévaco ante el ejército romano bajo mando del citado magistrado romano. Como castigo a la obstinada oposición de los termestinos, Tito Didio mandaría que descendieran al llano con la prohibición expresa de amurallar la cumbre del cerro (a la luz de esta información, suministrada por Apiano, se supone que fue entonces, con ocasión de la conquista romana, que fue desmantelada la primitiva muralla celtibérica). Comenzaría así la andadura de la ciudad dentro del imperio romano, como ciudad estipendiaria naturalmente, pues había sido conquistada por la fuerza, lo que implicaba que debía satisfacer un tributo anual a Roma si quería poder continuar cultivando sus campos y apacentando sus rebaños. Semejante imposición no debía ser nada del agrado de los impetuosos arévacos de Termantia, dificultando el proceso de romanización común a todos los pueblos hispánicos bajo la égida de Roma pero desigual en intensidad y duración. Sin duda seguía muy vivo el espíritu racial arévaco cuando el levantamiento de Sertorio en tierras de Hispania, al que se uniera Termantia sin vacilaciones. Sin embargo la suerte volvió a ser esquiva a la vieja ciudad arévaca que fue ganada al asalto por Cneo Pompeyo Magno en el año 72 a.C. --Floro (III, 10,9)--  tras una labor previa de arrasamiento de los campos circundantes y subsiguiente debilitamiento de sus habitantes a manos del temible jinete del hambre.
 
Base, bastante bien conservada, de uno de los cubos de la muralla bajoimperial.
 
Durante el resto del periodo republicano, Termantia prosigue su existencia como ciudad sometida. Sus casas y callejuelas se levantan en la falda del cerro de la Virgen del Castro, allá en sus zonas menos agrestes y en el llano anejo. Concluida la República, el imperio será gobernado por los todopoderosos emperadores. No parece una mala forma de gobierno, al menos en este brillante principio, ya que la riqueza, el urbanismo, las artes y las ciencias florecen en toda la ribera mediterránea al socaire de la célebre pax romana, garantizada por las no menos célebres legiones imperiales. También será ésta una buena época para Termes, citada así ya por Floro, Ptolomeo Plinio el Viejo, Tito Livio, Diodoro de Sicilia y Tácito, en detrimento del viejo nombre celtibérico de Termantia. En efecto, la ciudad crece y prospera. El proceso de romanización es ya imparable. Su eficacia es máxima en tanto en cuenta comienza por los termestinos más influyentes, herederos directos de las antiguas élites celtibéricas, algunos de los cuales ascienden a la categoría de ciudadanos romanos con derecho al empleo de praenomen, nomen y cognomen. Así lo indica sin ningún genero de dudas la epigrafía de la época, por fortuna relativamente abundante a la hora de hacer referencia a antiguos termestinos.
 
Cubo de la muralla en el que se aprecia perfectamente su planta semicircular peraltada. Se aprecia bien el paramento exterior de silleria.
 
Elocuente reflejo de esta prosperidad es la monumentalización de Termes, detectada arqueológicamente a partir del reinado de Augusto en que se construye un templo en la zona septentrional de la ciudad, allá donde la pendiente del cerro comienza a ganar inclinación. Pero el empujón definitivo vendrá en el reinado de Tiberio (14-27 d.C.), sucesor de Augusto. En efecto, hacia el año 20 d.C. se construye el primer foro de la ciudad, entre cuyas ruinas se ha encontrado los restos de un epígrafe, datado con exactitud en el año 26 d.C., en el que se menciona directamente al emperador Tiberio con todos sus títulos y ascendientes en lo que se ha interpretado como una expresión del agradecimiento a la autoridad imperial por la concesión de la ciudadanía latina al, a partir de ese momento, municipio termestino. Si a este dato le unimos la pertenencia a la tribu Galeria de algunos termestinos registrados en la epigrafía, a la sazón la tribu a la que se adscribieran los nuevos municipios durante los reinados de la dinastía Julio-Claudia, tenemos suficientes argumentos para fijar el ascenso de Termes a la categoría de municipio latino durante el reinado de Tiberio. Desde luego el sólo hecho de la construcción de ese foro indica no sólo un proceso de romanización muy avanzado sino también un deseo de adecuar la estructura urbana de la ciudad a su nueva condición jurídica.
 
Sección transversal de la muralla bajoimperial de Termes. Se observa el paramento interno, de sillería, y el núcleo heterogéneo.
 
Durante el reinado de Tiberio se erigió también un nuevo templo imperial en la zona del foro y se concluyó el magnífico acueducto de la ciudad, concienzudamente tallado en la roca en muchos tramos y cuyas aguas se vertían en un gran depósito acuario o castellum acquae, excavado en su mayor parte. Desde luego la ciudad es rica y próspera: así lo indica tanto la epigrafía al mencionar sumas de dinero (9.991.000 sestercios) ciertamente enormes para tratarse de una ciudad del interior de la meseta como el registro arqueológico: rico en cerámicas de gran calidad (sobre todo terra sigillata), instrumentos de metal, vidrios y demás, todo lo cual evidencia de paso la existencia de un floreciente comercio. Semejante bonanza tiene su culminación hacia los años 70 del siglo I d.C. con la construcción de un segundo foro, mayor que el anterior y unas termas próximas, sin duda imponentes a juzgar por los restos que nos han llegado. El nuevo foro impulsa una nueva reorganización del espacio urbano, puntualmente muy intensa hasta el punto de amortizar algunas estructuras anteriores como el primer templo, erigido en tiempos de Augusto. Probablemente sea éste el cenit de Termes como ciudad, muy romanizada tal y como indican sus espléndidas domus, erigidas según el modelo romano aunque conservando todavía bastantes elementos de indigenismo, cuyo principal testimonio son los nombres célticos citados en la epigrafía.
 
La muralla bajoimperial seccionando algunas de las antiguas viviendas rupestres allá en la zona meridional de la ciudad.
 
La primera mitad del siglo II d.C. aún debió ser bastante próspera para Termes, perdurando sin mayor problema las instituciones urbanas tal y como indica la célebre tabula patronatus localizada en el cercano pueblo de Peralejo de los Escuderos, donde se cita a los dos duunviros de la ciudad así como al SENATVS POPVLVSQVE TERMESTINVS. Sin embargo el inexorable proceso de decadencia, común a todo el occidente romano, haría acto de presencia también en Termes,  ejemplificado muy bien en el abandono y reconversión en basurero, verificado durante la segunda mitad del siglo, de todo el sector nororiental de la ciudad. No obstante la ciudad continuaría existiendo con bastante vigor tanto en este siglo como en el siguiente. Así lo prueban las obras de mantenimiento detectadas en la cercana calzada que unía Termes con Uxama y Segontia, en el acueducto así como en el área foral Flavia y, por supuesto, la construcción de una poderosa muralla de técnica genuinamente bajoimperial datada entre los años 238-244 (fecha de acuñación de una moneda de Gordiano Pío localizada en la fosa de fundación de esta muralla) y los años posteriores al 276 d.C. en que se data la segunda invasión germánica de Hispania (la lógica histórica tiende a inclinar la datación hacia esta última fecha).
 
La llamada puerta del sol en el sector suroriental de la ciudad. Celtíbera de origen.

La nueva muralla de Termes surgió para defender los sectores más vulnerables de la ciudad, esto es los de su mitad oriental, más accesibles desde el exterior. Esto explica la ausencia de restos de esta fortificación en el área occidental, por otra parte innecesaria al actuar los vertiginosos precipicios que flanquean esta parte del cerro, solar del antiguo asentamiento arévaco, como inmejorable defensa natural. Las necesidades impuestas por la exigente ciencia poliorcética obligaron a la reducción del área urbana de la ciudad desde las 50 Ha del periodo altoimperial a las nuevas 30 Ha del bajoimperial, quedando fuera del recinto murado una extensa área de viviendas al sur de la ciudad (que no obstante continuaron habitados si bien con fines más de tipo industrial que residencial). Incluso fue necesario la destrucción de algunos complejos edilicios anteriores, tales como parte del graderío del sector suroriental –interpretado como lugar de reuniones al aire libre desde época prerromana--, o el conjunto rupestre meridional, alguna de cuyas casas aparecen literalmente divididas por la mitad por los gruesos sillares de la muralla bajoimperial.
 
Vista de los pobres restos, no del todo claros, de la antigua muralla celtibérica de Termantia.
 
Como se dijo, la muralla de Termes muestra una tipología claramente bajoimperial, donde prima por encima de cualquier otra consideración la eficacia defensiva. Así lo indica sin ir más lejos su monumentalidad –elocuente indicio del vigor económico de la ciudad que la erigiera--, conseguida a fuerza del empleo masivo de grandes sillares de arenisca (algunos reutilizados de edificios anteriores), de módulo romano y un severo flanqueo de los lienzos por medio de torres semicirculares peraltadas, también de sillería, idénticas en su concepción a las de otras muchas murallas romanas contemporáneas como las de Legio, Astúrica Augusta o Caesaraugusta por nombrar sólo tres ejemplos.
 
Interior de una de las famosas viviendas rupestres de Termes.
 
La técnica constructiva empleada en esta muralla es el opus quadratum romano, extendido por todo el imperio así como muy empleado a la hora de construir fortificaciones gracias a su robustez y, sobre todo, insuperable aparato estético. En realidad es una técnica de triple hoja tipo emplecton, en la que los paramentos exteriores se ejecutan en sillería bien ladraba así como asentada en seco, sin concurso de argamasa. El núcleo de la estructura se podía hacer bien en opus caementicium, lo que presupone una buena selección de los áridos (sólo arenas y garbancillos, nunca mampuestos salvo en el caso del opus caementicium ciclópeo) y las cales, bien en opus incertum, esto es una mezcla más o menos heterogénea de tierra y mampuestos ligada con mortero de cal. En el caso de la muralla de Termes, el núcleo interno es de opus incertum de no muy buena calidad (este último parámetro dependía directamente de la calidad del mortero de cal empleado, es este caso no muy alta a juzgar por el grado de deterioro que presenta en la actualidad). En total, los dos paramentos y el núcleo conforman un espesor regular de 2,5 metros.

Armónico graderío labrado en la roca natural del cerro posiblemente en época celtibérica.

En cuanto a las torres de flanqueo, macizas en sus planta inferior, a la postre la única conservada, exhiben un diámetro bastante regular de 2 metros en su parte semicircular. El peralte previo se prolonga por espacio de otros 50 centímetros, lo que arroja una proyección hacia el exterior de 2,5 metros para la estructura completa de la torre. Las torres se encuentran separadas unas de otras por una distancia media de 10 metros, medida ésta que garantiza un flanqueo óptimo de la base de las murallas.

Debido a que la muralla sólo se ha excavado en algunos puntos, desconocemos la mayor parte de sus detalles tales como la ubicación de las puertas y vanos menores si bien es verosímil suponer la continuidad en el empleo de los antiguos accesos celtibéricos. Hoy en día sólo tenemos constancia con seguridad de los restos de un bastión (cuya construcción arrasaría parte del graderío contiguo), muy arrasado, guardando la entrada suroriental de la ciudad, ésta última labrada en la piedra así como de época celtibérica.


Ruinas romanas de Termes, pertenecientes al castellum acquae, al fondo, y a las estructuras del foro flavio (primer plano).
 
Aunque Termes continuaría existiendo como ciudad en los siglos IV y V, lo cierto es que la arqueología ha identificado evidencias de un claro retroceso urbanístico. En efecto, en algún momento indeterminado de estos dos siglos el foro flavio se abandona y su solar enlosado es compartimentado por precarios muros de mampostería, sin duda pertenecientes a una población venida a menos que no duda en ocupar de forma privada y sin ambiciones el antiguo lugar público, orgullo de la ciudad. Al mismo tiempo que esto sucede dentro de las murallas, afuera comienzan a proliferar las explotaciones agropecuarias o villae, distribuidas aquí y allá en el territorio termestino, algunas de las cuales han sido detectadas arqueológicamente. Y es que al igual que sucediera en todos los rincones de la Hispania bajoimperial, también en Termes se retrajo el mundo urbano en beneficio del rural.
 
Estos restos, todavía confusos aunque relacionados con un antiguo templo, son el único testimonio que nos ha llegado de la Termantia arévaca. Se encuentran en al cumbre del cerro de la Virgen del Castro, allá donde estuviera el asentamiento celtibérico.
 
Tampoco la época visigoda supondría el fin de Termes, si bien su área habitada ha quedado reducida a una pequeña parte de la que fuera. Es por ello que las gentes de los siglos VI y VII no dudan en enterrar a sus muertos entre las ruinas de los antiguos edificios altoimperiales, allá en la zona central de la ciudad. La situación continuaría más o menos igual durante el dominio musulmán. Termes, cuyo nombre va mudando en Tiermes, es la plaza más importante de la zona, auténtica frontera entre la Cristiandad y el Islam, lo cual no quiere decir ni mucho menos que sea grande ni esté muy poblada. Más bien se debe pensar todo lo contrario. Finalmente, la zona será ganada definitvamente por los cristianos allá por el siglo XI. Es precisamente a finales de esta centuria cuando ciertos pasajes del Cantar del Mio Cid hacen sospechar que Rodrigo Díaz de Vivar pasó hasta dos veces por las inmediaciones de Termes, a la que llama Agriza, interpretable como la “Agujereada” o “las Cuevas”, quizás en alusión a las viviendas rupestres, auténticos agujeros en la roca, que caracterizan la ciudad. Esta afirmación, aunque algo aventurada, es desde luego factible ya que el legendario caballero burgalés empleó en aquellos traslados una ruta que muy bien puede identificarse con la antigua calzada romana Uxama-Segontia, en medio de la cual, como se dijo, se encontraba Termes. Aún el lugar conservaba cierta importancia en aquella época si bien no tardaría en comenzar a perderla a favor de la recién fundada Caracena, mejor ubicada estratégicamente que Termes a la hora de custodiar el acceso a la frontera del Duero. A pesar de todo el viejísimo asentamiento aguantará varios siglos más, permitiéndose incluso embellecerse con una hermosa iglesia románica (siglo XII), hoy ermita de la virgen de Tiermes. Incluso se conoce documentalmente la existencia de un monasterio, del que no nos han llegado restos. Pero el destino de Termes estaba echado. Así en 1499 la aldea estaba casi abandonada. No tardaría mucho más en quedar vacía, poniendo así punto y final a más de dos mil años de Historia continuada..



miércoles, 23 de enero de 2013

FORNACIS y el Cerro de Hornachuelos.

Aunque todavía no se ha podido demostrar con seguridad, todos los indicios apoyan la identificación del oppidum hispanorromano de Fornacis con las ruinas localizados en el cerro de Hornachuelos, término municipal de Ribera del Fresno, provincia de Badajoz.
 
El cerro de Hornachuelos es la principal y casi única elevación (465 metros de altitud) que se yergue en una zona fundamentalmente llana, situada en pleno valle medio del Guadiana, en las proximidades del río Matachel. Desde su cumbre se descubre un amplio territorio, detalle éste que la convierte en una excelente atalaya tanto para el control del cauce del cercano Matachel  como de la vieja Cañada Real Sevilla-Madrid que a su costado discurre, vía a la sazón de comunicación entre el meridión y el centro peninsulares desde los remotos tiempos de la prehistoria. Por otra parte, su importante altitud relativa respecto al territorio circundante así como la acusada pendiente de sus laderas (a excepción de la meridional, más accesible) le confieren un interesante valor defensivo que, unido a su excelente posición estratégica en relación a la red de comunicaciones de la zona y a la existencia de buenos campos de labor así como de yacimientos de galenas argentíferas próximos constituyen un abrumador conjunto de argumentos a la hora de entender el motivo de la elección de este emplazamiento como lugar de asentamiento humano.
 
Fornacis. Vista del recinto superior desde el punto central del recinto inferior, en las proximidades del gran aljibe rectangular.
 
Los primeros indicios de habitación de Hornachuelos se remontan al periodo final del Calcolítico (entre 2000 y 1900 años a.C.). Los restos excavados corresponden a un pequeño asentamiento fortificado (muralla de piedra tosca ligada con barro, flanqueada con bastiones semicirculares típicos de la época) localizado en la parte más alta del cerro, a una cota ligeramente mayor que la del futuro asentamiento hispano-romano. Una potente capa de cenizas sella el último nivel estratigráfico correspondiente a esta época, elocuente indicio de una destrucción rápida y violenta a manos del fuego.
Hornachuelos permanecería deshabitado durante cerca de dos mil años. Finalmente, a mediados del siglo II a.C., poco después del final de las guerras lusitanas (147 – 139 a.C.), a la sazón concluidas con la conquista romana de la zona, el lugar vuelve a repoblarse (a diferencia de otros asentamientos cercanos, Hornachuelos no conoció poblamiento protohistórico).
 
Restos de la muralla calcolítica del primer asentamiento que hubo en el cerro de Hornachuelos.

 
Las excavaciones han puesto al descubierto un asentamiento de 5 hectáreas de superficie en el que se pueden distinguir dos áreas claramente diferenciadas, correspondientes a otros tantos amesetamientos concéntricos del cerro, cada una de los cuales debió poseer, a juzgar por los bruscos taludes que aún hoy exhibe el terreno, su propia muralla, ya fuera de de piedra o terrera (la meseta inferior no parece que poseyera nunca una muralla de mampuesto). Las estructuras localizadas, todas ellas en el recinto superior, corresponden a una serie de manzanas de casas, de plata rectangular, adosadas entre sí y abiertas a ambos lados de una calle principal que discurre en la dirección longitudinal del cerro. En la actualidad sólo se conservan sus zócalos de mampostería ya que los alzados de adobe debieron degradarse hace mucho tiempo. Las cubiertas fueron, en principio, bastante simples, ramajes y barro, no detectándose la presencia de tégulas romanas hasta los primeros años del siglo I d.C. Esta clase de urbanismo, poco desarrollado en razón de la ausencia de edificios públicos, pobres infraestructuras básicas, etc, impide calificar al asentamiento de Hornachuelos de ciudad, considerando este concepto dentro de la óptica romana. Sí que encaja, no obstante, dentro del concepto de oppidum, a saber un lugar fortificado de razonables extensión y dominio sobre el entorno pero sin llegar a la categoría de civitas.
 
Éstos son los restos mejor conservados de la muralla romana de Fornacis, erigida a finales del siglo I a.C.
 
Sabemos gracias a Plinio el Viejo que los romanos llamaban Beturia al territorio comprendido entre el río Guadiana y Sierra Morena. Se trataba de una denominación de tipo geográfico, carente por tanto de sentido político, jurídico o administrativo así como anterior a la división de la Hispania Ulterior en Hispania Ulterior Bética e Hispania Ulterior Lusitana. La mitad oriental de esta Beturia, poblada por el pueblo túrdulo, era la Beturia Túrdula, la occidental, ocupada por los célticos, era la Céltica. Aunque Plinio nos proporciona los nombres de los oppida betúricos más importantes, auténticos municipios romanos ya en la época en que redactara su célebre Historia Naturalis, no menciona ningún lugar que pueda relacionarse con el asentamiento del cerro de Hornachuelos a pesar de su evidente fundación romana y pujanza durante más de dos siglos. Algo más de suerte tenemos con Ptolomeo que cita la “ciudad” de Fornacis entre los turdetanos de la Bética. Las coordenadas que proporciona –8º 30´ O y 38º 50´ N—puestas en relación con las propias de otras ciudades próximas cuyo emplazamiento conocemos con seguridad permiten ubicar a Fornacis en la zona del oppidum de Hornachuelos, topónimo éste que por otra parte presenta una cierta semejanza fonética con la palabra Fornacis. Si a estos argumentos le unimos el carácter estratégico del paraje, explicado anteriormente, y la relativa entidad de los hallazgos arqueológicos (de los que la cercana villa de Hornachos, competidora de Hornachuelos por la identificación de Fornacis, carece) que evidencian la pretérita existencia de un antiguo oppidum betúrico, podemos admitir como verosímil la identificación del asentamiento del cerro de Hornachuelos con la Fornacis ptolemaica.

Muralla excavada de Fornacis, correspondiente al sector del poblado. Como se ve, sirve como muro trasero de algunas casas.
 
Los abundantes hallazgos numismáticos realizados en el cerro de Hornachuelos a lo largo de los tiempos atestiguan unas relaciones comerciales bastante intensas entre Fornacis y el valle del Guadalquivir así como con la región del valle medio del Ebro. Sin duda el asentamiento debió ser bastante próspero aunque no lo suficiente para alcanzar la categoría de municipio romano que otros oppida cercanos (los que cita Plinio) lograran con el paso de los años y el avance de la romanización. Parece ser que el motivo de esta falta de proyección histórica está relacionado con la fundación de Emérita Augusta en el año 25 a.C. En muy poco tiempo la nueva colonia augustea monopoliza todo el protagonismo en la zona. Prueba de ello es, para el caso que nos ocupa, la caída en desuso de la antigua senda norte-sur que pasaba por Fornacis en beneficio de otra ruta paralela, la hoy llamada ruta de la Plata, con Emérita como jalón principal en el valle medio del Guadiana. Ni que decir tiene que esta alteración en las rutas comerciales locales debió suponer un duro golpe para Fornacis del que ya no se recuperaría. Sus habitantes irían dejando progresivamente el asentamiento en dirección a los oppida y ciudades próximas, menos alterados por esta medida. En efecto, la arqueología indica que para finales del siglo I d.C., todo lo más primer cuarto del siglo II d.C., el lugar ya estaba abandonado.
 
Torre hueca y redonda (al menos en apariencia) del extremo SE de la muralla.

 
Las gentes de Fornacis ocuparían el recinto superior durante el siglo I a.C. Tras sufrir un incendio, se trasladan al recinto inferior, que ocupa las dos terceras partes de la superficie del cerro, a principios del siglo I d.C. Aunque es una zona menos defendible, resulta más cómoda de habitar en razón de su mayor extensión, menor cota relativa respecto a los campos circundantes y mayor protección frente a los vientos del norte. Aquí excavaran en la roca (si es que no estaba hecho de antes) un gran aljibe rectangular, realmente digno de verse.
 
Arriba, allá en el recinto superior, quedaron los restos abrasados del antiguo habitat, rodeados de una muralla cuyos restos todavía son susceptibles de estudio. En realidad, el sistema defensivo de Fornacis fue evolucionando con el paso del tiempo. En un principio contó con una muralla de piedra seca poco imponente, precedida de un profundo y ancho foso en lo que constituye un reflejo evidente de las prácticas campamentales romanas. Los excavadores la fechan en la mitad del siglo II a.C., esto es contemporánea de la fundación del asentamiento. Posteriormente este foso fue cayendo en desuso. Tras colmatarse se erigió una nueva muralla sobre él, culminada por una empalizada de madera (finales del siglo I a.C.). Esta muralla es la que hoy en día puede verse, a fragmentos, delimitando el perímetro del amesetamientos superior del cerro de Hornachuelos. Las zonas mejor conservadas muestran un  aparejo de sillarejo tosco ligado con mortero de barro. Se trata del paramento externo de un sistema de triple hoja convencional, fácil de apreciar en el lienzo excavado y consolidado en el sector de las viviendas, que por cierto utilizan la muralla como muro trasero. Esto no es de extrañar habida cuenta la poca relevancia constructiva de esta fortificación (apenas 1,5 metros de espesor), obviamente erigida para delimitar el poblado más que para protegerlo.
 
Gran aljibe rectangular excavado en la dura roca del cerro de Hornachuelos, allá en recinto inferior.
 
En las proximidades del vértice suroriental del recinto superior, flanqueando con toda probabilidad el camino de acceso a éste desde el inferior –el actual debe coincidir con el antiguo-- se encuentran los restos, muy arrasados, de una torre de planta aparentemente circular y hueca. Al estar casi soterrada no se puede interpretar su sistema constructivo si bien se debe suponer similar al del reto de construcciones defensivas. Desde esta torre y hacia el oeste pueden observarse sin dificultar algunos restos más de la muralla de Fornacis si bien hoy en día se encuentran tan enterrados que sólo es posible restituir su trazado.

Traza de la muralla romana de Fornacis, junto a la torre surorioental.
 
Centrándonos ahora en el aspecto numismático, parece ser que la ciudad de Fornacis emitió hacia el 50 a.C. una muy reducida emisión de Ases y Cuadrantes con leyenda BALLEIA (inscripción ésta todavía no satisfactoriamente interpretada). La razón de ubicar la ceca que batiera estas monedas en el cerro de Hornachuelos descansa en que la gran mayoría de los escasos ejemplares conocidos fueron encontrados en el propio cerro durante las excavaciones arqueológicas o en sus proximidades vía hallazgos fortuitos.
 
Los contados ejemplares de As de Balleia conocidos presentan un diámetro medio de 30 mm por 18 gramos de peso. En el anverso aparece una cabeza masculina a derecha de pobre arte precedida por un elemento no indentificado. En cuanto al reverso, se muestra en el tercio superior un hacha bipenne en posición horizontal, en el centro leemos la palabra BALLEIA también horizontal, por último el tercio inferior se encuentra ocupado por una suerte de elemento no identificado aunque aparentemente de naturaleza vegetal.
 
Los cuadrantes presentan un tamaño medio de 15 mm y un peso de 3,8 gramos, siendo considerados cuadrantes y no otro divisor precisamente por esa metrología. Aunque también muy escasos lo son significativamente menos que los rarísimos ases. El anverso es similar al de los ases, con una cabeza masculina de pobre arte a derecha. El reverso, bastante vistoso, exhibe en su centro una luna creciente en posición horizontal rodeada en su parte superior por tres estrellas. Debajo, curvada, la leyenda BALLEIA nos permite identificar con seguridad la moneda. A continuación podemos ver tres cuadrantes correspondientes a esta escasísima emisión.
 
Se atribuye también al oppidum de Hornachuelos la acuñación de cierta serie de plomos monetiformes con leyenda púnica BGLT. De momento han sido muy poco estudiados aunque lo cierto es que se han encontrado bastantes de estos plomos en Hornachuelos y sus proximidades.

 
 




sábado, 29 de diciembre de 2012

Las acuñaciones de CARISSA AURELIA.

Las acuñaciones de Carissa Aurelia deben ser datadas en las décadas centrales del siglo I a.C., no mucho tiempo después en cualquier caso de la obtención del derecho latino, probablemente concedido por Julio César a la ciudad turdetana.
 
Aunque bastante abundantes en volumen, no son acuñaciones demasiado extensas en el tiempo. Tampoco son variadas toda vez que se reducen a semises y unos pocos cuadrantes (algo habitual, por otra parte, en el numerario de la zona) ilustrados con una iconografía con acusada tendencia a la repetición de motivos. Por otra parte se debe destacar que es relativamente frecuente el hallazgo de semises de Carissa reacuñados sobre monedas de otras cecas (principalmente Obulco aunque también Cástulo y Córduba) sin que halla necesariamente una concordancia completa entre el tamaño del cuño de Carissa y el del cospel de la moneda a reacuñar. Los siguientes ejemplares constituyen un buen ejemplo de esto anterior, tratándose concretamente los tres primeros de un semis de Carisa reacuñado sobre un semis de Cástulo así como un semis de Carissa sobre un semis de Obulco (águila-toro) el último.
 
 
El arte de las emisiones de Carissa suele ser bastante pobre aún en las series más cuidadas y/o ejemplares mejor conservados. Así mismo resulta inusualmente alto el número de variantes y cuños dentro de una misma emisión lo que unido a la escasa definición de los detalles así como a la relativa monotonía en los motivos empleados complica bastante el ajuste de los límites de cada serie. En cualquier caso resulta posible establecer una cronología entre las seis emisiones en que resulta factible dividir el numerario de la ciudad, datando las más antiguas tanto por su mejor arte como por su mayor peso, parámetros ambos que van declinando a medida que se avanza en las emisiones.

Un aspecto común a todas las emisiones es la presencia en el reverso del que es sin duda el icono más representativo de la ceca de Carissa: el jinete lancero con rodela (escudo redondo con umbo central), normalmente cabalgando a izquierda aunque existen variantes a derecha. Debajo de dicho jinete se ubica siempre la leyenda de ceca, ya sea en caracteres latinos normales o invertidos (esto último frecuente en las emisiones tardías). Aunque a veces se usa el nombre completo de la ciudad: CARISSA, la forma más común que observamos es CARISA. Es por este motivo que muchas veces se alude a esta ceca como Carisa en lugar de Carissa, su auténtico nombre. También se documenta la forma CARISE y las versiones abreviadas CARI y CARIS. Pasemos ahora a describir las seis emisiones conocidas, en el bien entendido que no se trata de monedas demasiado diferentes entre sí.
 
1ª Emisión.
Poseedora de un arte ciertamente bueno para lo que es habitual en esta ceca, es la que arroja un peso medio más alto (entre 6,5 y 7 gramos), motivo por el cual se le debe suponer una datación más temprana.
 
Aparte del mayor peso, su principal elemento diferenciador es la cabeza viril de anverso, siempre mirando a derecha así como laureada con ínfulas, atributo este último sin duda el más fácil de reconocer aún en los ejemplares peor conservados. En cuanto al reverso, los ejemplares más pesados exhiben al jinete con rodela mirando a izquierda sobre leyenda de ceca CARISA ó CARISE mientras que los más ligeros (algunos apenas llegan a los 5 gramos) muestran el jinete a derecha y leyenda invertida abreviada CARI, lo que nos pone tras la pista de dos series diferentes en esta primera emisión. Añadir además que otra característica propia de esta emisión como es el enorme tamaño de la rodela del jinete lancero, en ocasiones incluso desproporcionada para el tamaño del jinete tal y como se puede apreciar en el siguiente cuarteto de monedas, la primera del tipo con jinete a izquierda y las otras tres del tipo a derecha.
 
 
2ª Emisión.
Esta emisión presenta un peso medio significativamente más bajo que el de la primera (alrededor de 5,5 gramos). Resulta fácil de distinguir su motivo de anverso: una cabeza masculina a derecha cubierta con una suerte de casco labrado de aceptable estilo. El reverso presenta jinete lancero a izquierda sobre leyenda de ceca CARISSA. La rodela del jinete, aunque ciertamente grande, no alcanza en esta emisión las dimensiones propias de la primera emisión. El siguiente ejemplar nos servirá para ilustrar esta segunda emisión a la sazón la más escasa de esta ceca.
3ª Emisión.
La tercera emisión resulta de algún modo similar a la segunda: cabeza cubierta con casco si bien no existe ninguna dificultad a la hora de diferenciarlas toda vez que resulta evidente el esfuerzo de los abridores de cuño por representar una figura del tipo “cabeza galeada de Roma” propia de los denarios republicanos con los que, sin duda alguna, estaban sobradamente familiarizados los habitantes de Carissa Aurelia.
 
Esta emisión se compone de dos series: cabeza galeada a izquierda (con diferencia la más abundante) y cabeza galeada a derecha, siendo su peso medio alrededor de 5 gramos. El reverso lo ocupa en ambos casos un jinete lancero con rodela a izquierda sobre leyenda de ceca completa CARISA. El siguiente par de monedas corresponde a otros tantos ejemplares de la serie cabeza galeada a izquierda.
 

4ª Emisión.
Esta emisión, aunque no la más rara, sí que es la más deseada por los coleccionistas en tanto en cuanto el mayor interés de su iconografía de anverso: Cabeza de Hércules-Melqart con piel de león a izquierda, muy similar a los semises de la cercana Gades, en cuyas monedas se debió inspirar, con toda seguridad, esta cuarta emisión. Si a esto le sumamos un arte clasificable como bueno para lo que es habitual en las acuñaciones de Carissa, entendemos el porqué de su especial atractivo de cara al coleccionista numismático. El peso medio de esta emisión se halla por los 4,7 gramos, muy poco por debajo por tanto del de la emisión anterior. En cuanto al reverso luce el habitual jinete lancero con rodela a izquierda sobre leyenda de ceca completa CARISSA. Las tres monedas siguientes servirán para ilustrar perfectamente esta cuarta emisión.
 
 
5ª Emisión.
Resulta evidente la datación más tardía de los ejemplares correspondientes a esta quinta emisión toda vez que no sólo presentan un peso medio decididamente más bajo (alrededor de 3,9 gramos) sino que además exhiben un arte manifiestamente degenerado en comparación con cualquiera de las cuatro emisiones anteriores.
 
Esta emisión se divide en dos series: la primera y más abundante con diferencia muestra en anverso una cabeza desnuda barbada a derecha de arte ciertamente esquemático y poco realista (degenerado). Por su parte el reverso lo ocupa el icono habitual de jinete lancero con rodela a izquierda sobre leyenda de ceca modificada CARISA. Merece la pena destacar el pequeño tamaño de la rodela en comparación con las de emisiones anteriores, detalle éste que puede servir para identificar esta emisión en ejemplares mal conservados. El siguiente ejemplar pertenece a esta primera serie de la quinta emisión.
 
La segunda serie se caracteriza por su mayor tosquedad de arte así como por el hecho de llevar el jinete lancero a derecha (con rodela pequeña) y la leyenda de ceca CARISA invertida. También posee un peso medio menor de alrededor de 3,5 gramos. El anverso, por lo demás, es igual: cabeza masculina desnuda barbada de arte esquemático a derecha.
 
6ª Emisión.
Las monedas de la sexta emisión han sido tradicionalmente calificadas de cuadrantes en razón de su muy reducido peso medio: alrededor de 2,35 gramos. No obstante hoy en día se cuestiona esta afirmación, ganando peso la posibilidad de que se trate de semises muy degradados tanto en tamaño y peso como en arte: realmente se trata de las acuñaciones de Carissa más toscas con mucha diferencia. Sea como sea, lo que resulta indiscutible es su ubicación al final de la línea cronológica de la ceca de Carissa Aurelia lo que no resulta óbice para que fueran acuñadas en gran número tal y como indica su relativa abundancia en la actualidad, significativamente superior a la de las emisiones anteriores.
 
El estudio de estas monedas indica enseguida una gran abundancia de cuños con escasas diferencias entre ellos. Resulta obvio que la calidad de los cuños empleados no era mucho mejor que su estilo artístico, lo que debió ocasionar una escasa duración de cada uno y por tanto su frecuente reemplazo. En ocasiones el arte se degrada hasta extremos tales que dificultan mucho la interpretación correcta de la iconografía de la moneda más allá del tipo básico de la emisión.
Aparte de una gran profusión de cuños también se observa muy poco rigor a la hora de escoger los motivos de anverso y reverso. Así, conviven bustos masculinos a derecha con bustos a izquierda (en principio imberbes aunque su tosquedad impide estar seguros de lo que quiso representar el abridor del cuño) alternándose con jinetes cabalgando en ambas direcciones sobre leyenda CARISA o CARIS –cuando la irregularidad en el trazado de las letras no impide reconocer la inscripción--, unas veces invertida (existe una variante con solamente la letra R invertida), otras no, todo ello sin que pueda advertirse una sucesión de combinaciones repetitivas que permita afirmar con contundencia la existencia de series.
 
Las siguientes monedas representan una selección de piezas habituales de esta emisión. Las cuatro primeras exhiben un busto masculino desnudo a derecha, con el arte profundamente degenerado propio de esta emisión y jinete lancero con rodela pequeña a izquierda. Las otras tres presentan el busto de anverso a izquierda. El reverso es idéntico al de las cuatro primeras. De hecho las monedas con jinete lancero a derecha son considerablemente más raras tanto en esta emisión como en las anteriores.