sábado, 30 de abril de 2016

Descubriendo Asia Menor. Día 5, 3ª Parte. Alexandria Troas.

Nuestra siguiente visita, la última del día, se encuentra a unos 10 kms al noroeste de Neandria, inmediata ya a las aguas del Egeo, en el tramo de costa que se halla frente a la isla de Tenedos. Se trata de las ruinas de la ciudad de Alexandria Troas (Alejandría de Tróade en castellano), cuya existencia ya apuntamos en la entrada anterior. En la figura 1 podemos ver un plano del lugar que pretendíamos explorar. Aunque fue trazado en 1822 no está nada desactualizado.

Figura 1.- Plano del yacimiento de Eksi Stambul, la antigua Alexandria Troas, trazado en 1822.

La costa del Egeo en este rincón de la Tróade es ondulada y verde, con frecuentes masas de arbolado flanqueando la estrecha carretera local que conduce hasta los pequeños pueblecitos costeros. Dicha vía debe ser heredera de la calzada antigua que comunicaba la zona toda vez que su trazado atraviesa las ruinas de Alexandria Troas del mismo modo que en la antigüedad lo haría por las bulliciosas calles de la ciudad.

Los orígenes de Alexandria Troas se remonta a un asentamiento de colonos eolios llamado Sigeia (siglo V a.C.) del que nada se sabe más allá de este nombre, citado por el geógrafo Estrabón. El motivo de la elección del emplazamiento no es difícil de hipotetizar: en aquella época (hoy en día no) la línea de costa ofrecía un buen puerto en ese punto, con la ventaja añadida de su proximidad a esa encrucijada comercial de primer orden que, para los pueblos de habla griega, suponía el acceso occidental al Helesponto.

Foto 1.- Ruinas de una antigua fuente romana en el extremo NE del yacimiento.

En el año 310 a.C., el diadoco Antígono I Monoftalmos, que se había hecho con el control de gran parte del imperio macedónico tras la muerte de Alejandro Magno, funda la ciudad de Antigoneia en el emplazamiento de Sigeia. La idea de Antígono era disponer de una poderosa ciudad portuaria cerca de la entrada del Helesponto desde la cual controlar firmemente los intercambios comerciales entre la mitad norte de Anatolia (Asia Menor), los puertos del Mar Negro (Ponto Euxino) y la Grecia continental. Dado que Sigeia no disponía de pobladores suficientes para tan ambiciosa empresa, Antígono obligó a los habitantes de nueve asentamientos cercanos (entre ellos los de Neandria como vimos en la entrada anterior) a trasladarse a Antigoneia y construir, entre todos, las obras de fabrica necesarias para convertir el puerto natural en un soberbio puerto de gran capacidad. Esta práctica de crear una ciudad de entidad prácticamente de la nada valiéndose de la suma de los habitantes de los asentamientos menores cercanos era denominada “sinecismo” y contaba con bastante tradición entre los pueblos griegos.

Foto 2.- Depósito de agua romano situado en las proximidades de la fuente de la foto 1.

Antígono I resultará derrotado y muerto en la batalla de Ipsus (301 a.C.), librada contra los ejércitos conjuntos de Casandro, rey de Macedonia, Lisímaco, señor de Tracia y el fundador de la dinastía seleucida, Seleuco I Nikator. En el reparto de territorios subsiguiente, tanto la mitad occidental como la costa norte de Asia Menor quedarían en poder de Lisímaco, conformando así un poderoso reino que se extendía muchos kilómetros tierra adentro a ambas orillas del mar de Mármara: la europea y la asiática. Es en este marco histórico cuando Antigoneia, obedeciendo una orden de Lisímaco, cambia su nombre, demasiado relacionado con el del derrotado Antígono, por el mucho más neutral de Alexandria (homenajear al finado Alejandro Magno no ofendía a nadie, todo lo contrario), añadiéndosele el apelativo Troas para diferenciarla del resto de Alexandrias del mundo helenístico. 

Alexandria Troas contaría desde un principio con una gran ventaja a la hora de competir por el control del tráfico comercial de la región: el puerto de Ilios-Ilión-Troya, a la sazón el más importante de entre sus potenciales competidores, había empezado a encenagarse por colmatación de la línea de costa y su funcionamiento ya no era tan óptimo como antaño. No resulta de extrañar, por tanto, que el puerto de Alexandria Troas se fuera haciendo con la mayor parte del tráfico marítimo de la Tróade a lo largo de los siglos III y II a.C., lo que redundara en una gran prosperidad económica, testigo de la cual son las hermosas acuñaciones argénteas que han llegado hasta nuestros días, empleadas en aquellos antiguos tiempos para facilitar los intercambios comerciales. 

Foto 3.- Esquina SE de los baños de Herodes Ático, realizada en sólida sillería bien escuadrada.

Desde el punto de vista político, Alexandria Troas estuvo bajo dominio seléucida desde  el año 281 b.C., fecha de la derrota de Lisímaco en la batalla de Corupedium, al año 188 a.C. en que la victoria romano-pergamena en la “guerra siria” expulsa a los seleucidas de Asia Menor a excepción de la región de Cilicia. A partir de ese momento la ciudad pertenecerá nominalmente al reino de Pérgamo, si bien gozando en la práctica de un alto grado de autonomía claramente reflejado en la numismática del periodo. La siguiente figura (fig.2) nos muestra tres preciosos ejemplares de tetradracmas de plata acuñados en Alexandria Troas. El de arriba corresponde al gobierno de Lisímaco de Tracia, el del centro a la dominación seleucida (concretamente al turbulento reinado de Antioco Hierax), por último el de abajo es una emisión autónoma, posterior al 188 a.C., en cuyo anverso no aparece monarca alguno sino el dios Apolo: divinidad tutelar de la ciudad, en cuyo honor se erigiera el cercano templo de Apolo Smintheo, sufragado en gran parte por los ciudadanos de Alexandria Troas y cuyas ruinas nos impediría visitar la caída de la noche.

Figura 2.- Tetradracmas Helenísticos acuñados en Alexandria Troas.

En el año 133 a.C. Alexandria Troas se incorpora al Imperio romano al igual que el resto de lugares dominados por la dinastía atálida de Pérgamo. Esto supone su entrada en un mercado inmenso, en el cual estaba llamada a ocupar un lugar privilegiado como punto de embarque de los productos del interior de Anatolia y, más al este, de las rutas procedentes de oriente, desde donde eran transportados a múltiples lugares de la parte europea del Imperio, incluida la propia Roma. Año tras año, el puerto de Alexandria Troas se contaba entre los más activos del mundo mediterráneo, derramándose la prosperidad a espuertas sobre la afortunada ciudad. Semejante éxito económico será reconocido por el emperador Augusto vía la concesión a la ciudad del privilegiado estatus de colonia romana. De hecho Alexandria Troas pasará a llamarse desde ese momento Colonia Alexandria Augusta Troas. También se le concedió el derecho a acuñar su propia moneda. Éste es el momento de máximo esplendor de la ciudad, cuya población se estima debió alcanzar los 100.000 habitantes (se contaba entre las más populosas del Imperio). Su tamaño llegó a ser realmente enorme (unas 400 hectáreas), poseyendo a su vez una riqueza arquitectónica propia de una urbe rica y vital tal y como indican las ruinas del teatro, el ninfeo, los baños monumentales, el estadio, la basílica, el acueducto, etc.

Figura 3.- Plano de las ruinas de los baños de Herodes Ático elaborado en 1745.

Importantes personajes de la Antigüedad Clásica caminaron por sus calles y se embarcaron en su concurrido puerto. Entre ellos destacan el emperador Adriano, el gran político y sabio Herodes Ático y, sobre todo, el apóstol San Pablo quien pasara varios meses en Alexandria Troas durante su segundo viaje, siendo aquí donde tuviera el famoso sueño que le impulsara a pasar a Macedonia (precisamente a través del puerto de la ciudad) e iniciar la primera predicación del Cristianismo en tierras europeas. El evangelista San Lucas también pasó por la ciudad, donde se reuniera con San Pablo (que venía de Macedonia) en el curso de su tercer viaje misional. Una vez tomada por Pablo la decisión de partir para Jerusalén a defender su postura, Lucas se embarcaría con un grupo de amigos y seguidores paulinos en el puerto de Troas con dirección a Assos; Pablo, por el contrario, prefirió cubrir a pie el camino entre ambas ciudades (alrededor de 60 kilómetros). Por fin, reunidos todos en Assos, embarcaron para Jerusalén.

Foto 4.- Muro meridional de los baños de Herodes Ático con sus grandes bóvedas de medio cañón típicamente romanas.

El paso de los años no mermó demasiado la prosperidad de la ciudad gracias, sin duda, a la febril actividad de su puerto. Aunque no se sabe casi nada de lo que acaeciera en la ciudad durante el siglo III d.C., las múltiples y prolongadas emisiones monetales que se realizaron en este siglo así como su gran volumen (no son escasas en la actualidad) permiten sostener la afirmación anterior. Estas emisiones se caracterizan por un diseño elegante y muy cuidado, constituyendo una sutil mezcla entre las tradiciones acuñadoras helenística y romana. La iconografía empleada es ciertamente restringida, no contándose mucho más de una docena de reversos, los cuales podemos dividir en puramente romanos (águila imperial, loba capitolina) y de temática local: diferentes representaciones de Apolo Smintheos, la diosa Tyché (la Fortuna), el templo de Apolo Smintheo y, el más común, el caballo pastando, motivo éste heredado directamente de las acuñaciones de Neandria junto con sus habitantes. En los anversos alternan los bustos de los emperadores reinantes con el de la diosa Tyché cubierta con corona torreada: icono de origen helenístico con innúmeros paralelismos a todo lo largo de la orilla asiática del Mediterráneo. En la figura 3 podemos contemplar cuatro ejemplares de bronces acuñados en Alexandria Troas.

Figura 4.- Bronces acuñados en Alexandria Troas durante el siglo III d.C.

Durante el Bajo Imperio la ciudad sería habitualmente mencionada como Troas, aunque el nombre antiguo de Alexandria Troas continuaba usándose tal y como recoge la Tabula Peutingeriana, de mediados del siglo IV. Cuando Constantino I resolvió construir una segunda capital en oriente, descartó ciudades candidatas hasta quedarse con dos “finalistas” bastante próximas entre sí: Alexandria Troas y Bizancio que como es bien sabido fue la urbe finalmente elegida, dando comienzo así a la andadura de Constantinopla. De haber escogido a nuestra Troas probablemente la historia del Imperio bizantino hubiera sido bastante diferente y desde luego más breve ya que no en vano la capacidad defensiva de Troas era muy inferior a la de Bizancio y no hubiera podido evitar caer en manos de los invasores árabes del siglo VII con presumiblemente funestas consecuencias para la cristiandad oriental. Sea como fuere, el hecho de que Constantino se planteara elevar a Alexandria Troas a la categoría de capital imperial nos indica fehacientemente que continuaba siendo una ciudad muy importante en la tercera década del siglo IV.

Foto 5.- Bóveda del muro meridional de los baños, con arco de descarga encima, paramento de sillarejo tosco y esquina de sillería a un lado.

El enorme ascenso político de Constantinopla atrajo hacia su puerto gran parte del tráfico comercial que hasta entonces había controlado Troas, provocando así el comienzo de la decadencia de la ciudad que se fue apagando progresivamente a lo largo de los siglos siguientes. La colmatación del puerto, iniciada en los siglos bajoimperiales y totalmente concluida en la actualidad, también debió tener su responsabilidad en el colapso de Troas al igual que los terremotos: como se sabe frecuentes en esta zona. Conocemos los nombres de varios obispos de la ciudad de los siglos V, VIII y IX, prueba de que la ciudad seguía conservando cierto pulso urbano en época bizantina temprana. En el siglo X se nombra al obispo de Troas como sufragáneo del metropolitano de Cízico. Carentes de ulteriores noticias, debemos suponer que la ciudad se despobló en algún momento anónimo del pleno Medioevo. De hecho, cuando los turcos otomanos conquistaron la región de la Tróade en la cuarta década del siglo XIV la ciudad llevaba ya bastante tiempo abandonada, motivo por el que sus nuevos dueños la denominaron Eski Stambul: “la Vieja Ciudad”.

Foto 6.- Pilastras de apoyo de las arquerías localizadas en el interior del complejo edilicio.

Alexandria Troas sería fuertemente expoliada durante el dominio otomano debido a su proximidad a una Estambul en plena efervescencia constructiva y al hecho de hallarse en la costa, lo que facilitaba mucho el acceso a sus ruinas y la retirada y embarque de los materiales. Ésa es la razón de que haya quedado relativamente poco de una ciudad otrora magnífica. Concretamente sabemos que en el siglo XVII fueron empleados gran cantidad de sillares, mármoles y columnas de la ciudad en la construcción de la mezquita de Yeni Valide, en Estambul.

Accedemos a Alexandria Troas desde el este, al comienzo de la tarde, con un tibio sol de finales de otoño declinando en el cielo. La carretera cruza un río pequeño antes de ascender a una suerte de meseta donde se encuentran las ruinas de la ciudad. Justo en el punto de cruce observamos los primeros restos: los muros de una antigua fuente de gran tamaño (foto 1) y un par de depósitos hídricos (foto 2) a cota algo más alta que la fuente pero menos que el río a fin de poder llenarse con el agua de éste. Las tres estructuras exhiben una fábrica de mampostería hormigonada por tongadas claramente romana. El revestimiento debió ser de algún material de buena calidad, tipo sillar o sillarejo, razón por la que fue expoliado hace mucho tiempo quedando únicamente el núcleo interno de los muros, elaborado en la mampostería citada. 

Foto 7.- El centro del complejo de los baños de Herodes Áticos con sus arcos de medio punto y una de las pilastras en buen estado.

Continuamos camino. Aquí y allá se observan restos de muros aislados de confusa identificación. A medida que nos adentramos en la meseta el paisaje se hace algo más abrupto y, sobre todo, se llena de arbolado, principalmente robles, dificultando la localización de los restos en el paisaje. En un momento dado distinguimos un paramento de sillares asomando por entre la espesura a pocos metros de la carretera. Son los restos de los baños/termas monumentales de Alexandria Troas, construidos, junto a los demás elementos del sistema hídrico de la ciudad (acueducto, depósitos, fuentes y ninfeo), entre los años 135 y 138, reinando Adriano, por iniciativa del gran sabio, político y mecenas griego Herodes Atico: en aquel tiempo Corrector Imperial de las ciudades libres de Asia (Legatus Augusti ad corrigendum statum civitatium liberarum). Cuenta el sofista Filóstrato de Atenas en su obra “Vidas de los sofistas” que Herodes Ático consiguió de Adriano una subvención de 3 millones de denarios para solucionar el problema del aprovisionamiento de agua de Alexandria Troas: una ciudad que a pesar de su gran importancia seguía suministrándose a la manera de los asentamientos menores, esto es por medio de pozos de dudosa salubridad y del agua de lluvia acumulada en los aljibes domésticos. Como quiera que los costes se dispararon hasta los 7 millones, el procurador de Asia protestó airadamente al emperador Adriano por lo que consideraba un gasto desmesurado, argumentando que el tributo de 500 ciudades se estaba empleando en el bienestar de una sola. Indignado, Adriano reprendió bruscamente a Ático, el padre de Herodes Ático, pidiéndole explicaciones; sin embargo sólo obtendría como respuesta que todo lo que se había construido en Troas era necesario y que estaba dispuesto a entregarle a su hijo los 4 millones de sobrecoste para cuadrar las cuentas. He aquí un eco de la legendaria fama que en su tiempo tuvo la descomunal fortuna forjada por el abuelo de Herodes Ático, banquero de profesión, la cual, transmitida a sus descendientes, les permitió toda clase de derechos y licencias, incluido el replicar con arrogancia al propio emperador de Roma.

Foto 8.- Vista de la base de la pilastra mejor conservada, tallada en una sillería de muy buena calidad.

Los restos de los Baños de Herodes Ático constituyen el vestigio arquitectónico más importante de la ciudad. Sin duda alguna conformaron un conjunto edilicio más que sobresaliente hasta el punto de que, a pesar del expolio y de no estar excavados, todavía resultan grandiosos a la vista. En la figura 4 podemos ver un plano de los baños realizado en 1745. Aunque algunas de las estructuras representadas no existen a día de hoy, en general el croquis sigue siendo válido y útil para estudiar las ruinas.

Como se puede apreciar en el plano, los muros de la fachada Este son los mejor conservados con mucha diferencia. Sobre el terreno observamos una potente estructura de mampostería aglomerada con mortero de cal (opus incertum), constituyendo este aparejo el núcleo interno del muro original. Por su parte, los paramentos externos de esta estructura, hoy expoliados en su gran mayoría, debieron estar elaborados en un sillarejo de tamaño pequeño, algunos restos del cual pueden apreciarse aquí y allá. Las esquinas y demás puntos delicados fueron reforzados con grandes sillares calizos (foto 3). Finalmente observamos que toda la estructura se encuentra horadada por una larga sucesión de bóvedas de medio cañón: construidas vía la colocación en seco de grandes sillares de piedra caliza así como cubiertas por arcos de medio punto adovelados (foto 4), tallados en el mismo material. En la actualidad sólo los citados arcos pueden verse en superficie, el resto del alzado de las bóvedas se encuentra soterrado bajo una potente capa de escombro. En algunos puntos pueden observarse arcos de descarga (foto 5) sobre las citadas bóvedas destinados a aliviar el peso de los pisos superiores sobre aquéllas.  

Foto 9.- El ninfeo construido por Herodes Ático. Base de sillería de alta calidad.

Las dependencias de los baños estaban cubiertas por bóvedas apoyadas en el muro exterior y en una serie de pilastras en el interior. Se conservan los restos de algunas de estas pilastras (foto 6), con base de sillería y alzado de mampostería similares ambas a la del muro exterior. 

El centro del complejo edilicio estaba ocupado por un amplio espacio cuadrado cubierto por una bóveda de arista de gran tamaño (foto 7). Quedan los restos de las cuatro grandes pilastras que soportaban dicha bóveda, una de ellas en bastante buen estado (foto 8), conservando incluso el arranque del arco con el que se conectaba al resto de la estructura. Estas cuatro pilastras se conectaban entre sí a través de arcos de medio punto adovelados, esbeltos y de amplio vano, tres de los cuales se mantienen in situ contra todo pronóstico dada su aparente fragilidad. Una incontestable prueba de la eficacia de esta técnica constructiva.

Foto 10.- El ninfeo visto desde su esquina SE, con la base de sillería y el alzado de mampuesto.

Al otro lado de la carretera, muy cerca de los baños que acabamos de visitar, se alzan las ruinas de una estructura con forma de U, con base de sillería muy bien trabajada y alzado (muy dañado) de mampostería aglomerada (fotos 9 y 10). Ha sido identificado con un ninfeo o fuente monumental. Junto a este ninfeo, a muy pocos pasos de su cara norte, se distingue un murete semiconfundido en la vegetación. Se trata de los restos del último tramo del acueducto de la ciudad, en este caso dispuesto en forma de canal elevado.

Foto 11.- Muros de viviendas de gran tamaño donde destaca al "opus pseudo-reticulatum" de los muros.

Exploramos un poco más el área, empapándonos de su aroma a siglos. No hay un alma por allí, cosa nada extraña toda vez que estas ruinas se encuentran en un lugar muy apartado de Turquía. De vuelta al coche conducimos alrededor de 800 metros hasta llegar a un área despejada de vegetación donde se han venido realizando excavaciones arqueológicas en los últimos años, motivo por el que está pertinentemente vallada y vigilada por un aburrido guarda. Queda alrededor de media hora de luz desfalleciente, suficiente para echar un vistazo.

Foto 12.- Calzada enlosado flanqueada por muro de contención de sillería.

Junto a la valla vemos una concentración de muros de viviendas de gran tamaño, probablemente pertenecientes a algunas domus de clase alta (foto 11). Nos llama la atención el empleo del aparejo conocido como opus pseudo-reticulatum (formado por una malla de pirámides de base cuadrada insertas de punta en la masa del muro), típicamente romano, muy utilizado en Italia en época republicana e imperial temprana y que hasta ahora no habíamos encontrado ni volveríamos a encontrar por esos contornos orientales, de tradición arquitectónica griega.

Foto 13.- Lápidas dedicadas a Adriano halladas durante las excavaciones de la ciudad.

Un poco más allá se encuentra un tramo de calzada enlosada, flanqueada por un muro de contención de sillería, ambos en buen estado de revista (foto 12). Junto a estos hallazgos se encuentran depositadas tres lápidas con inscripciones griegas y latinas exhumadas durante las excavaciones. Las tres fueron dedicadas a Adriano: un emperador especialmente venerado por los ciudadanos de Troas en agradecimiento a los generosos beneficios recibidos de su imperial mano. En la foto 13 podemos ver las tres lápidas que acabamos de mencionar, una de ellas, como se ve, en excelente estado de conservación.

Foto 14.- Base de mampostería hormigonada de un templo de época imperial.

Separados por pocos metros se encuentran las bases de sendos edificios: un templo (foto 14) y un odeón semicircular (foto 15). Están bastante deterioradas, la verdad, quedando únicamente los núcleos desnudos de mampostería basta hormigonada. Todo lo demás fue expoliado hace siglos.

Foto 15.- Base de mampostería de un odeón.

Finalmente contemplamos el más llamativo de los edificios excavados: el teatro de Alexandria Troas. No está exhumado más que parcialmente si bien tampoco parece que quede gran cosa por sacar a la luz a juzgar por el acusado grado de expolio que evidencian sus paramentos (no se ven más que un puñado de sillares). La escena parece que ha conservado algo de su basamento (foto 16), incluidos algunos bloques in situ, las cáveas lucen bastante peor, con sus galerías abovedadas prácticamente colapsadas (foto 17)  y sin rastro de asientos pétreos. También se aprecian algunos restos de galerías porticadas, propias de esta clase de edificios, pendientes de una excavación más en profundidad (foto 18).

Foto 16.- Escena, moderadamente bien conservada, del teatro de Alexandria Troas.

La noche se cierne sobre las ruinas de Alexandria Troas. Se ve ya bastante mal, de hecho las últimas fotos las hemos tenido que hacer forzando mucho la óptica de la cámara. Todavía nos queda un buen pedazo de yacimiento que explorar más mucho nos tenemos que tendrá que ser en otra ocasión. Retornamos, pues, al coche y a la estrecha carretera. Por delante tenemos alrededor de 60 kms de lento trayecto, repleto de curvas, atravesando algún que otro pequeño pueblecito donde paramos a comprar unas chocolatinas. Los lugareños nos miran con curiosidad: se nota que por esos parajes no suelen pasar demasiados turistas.

Foto 17.- Ruina de las cáveas superiores, con las galerías abovedadas prácticamente colapsadas.

Al cabo, llegamos a nuestro destino: Behramkale, nombre turco que oculta al del mítico puerto de Assos. Conducimos por una estrecha carretera, paralela a las ruinas de la ciudad griega, cuyas murallas atisbamos a la luz de la luna. Al otro lado un vertiginoso acantilado nos separa de las aguas del Egeo. Intimida un poquito, para qué negarlo. Mas nos anima el hecho de que una acogedora habitación de hotel nos está esperando al final de esa ruta, precisamente en el lugar donde se hallaba el antiguo puerto de Assos. Un final cuanto menos curioso para un día largo y bonito.

Foto 18.- Restos de las galerías porticadas inferiores del teatro pendientes de excavación.