lunes, 21 de julio de 2014

El recinto amurallado tardorromano de Bernardos (Segovia).

El recinto amurallado de Bernardos se ubica en la cumbre de un ancho cerro no excesivamente prominente en altura si bien dominante en relación con las demás elevaciones de los contornos. Para llegar a él hay que coger un camino que tierra que abandona el pueblo segoviano del anterior nombre en dirección norte y seguirlo siempre hacia arriba, tomando como referencia las indicaciones que conducen a una explotación de pizarras contigua al cerro en cuestión, a la sazón denominado en el pueblo con el clarificador apelativo de “Cerro del Castillo”, y aparcar el coche junto a la Ermita de la Virgen del Castillo, de moderna factura así como situada a pocos pasos del yacimiento arqueológico.

Derrumbadas en buena parte de su perímetro, si bien perfectamente visibles en todos los lados del antiguo recinto salvo en el del norte, las poderosas cortinas de pizarra están siendo parcialmente excavadas con gran éxito tanto desde el punto de vista científico como desde el cada vez más importante turístico dada la espectacularidad de las estructuras resultantes una vez desescombradas, limpiadas y consolidadas. 

Frente occidental del Cerro del Castillo, con su cerca torreada de clara tipología romana.

Aunque a primera vista, observando tan solo los paramentos derrumbados y no saneados, el yacimiento parece corresponder al de un típico castro de la Edad del Hierro, lo cierto es que no hay más que echarle una ojeada a la zona excavada para certificar la cronología romana del recinto de Bernardos. Así lo indica en efecto la tipología de las fortificaciones, constituidas por una gruesa muralla de unos 4 metros de espesor por 2,5 de altura conservada, flanqueada convenientemente por cubos macizos semicirculares en la más pura tradición clásica y de la cual no faltan ejemplos en la península Ibérica: León, Lugo... Por otra parte el aparejo en que está ejecutada esta obra defensiva, a saber una sobria mampostería de pizarra unida con barro hacia el interior y trabada en seco en los paramentos externos, es también propio de las fortificaciones de época romana tal  como atestiguan otros yacimientos españoles como el de Cabeza Rasa en la provincia de Cáceres. Incluso el único acceso al recinto excavado hasta la fecha sirve para corroborar fehacientemente su filiación romana habida cuenta su relativa pero muy funcional simplicidad, sin más complicación que un grueso portón de madera y el amparo de los correspondientes cubos de flanqueo, uno a cada lado del referido acceso.

Aparejo de mampostería en lascas, bien cogida con barro, habitual en el recinto de Bernardos.

A la luz de todos estos datos, complementados con las informaciones proporcionadas por las fuentes escritas y por el registro cerámico del yacimiento, resulta suficientemente coherente la hipótesis planteada por los arqueólogos excavadores del yacimiento según la cual el recinto amurallado de Bernardos se fundó en época tardorromana –concretamente hacia el último tercio del siglo IV d. J.C—con ocasión del abandono constatado en varias villae rústicas de los alrededores ante la grave inseguridad ocasionada por la guerra civil entre el emperador Teodosio, nacido en Coca, muy cerca de Bernardos, y el bando del impostor Constantino III, así como por la sucesiva entrada de contingentes bárbaros en Hispania a partir de la segunda mitad delsiglo III. Dicho esto no es difícil imaginar a la nueva población –cuyo nombre, si lo tuvo, no se ha conservado—como el lugar de concentración de los antiguos pobladores antaño dispersos en sus villae y ahora recogidos tras las firmes murallas de su flamante castro, sin duda de nueva planta pues no hay indicios cerámicos de habitación prerromana en el cerro del Castillo posteriores a la remota Edad del Bronce.

Sección longitudinal y paramento interno del recinto amurallado de Bernardos.
  
Dejando a un lado ahora las estructuras amuralladas, sin duda principal atracción del yacimiento, resultan destacables también los restos de edificaciones civiles desenterrados al pie del lienzo defensivo, esto es anejos a él siguiendo una práctica corriente en las épocas clásica y medieval. Nuevamente según las conclusiones de los arqueólogos del yacimiento estos restos corresponden a una cronología visigoda, continuadora sin interrupción en el poblamiento de la romana original y cuyos artífices no debieron dejar de mantener en buen estado la cerca tardorromana por su propio interés.

Así mismo, ocupando cierta elevación hacia la zona central del cerro del Castillo, se aprecia un foso excavado en la roca aparentemente dispuesto para separar dicha elevación del resto de la superficie fortificada. Este detalle, unido a la existencia de mortero de cal de regular calidad en muchas partes de la obra principal así como a la existencia de cerámicas musulmanas en la superficie del cerro permite asegurar un reaprovechamiento del recinto de Bernardos en época islámica, emiral y califal preferentemente, así como la erección en la elevación antes citada de alguna suerte de alcázar a modo de sede de gobierno de la plaza y última defensa de ésta según los bien conocidos usos islámicos. 

Entrada simple, entre cubos.

No parece sin embargo probable que hubiera por aquel entonces muchos pobladores civiles en el recinto de Bernardos: no en vano situado en plena frontera con el belicoso cristiano  y expuesto por ello a todos sus ataques. En realidad, lo más probable es que la plaza, dada su evidente bondad estratégica, constituyera por entonces poco más que un baluarte defensivo sin más moradores que su guarnición, ya fuera califal o taifal. Así parece apuntarlo efectivamente el casi inmediato abandono del recinto que se constata tras la conquista cristiana de la zona –algo antes de 1085-- y el paso de Bernardos a una condición de retaguardia: exenta ya de cualquier valor estratégico que asumiera el coste de la manutención de una guarnición en su fortaleza así como poco atractiva para los posibles colonos cristianos que hasta allá irían llegando en busca de una nueva vida y que de hecho no tardarían en fundar una miríada de pueblos destinados a dotar de calor humano las amplias llanuras que se extienden por esta parte de Castilla.