sábado, 3 de marzo de 2012

La ciudad celtibérica de ARCÓBRIGA.

Los evocadores vestigios de Arcóbriga, ciudad celtíbero-romana, se encuentran en la cumbre de una extensa meseta llamada cerro Villar, dos kilómetros al oeste de la localidad zaragozana de Monreal de Ariza.


Aunque se han localizado abundantes vestigios de poblamiento prerromano (datables a partir del siglo VI a.C.) en los alrededores del cerro Villar, lo cierto es que, a día de hoy, no se posee ninguna evidencia arqueológica que confirme la existencia de una Arcóbriga celtibérica previa a la romana, de ahí que la ciudad deba ser considerada –de momento—una  fundación romana aunque con un fuerte sustrato indígena tal y como indica sin ir más lejos su nombre, de honda raigambre celta así como relacionado con un ancestral culto al oso por parte de los pueblos de la zona.

El Cerro Villar, con su extremo meridional en primera fila, donde se alzara una torre de flanqueo de la muralla a modo de atalaya avanzada.

El motivo de la fundación de este asentamiento debe relacionarse con su gran bondad estratégica al permitir el control del cauce alto del río Jalón, a la  sazón vía de comunicación de primer orden entre la meseta castellana, el levante peninsular y el valle del Ebro, al noreste. Consecuencia de esto es la cita a Arcóbriga como mansio de la rutas XXIV y XXV del Itinerario de Antonino, rutas ambas que enlazaban Mérida con Zaragoza o lo que es el igual el occidente con el oriente peninsular. En ambos casos la ciudad aparece mencionada entre los hitos de Segontia (Sigüenza, viniendo desde el sur) y  Aquae Bilbitanorum (Alhama de Aragón), hecho fácil de explicar habida cuenta que las rutas XXIV y XXV coinciden a partir de Complutum, la actual Alcalá de Henares, mansio situada a 92 millas romanas de Arcóbriga.

Arcóbriga. Vista general de un largo tramo rectilíneo del primer recinto de muralla.

Ptolomeo de Alejandría sitúa Arcóbriga entre los celtiberos, aportando las siguientes coordenadas: 13º 05´ N, 41º 25´ E. A juzgar por la ubicación concreta de la ciudad dentro del área celtibérica así como por los datos aportados por la célebre tesera de hospitalidad localizada en la ciudad, Arcóbriga perteneció a la etnia de los Belos.
  

La última fuente clásica, aunque escrita ya en una época bastante tardía (siglo VII, copiando un mapa romano del siglo IV), que menciona la ciudad de Arcóbriga es el anónimo de Rávena. Allí aparece con el nombre de Arcóbrica dentro de una ruta entre la meseta y el valle del Ebro coincidente con la del itinerario de Antonino antes comentada.

Sección longitudinal de la muralla del primer recinto, donde se aprecia claramente su gran espesor.

Arcóbriga alcanzaría el rango de municipio a consecuencia del edicto de Latinidad de Vespasiano (hacia el 73 d.C.), por el que se concedía la ciudadanía latina a todos los habitantes de Hispania. Así parece indicarlo la escasa epigrafía relacionada con la ciudad, en la que se menciona la adscripción de alguno de uno de sus naturales a la tribu Quirina (AE 1979, 430), a la sazón la escogida por Vespasiano para inscribir a los hispanos elevados a la condición de nuevos ciudadanos del imperio.
Las primeras excavaciones en el cerro Villar se remontan a comienzos del siglo XX. Realizadas bajo la dirección del marqués de Cerralbo, pusieron al descubierto buena parte de la ciudad antigua si bien empleando una metodología poco depurada, incapaz de extraer un caudal de información proporcional a la magnitud del esfuerzo realizado. En la actualidad se halla otra vez enterrado la mayoría de lo que entonces se encontró, si bien es aún reconocible en superficie.

Torre de flanqueo localizada en el extremo meridional del primer recinto o inferior.

Los restos más importantes localizados por el marqués y sus seguidores son, sin duda, los de las termas de la ciudad. Verificadas en sillarejo, aún pueden reconocerse las distintas estancias que componían todo complejo termal de la época. También son destacables las ruinas de una basílica, las del foro de la ciudad, con su templo y los cimientos de un edificio singular, precedido de una escalinata en muy buen estado de conservación.


Como la mayoría de las ciudades hispanorromanas, Arcóbriga estaba dotada de un sistema defensivo bastante potente, que ha llegado hasta nosotros en bastante buenas condiciones, siendo posible su estudio en una parte significativa de su perímetro.

Muralla del segundo recinto o superior de Arcóbriga, localizada en el sector de la acrópolis, de ahí la excelente factura de sus sillares.


Las murallas de Arcóbriga estaban dispuestas en dos anillos concéntricos, ceñidos al borde de otros tantos amesetamientos concéntricos en que se distribuye la topografía del cerro Villar.

El primer recinto o inferior en razón de ceñirse al borde del amesetamiento situado a cota más baja, es con diferencia el más largo de los dos. Engloba una superficie aproximadamente el triple de extensa que la del recinto superior. En su interior, ocupando la cumbre del primer amesetamiento, se observan múltiples cimientos de habitaciones rectangulares dispuestas sin mucho orden dentro de una difusa ortogonalidad. Se trata, pues, de la zona popular de la ciudad.

Detalle de la muralla del segundo recinto, en el sector de la acrópolis, caracterizada por su magnífica sucesión de tizones entre hiladas de largas sogas muy bien labradas.


La muralla del primer recinto, aunque irregular en su geometría al adaptarse al perímetro del amesetamiento, evoluciona mayoritariamente en tramos rectilíneos. Su fábrica sigue la típica técnica de triple hoja básica, con dos paramentos –externo e interno—y un núcleo central, macizo. Los paramentos fueron erigidos en una tosca sillería de tamaño variable, aunque de gran módulo por regla general, colocada en seco y con algunos ripios, no muchos. Su espesor medio es de tres metros, conservando en el mejor de los casos (caso del paramento externo) un alzado de un metro. El paramento interno y el macizado central –mezclas heterogénea de tierra y cascotes— se encuentran casi totalmente soterrados, sobresaliendo a duras penas en la superficie.

Erigida a modo de atalaya en el extremo meridional de este primer recinto se encuentran las ruinas de una torre cuadrangular de flanqueo, labrada en una sillería similar aunque algo mejor trabajada que la de la muralla contigua. Sus dimensiones aproximadas son de 5 x 5 metros. Sin duda es el elemento poliorcético más destacable con que cuenta esta cerca, lo que desde luego no es mucho.

Ruinas de la torre del flanqueo del vértice noroccidental del sector de la acrópolis.

El estudio de estas estructuras, en cuyo empleo se utilizaron técnicas de clara tradición indígena, indica una cronología temprana. Si a esto le unimos la escasa relevancia de los elementos poliorcéticos presentes –poco más que la torre anterior y los vestigios poco claros de una entrada en esviaje—podemos deducir el origen fundacional de la muralla (primera mitad del siglo I d.C. como se dijo), destinada por ende más a delimitar la ciudad que a protegerla.

El segundo recinto o superior envuelve el perímetro del segundo amesetamiento del cerro Villar, el cual coincide a grandes rasgos con el tercio norte de la cumbre del cerro. En su extremo septentrional se observa una tercera elevación, ligeramente amesetada, que debió hacer las veces de acrópolis del conjunto. Por lo demás, este recinto superior se encargaba de proteger la parte noble de la ciudad, con sus edificios públicos y monumentales. Esto explica la mejor talla de sus paramentos, constructivamente idénticos a los del recinto inferior más levantados con una sillería significativamente mejor labrada, sin apenas ripios dada la uniformidad de las hiladas resultantes, así como colocada siguiendo una alternancia irregular de sogas y tizones de evidente inspiración romana.

Curva realizada por la muralla del segundo recinto allá en su extremo septentrional.

La acrópolis del recinto estaba separada del resto de la ciudad por medio de un lienzo de muralla, bastante deteriorado. Una escalera, en regular estado de conservación, permitía el acceso desde el segundo amesetamiento a la acrópolis y viceversa. La muralla de la acrópolis, que coincide con la del segundo recinto en su frente septentrional, es la más gruesa de todo el recinto fortificado, alcanzando los cuatro metros de espesor. Aunque muy derruida, es evidente que se encuentra bastante bien preservada bajo la capa de escombros que la cubre.

El flanqueo del vértice noroccidental de la acrópolis, punto vulnerable de cualquier dispositivo defensivo, se verificaba por medio de una torre cuadrada, aparentemente maciza, cuya primera hilada puede observarse en superficie. Siguiendo hacia levante, la muralla realiza una amplia curva a fin de adaptarse a la geometría del amesetamiento, después prosigue de forma rectilínea en el que es, sin duda, el tramo mejor conservado de todo el perímetro amurallado, con sus cuatro hiladas del alzado y los restos de una torre cuadrada maciza asomándose al exterior.

Empalme, en ángulo recto, entre el primer y el segundo recinto.


La unión del segundo recinto con el primer recinto puede verse con claridad en el sector occidental de la muralla de la acrópolis. Allí enlaza la muralla inferior con la superior formando un ángulo recto, todo ello muy bien preservado afortunadamente.

Relacionado con los elementos defensivos de la acrópolis puede citarse el gran aljibe rectangular localizado por el marqués de Cerralbo hacia el centro del tercer amesetamiento. Excavado parcialmente en la piedra, luce muros de buena sillería espléndidamente conservados. Probablemente su cometido era el de servir de aprovisionamiento de agua a la guarnición de la ciudad en caso de asedio.

Aljibe de sillería de la acrópolis de Arcóbriga.


Arcóbriga conocería su esplendor en los siglos altoimperiales –I y II d.C.— al igual que el resto de las ciudades romanas de la zona y de Hispania entera en realidad. La decadencia vendría en la centuria siguiente, despoblando progresivamente la que fuera ciudad floreciente y hermosa. Según el marqués de Cerralbo, la muralla de Arcóbriga mostraba evidencias de haber sido castigada  con proyectiles de catapulta –algunos de estos últimos fueron de hecho encontrados durante las excavaciones de principios del siglo XX--. También se encontraron abundantes cenizas en los últimos niveles estratigráficos, lo que refuerza la hipótesis de una destrucción violenta de la ciudad.

El estudio de los materiales arqueológicos hallados en las excavaciones arroja una cronología del siglo III como fecha más tardía, si bien la pieza monetaria más moderna encontrada es del emperador Honorio --393 a 423-- esto es, al menos cien años más reciente. Quizás la plaza fuera expugnada durante las invasiones francas de la segunda mitad del siglo III. Desde luego Arcóbriga estaba en el camino seguido por los bárbaros en su mortífera marcha hacia el sur, estando probado que la destrucción alcanzó a lugares tan cercanos como Bílbilis o Caesaraugusta. Es posible que a pesar del daño recibido, la ciudad continuara habitada en forma de una ocupación residual, sin el menor pulso urbano, que iría languideciendo hasta su definitiva desaparición en algún momento impreciso de la Antigüedad Tardía. Probablemente nunca se sepa qué ocurrió en este lugar del valle alto del Jalón. Lo que sí parece seguro es que Arcóbriga ya llevaba mucho tiempo abandonada cuando el monarca aragonés Alfonso I el Batallador erigiera la cercana fortaleza de Monreal de Ariza en pleno medioevo (principios del siglo XII concretamente).

 
Sección longitudinal del segundo recinto de la muralla de Arcóbriga, en el sector de la acrópolis. Se distinguen claramente tanto el paramento interno de la estructura, hecho de sillería, como el núcleo macizo de tierra y cascotes. Al fondo se aprecia la torre de flanqueo cuadrangular con que contaba en este lado la muralla de la ciudad.