domingo, 3 de julio de 2011

La primera Tetrarquía –2ª parte-

Los primeros años de la Tetrarquía y sus grandes campañas militares

Aunque la Diarquía fue un sistema que funcionó razonablemente bien durante algunos años, lo cierto es que la fuerza de las circunstancias llevó a concluir que dos emperadores eran aún demasiado pocos para solventar los problemas del vasto imperio romano, sobre todo en su mitad occidental donde el rebelde Carausio no sólo no había sido derrotado allá en su feudo britano (incluso se las había apañado para rechazar un ataque en toda regla en el 289) sino que además había ido incrementando su poder en el continente en perjuicio de la autoridad del Augusto Maximiano. Se imponía, pues, aumentar el número de miembros de la jefatura del imperio, conclusión a la que, según algunos investigadores, ya habían llegado los dos augustos a finales de 290 con ocasión de su conferencia de Milán, donde entre ceremonia y ceremonia, a cada cual más fastuosa y cargada de pompa y boato, habían debatido en profundidad acerca de los problemas que aquejaban al imperio. 

Como los problemas eran más graves en occidente, fue allí por donde se decidió comenzar. Así, el día 1 de marzo de 293 d.C., en la capital imperial de Milán, Maximiano nombra César de occidente a Flavio Valerio Constancio, apodado Cloro por el color de su piel, profundamente claro. Esta designación no debió resultar muy inesperada para nadie ya que Constancio, hombre de gran experiencia militar que había sido gobernador de la provincia de Dalmacia, ostentaba en el momento de su ascenso el mando del ejército que combatía contra Carausio así como el cargo de Prefecto del Pretorio de Maximino (una suerte de jefe de su casa militar), responsabilidades ambas que indicaban era el hombre de confianza del augusto de occidente, confianza ésta que reforzaría haciéndole casar con su hija Teodora (para lo cual Constancio hubo de repudiar a su esposa Elena, madre del futuro emperador Constantino). Por su parte Diocleciano nombraría como César de oriente (mayo de 293) a Galerio, se piensa que su prefecto del pretorio y desde luego un militar con sobrada experiencia que se remontaba a los tiempos de Aureliano y Probo. Al igual que hiciera Maximino, hizo casar a Galerio con su hija Galeria Valeria, concediendole el pomposo nombre de Cayo Galerio Valerio Maximiano.

Los nuevos Césares, aunque inferiores en rango en los Augustos y por tanto supeditados a éstos en lo que a las directrices generales de su política se refería, poseían no obstante autoridad absoluta sobre las provincias puestas a su cargo. Concretamente Constancio recibió el gobierno de la Galia y Britania, instaurando su capital en la septentrional Treveris, mientras que Galerio asumió el control de las provincias de Iliria, Tracia, Macedonia y Siria, todas ellas fronterizas, lo que vaticinaba una intensa prolongación de su vida militar al nuevo César.
 
Concluida la reorganización del estado romano, conocida a partir de entonces como la  Tetrarquía o “Gobierno de Cuatro” así como sellada con la adopción formal de los nuevos Césares por parte de los Augustos, los soberanos se pusieron manos a la obra, cada uno en su zona de influencia. En verdad eran muchas las amenazas que aquejaban al imperio por lo que no había tiempo que perder.
 
Constancio Cloro sería el primer miembro de la Tetrarquía en “apuntarse un tanto”. En efecto, su lucha contra Carausio se reanudó con un sonado éxito al derrotar al ejército rebelde que amenazaba con apoderarse de la Galia y empujarlo hacia el mar hasta arrebatarle la plaza marítima de Gesoriacum, también conocida como Bononia, muy cerca de la actual Calais, de inmenso valor estratégico en tanto en cuanto su dominio permitía la invasión por mar de Britania. El impacto de este desastre entre los rebeldes britanos fue tan grande que provocó el asesinato de Carausio por su tesorero Alecto, quien se hizo proclamar emperador del por entonces conocido como Imperium Britanniarum.
 
Los dos años siguientes los emplearía tanto en someter a los aliados francos de Alecto que podían obstaculizar la recuperación de Britania como en construir una poderosa flota que le permitiera ganar el dominio del canal de la Mancha el tiempo suficiente para desembarcar su ejército en suelo britano. Una vez alcanzados estos objetivos (295) Constancio acomete la invasión de Britania, seguro de que tiene las espaldas cubiertas por el Augusto Maximino que ha llegado al frente de sus tropas desde sus provincias meridionales para relevar coyunturalmente a Constancio en su fundamental tarea de proteger la frontera fortificada del Rhin. Para ello, el César de occidente divide su ejército en dos grandes cuerpos, el primero bajo sus órdenes y el segundo al mando de su prefecto del pretorio, Asclepiodoto, partiendo en al mismo tiempo aunque desde puertos y con flotas distintas. Sin embargo el destino en forma de mal tiempo retrasará el trayecto del César, concediéndole al fiel Asclepiodoto --que ha aprovechado la niebla, tan frecuente en aguas del canal, para burlar a la flota rebelde y desembarcar con éxito cerca de la actual Southampton-- el honor de dar batalla al ejército del Imperium Britanniarum, con su comandante el emperador Alecto a la cabeza. La victoria de las tropas imperiales será total, muriendo el propio Alecto en la batalla. Descabezado de esta manera su inestable reino, los restos de su ejército, en su gran mayoría mercenarios francos  del continente, se dispersan en una horda de saqueos y destrucción sólo detenida con la intervención del ejército de Constancio, que los masacra cuando se acercaban ya con malignas intenciones a Londinium, la capital de la provincia, entrando a continuación en ella entre los vítores de la población que lo aclaman como a su libertador. Era el último día de existencia del Imperium Britanniarum, cuyos territorios volvían así al seno del Imperio.


Una vez concluida con éxito su campaña britana, Constancio procedió a reorganizar la provincia así como a devolver a parte de sus tropas a las fortalezas renanas en las que estaban de guarnición, lo que permitió al Augusto Maximiano abandonar los dominios de su César y centrarse en los problemas que asolaban su porción del Imperio. Descritos como una interminable sucesión de saqueos y matanzas a manos de las tribus bereberes de los montes Atlas, que año tras año asolaban las dos Mauritanias (Cesariana y Tingitana), llegando en sus correrías hasta las tierras del sur de Hispania, no eran en verdad una amenaza pequeña ya que la falta de respuesta por parte romana estaba envalentonando sobremanera a los fieros mauri (de donde viene la palabra castellana “moro”) norteafricanos hasta el extremo de poner en cuestión la soberanía romana sobre el territorio. Fue así como Maximiano, tras reunir un gran ejército de heterogénea procedencia, entró en Hispania, destruyendo las partidas de mauri que asolaban su mitad meridional, especialmente la rica provincia de la Bética, para pasar después a la Mauritania Tingitana donde en el mes de marzo del año 297 inicia su campaña contra los bandidos bereberes. Cuentan las crónicas que la guerra fue especialmente dura, sin batallas campales al preferir el enemigo el empleo de la guerra de guerrillas que dominaban con maestría. Sin embargo el poderío de la maquinaría militar romana acabaría por imponerse, logrando expulsar a los bereberes de sus montañas natales y arrojarlos al Sáhara. Así, el 10 de marzo de 298 Maximiano entraba triunfal en la gran ciudad de Cartago siendo aclamado por la multitud con el apelativo de redditor lucis aeternae, el Restaurador de la Luz Eterna.

Mientras tanto, en Oriente, Diocleciano y su César Galerio tampoco se hallaban precisamente de brazos cruzados. Tras unos primeros contratiempos relativamente fáciles de resolver (castigo a los sármatas en el limes del Danubio y sometimiento de ciertas rebeliones menores en Egipto), el nuevo soberano persa Narsés declara la guerra a Roma, invadiendo acto seguido (primavera de 296) el protectorado romano de Armenia. La respuesta romana no se hace esperar: un ejército al mando del César de oriente parte de Antioquía y tras cruzar la provincia de Siria se interna en tierras mesopotámicas donde será duramente derrotado por las huestes sasánidas en la batalla de Calínico.

Una vez en presencia de Diocleciano, el derrotado Galerio intentará disculparse, a lo que su airado superior le replica que en lugar de pergeñar explicaciones lo que tiene que hacer es volver al frente y lavar su honor y el de Roma. Se cuenta que incluso le obligó a caminar, vestido de púrpura, detrás del carro imperial (conducido por el propio Diocleciano) en cierto desfile a fin de que todo el mundo supiera de la indignación del Augusto para con su César. No obstante, lo cierto es que en aquel momento los romanos orientales carecían de fuerzas para volver a la lucha por lo que no era mucho lo que el avergonzado Galerio podía hacer.
  

Tuvo que ser la diosa fortuna la que se decidiera a ayudar al atribulado Imperio, impidiendo que el persa Narsés acertara a aprovecharse de su ventaja ya que se limitó a permanecer al acecho en Armenia y Mesopotamia sin atreverse a penetrar hacia la gran ciudad de Antioquía, la tercera del Imperio por aquel entonces, cuya pérdida hubiera supuesto sin duda un golpe demoledor para el dominio romano en tierras de Asia. Esto permitió que cuando en la primavera del 298 acampaba en las cercanías de Antioquía una nutrida hueste de legionarios (incluidos varios contingentes de mercenarios godos y sármatas) procedente de las fronteras del Danubio, un repuesto Galerio pudiera partir hacia el noreste, camino de Armenia, en busca de su desquite.

Se estima en 25000 hombres el número de combatientes que alineó el César Galerio allá en la montañosa Armenia frente a su oponente persa, que no había sido capaz de forzar la batalla en un paraje más llano y por tanto más apropiado para el empleo de su formidable caballería acorazada: los célebres catafractos. El lugar era conocido como Satala y allí, tras un comienzo de combate tan cruento como indeciso, las tropas romanas arrollan a las sasánidas, poniendo en fuga a todo el ejército hasta el punto de que el propio rey Narsés debe escapar a uña de caballo mientras los romanos se apoderan de su campamento donde ha quedado su tesoro, su harén, varios familiares entre los que debemos destacar a su esposa oficial y la mayor parte de su corte.

A diferencia de Narsés, Galerio sí sabría explotar el éxito, conquistando en una rápida campaña Armenia y la parte de Mesopotamia hasta el río Tigris. No contento con ello, avanzaría hasta la capital persa, la mítica Ctesifonte, la cual tomaría y saquearía también, repitiendo la gesta del emperador Caro, catorce años atrás. Poco después se firmaba en la plaza fronteriza de Nisibis una paz por la que Persia se veía obligada a renunciar tanto a Armenia como a la Mesopotamia a poniente del Tigris, ésta última bajo control de Roma desde tiempos de Trajano pero que había sido perdida en tiempos del emperador Valeriano I  a manos del gran monarca persa Sapor.

Centrándonos ahora en el devenir numismático relacionado con estos intensos años, se pueden dividir las acuñaciones tetrárquicas en dos grupos. El primero, anterior al periodo 294-296 en que se forja la gran reforma monetaria de Diocleciano, supone una continuación a todos los niveles con la amonedación anterior. El segundo, consecuencia de la anteriormente citada reforma, da lugar a la que hoy en día consideramos Moneda Bajo Imperial propiamente dicha, mereciendo por su amplitud una entrada propia de este blog. Nos centraremos ahora, pues, solamente en las monedas de continuación acuñadas entre marzo de 293 d.C., fecha de la proclamación de Constancio Cloro como César y la fechas imprecisas pero siempre dentro del trienio 294-296 d.C. en que las distintas acuñaciones anteriores a la reforma (mayoritariamente antoninianos y una poco prolífica emisión de aureos) van siendo abandonadas en beneficio de los nuevos tipos monetales.

A diferencia de lo que se podría intuir en un principio, las acuñaciones pre-reforma en el periodo citado son, en proporción, mucho más escasas que durante la Diarquía, a pesar de ser ahora cuatro los soberanos del imperio en lugar de dos, lo que forzosamente había de reflejarse en las acuñaciones. En efecto, apenas conocemos alguna emisión aislada y bastante escasa de Diocleciano o Maximiano Hércules datada unánimemente por todos los investigadores en este periodo (concretamente en el año 295 d.C., con ceca de Tréveri), aunque es probable que existan piezas con reversos similares a los de la Diarquía que correspondan también a este periodo. En cualquier caso resulta complicado datar con total precisión las piezas carentes datos sólidos tales como marcas de control adicionales a las de
ceca.

Antoniniano de Maximiano Hércules acuñado en el año 295 d.C. en la ceca septentrional de Tréveri, sin duda alguna revitalizada tras ubicar en ella su capital el César Constancio. Aunque todavía es una moneda pre-reforma, encontramos ya en ella detalles típicos de la moneda bajoimperial como la leyenda de ceca, motivo de que se le haya asignado una datación tan tardía.

Aunque algo más abundantes, tampoco son precisamente comunes los antoninianos pre-reforma acuñados a nombre de Galerio Maximiano y Constancio Cloro, sobre todo los de éste último definitivamente más escasos que los de su colega oriental. Conviene no confundir estas monedas con los radiados post-reforma, bastante más abundantes y cuyo único punto en común es el busto radiado del monarca, motivo por el cual, a pesar de ser tanto morfológica como iconográficamente bastante distintos a las monedas pre-reforma, no es raro verlos calificados como antoninianos. 
  

Antoniniano de Galerio Maximiano acuñado en el bienio 293-294 en la segunda oficina (B del exergo) de la ceca gala de Lugdunum. El anverso GAL VAL MAXIMIANVS NOB C, versión resumida de GALERIO VALERIO MAXIMIANO NOBILISSIMVS CAESAR, nos informa claramente de la identidad del César de Oriente si bien el reverso persiste en su halago a los dos Augustos, concretamente en este caso a su buen entendimiento, esto es buena concordia (CONCORDIA AVGG = CONCORDIA AVGVSTORVM). De hecho lo normal es que los reversos de estos antoninianos no mencionen para nada a los Césares (la excepción es una acuñación de Antioquía que veremos después) sino a los Augustos o, todo lo más, a alguna alegoría relacionada con su nombramiento como Césares tal y como tendremos ocasión de apreciar en la moneda siguiente. En cualquier caso y duda lo relativamente reducido de estas emisiones no se da un gran repertorio de reversos al estilo de lo que podemos encontrar en los antoninianos de pasadas épocas.
Antoniniano de Constancio Cloro acuñado en la ceca de Roma a juzgar por el relámpago representado en el exergo del reverso, marca típica de dicha ceca. A juzgar por la leyenda PROVIDENT DEOR à PROVIDENTIA DEORVM, la Providencia de los Dioses, un propagandístico intento de asignar a los dioses romanos la decisión de haber sido escogido Constancio como César, la moneda debió ser acuñada poco después de su nombramiento a modo de “presentación pública” del nuevo César de occidente.
  

Antoniniano de Maximiano Hércules acuñado en la ceca siria de Antioquía en el trienio 293-295 en su tercera oficina (letra G del campo). Interesantísima moneda, la única que hace referencia a los Césares en su reverso, en este caso resaltando su carácter de protegidos de las deidades patronas de la Diarquía, Júpiter y Hércules tal y como reza la leyenda extendida: iovi et hercvli conservatori caessarvm. Existe también esta emisión a nombre de Constancio Cloro.

Por último merece la pena señalar ciertas acuñaciones labradas por el rebelde Carausio en sus cecas britanas (Londinium y Camulodunum) a nombre de los Augustos Diocleciano y Maximiano claramente anteriores al advenimiento de los Césares cuando el líder del Imperium Britanniarum aún aspiraba a ser reconocido como un colega más por los diarcas, de ahí que intentara suavizar su actitud acuñando moneda a nombre de los Augustos. Su característica principal, más allá del estilo estilístico, es la contracción AVGGG en el reverso, contracción de AVGVSTORVM si bien haciendo referencia en este caso a Tres emperadores (Carausio, Diocleciano y Maximiano) en lugar de Dos, lo que sería la fórmula habitual AVGG. Como es sabido no le saldrían bien sus planes al rebelde britano, cesando estas acuñaciones desde el mismo momento en que Constancio Cloro es nombrado César con el principal objetivo de acabar con su Imperium Britanniarum. Al igual que las demás acuñaciones de Carausio son monedas bastante escasas y buscadas por los coleccionistas. La siguiente  moneda es un bonito ejemplo de estas acuñaciones, acuñada en la ceca de Camulodunum a nombre de Diocleciano.
  

En las ilustraciones de esta entrada podemos ver en primer lugar el célebre conjunto escultórico que representa a los tetrarcas en actitud de abrazarse –CONCORDIA--, hoy en la ciudad de Venecia, antaño en Constantinopla. A continuación podemos ver un busto de Constancio Cloro seguido de otro de Galerio Maximiano, de evidente arte oriental. Seguimos con un fragmento del Arco de Galerio en la ciudad griega de Tesalónica en la que se escenifica una representación idealizada del cenit de la batalla de Satala, con el César Galerio, a caballo, cargando sobre un atribulado Narsés que parece no ser capaz de resistir la embestida. Por último podemos ver una imagen de las ruinas de la capital persa de Ctesifonte, en Irak, tal y como se encuentran hoy en día.

2 comentarios:

Aldus dijo...

Soy historiador profesional y me dedico a la Roma Tardía. Tengo que decirte que tu exposición sobre la tetrarquía es excelente! Agendo tu blog.

Saludos,

Darío

***Aeternitas Numismatics*** dijo...

Buenos días, Darío.

Lo cierto es que me satisfece sobremanera tu comentario máximo viniendo de quien viene. No en vano sigo tu blog desde hace algún tiempo, cuyo elevado nivel no deja indiferente a ningún enamorado de estos temas.
Aunque yo no soy historiador profesional, comparto contigo el interés por el Bajo Imperio, periodo de la historia de Roma a mi juicio el más interesante de todos.
Espero que sigamos "viéndonos" por aquí.
¡Un cordial saludo!