martes, 1 de mayo de 2012

SEGONTIA LANKA, la gran ciudad de los Arévacos.

Segontia Lanka es el nombre con el que fuera conocida en la antigüedad la mayor ciudad de los arévacos, pueblo prerromano del grupo de los celtíberos que tuvieron a bien levantarla junto a la ribera del Duero, muy cerca del lugar donde hoy se alza su heredera, la moderna villa de Langa de Duero.

Ubicada su situación desde los años veinte del siglo XX por el incansable Blas Taracena que excavara parte del asentamiento, sigue siendo muy fácil no perder de vista el punto exacto donde estuviera habida cuenta de la profusión de restos cerámicos de carácter celtibérico que afloran en los campos, sacados a la luz por las aguas y el arado.

El asentamiento de Segontia Lanka ocupaba una serie de cerros de baja altura en general –hay excepciones--, levantados por la naturaleza al pie del Duero, así como los campos anexos, a saber estrechas franjas de tierra encajadas a los pies de los distintos cerretes. Cultivadas hoy en día, estas franjas debieron estar edificadas en el pasado, no así los campos existentes al otro lado del Duero: carentes de registro cerámico significativo y que por ello nos hablan del lugar en que los arévacos tuvieran sus cultivos y ganado.


Paraje abierto, hoy dedicado al cultivo de cereales y girasoles, que en otro tiempo fuera solar de la antigua Segontia Lanka celtibérica.

La extensión de Segontia Lanka ha sido estimada por algunos autores en 60 hectáreas de superficie. Dicha cifra, que la convertiría en la más extensa con diferencia de las ciudades celtibéricas –su densidad de población, a buen seguro baja, es otra cosa--, debe obedecer a cálculos basados en la extensión de los restos cerámicos en superficie así como en los datos suministrados por Taracena (1000 metros en dirección N-S por 600 en dirección E-O) y no a la siempre clarificadora presencia de murallas. De hecho, esta ausencia de murallas tanto visibles en superficie como factibles de seguir con evidencia en la topografía del terreno ha llevado a afirmar que Segontia Lanka fue en el pasado una ciudad no amurallada: nada más lejos de la realidad tal y como demuestran las recientes excavaciones –otoño del 2002—donde se exhumaron fragmentos inequívocos de las fortificaciones con que un día contara la ciudad, a la postre en bastante buen estado de conservación lo que nos lleva a albergar serias esperanzas acerca de la posible monumentalidad de lo mucho que yace aún sepultado.

Entrando ahora en las características formales de los restos de fortificación exhumados, se trata por un lado de un pequeño lienzo de muralla y de otro de la primera hilada de una suerte de estructura circular con claras maneras de fortificación.
Pequeña colina donde se han excavado los escasos restos de la muralla de Segontia Lanka que han sido localizados. De hecho, no son raras las referencias bibliográficas a esta ciudad como lugar abierto, esto es carente de defensas.

La tipología de la muralla se corresponde con la habitual en las defensas celtibéricas, esto es un doble paramento ejecutado en sillería de buen tamaño, bien labrada en su cara vista así como colocada en seco, relleno al interior de tierra y mampuestos irregulares. En la actualidad tan sólo puede verse el paramento exterior de esta muralla, permaneciendo oculto tanto el paramento interno como la mayor parte del núcleo hasta el punto de no poderse hipotetizar nada acerca del espesor total de la fortificación. En realidad el lienzo excavado es bastante pequeño: dos metros y medio de altura –siete hiladas de sillería-- por un par de longitud, si bien es obvio que se continua a izquierda y derecha probablemente en tan buen estado de conservación como éste, ya desenterrado. Considerando asimismo la ubicación de este lienzo, es dable comentar que se encuentra a media ladera de un pequeño cerrete sin especial protección natural, lo cual permite sugerir su pertenencia a la antigua muralla de la ciudad, dispuesta a todo lo largo de su perímetro y no a una fortificación concreta de mayor envergadura, más o menos exenta, como sucede en el caso de la estructura circular que se describe a continuación.

Breve fragmento de muralla localizado en las excavaciones.

Se trata de una hilera de sillares dispuestos formando una suerte de línea curva factible de aproximarse a un arco de circunferencia tomando como centro de ésta el mismo de la cabeza del cerro en que se asienta. Apoyados directamente sobre la roca madre lucen una excelente labra en su cara vista, formando así una línea de gran elegancia geométrica. Hacia el interior de estos sillares su factura, aunque no del todo mala, es notablemente más tosca. Al igual que en el caso de la muralla anterior esta línea de sillares debe corresponderse con el paramento externo de una fortificación de doble paramento. No obstante su pobre estado de conservación –se insiste en que sólo queda la primera hilera—impide apreciar el sistema constructivo que un día se debió seguir en su erección. Por otro lado es de resaltar un aspecto muy importante de estos restos y que no es otro que el lugar en el que se hallan. Así, los encontramos en una suerte de meseta erguida sobre el valle del Duero, no más alta que los cerros que la rodean por el sur –donde estuviera el hábitat urbano de Segontia Lanka—pero sí mucho más aislada que éstos en razón de su condición peninsular: esto es circundada por un considerable desnivel de difícil acceso a excepción de por su frente meridional, donde un estrecho paso sirve de puente entre las elevaciones de la ribera meridional del Duero y esta meseta. Prolijo es comentar las posibilidades defensivas que tal configuración espacial supone, a la postre complementadas por la excelente ubicación estratégica del lugar: lo mismo válido para controlar el valle que los altos cercanos y por ello la ciudad en sí. Es por todo esto, sumando la calidad de la hilera conservada y la bondad de su ubicación, que parece razonable adjudicar un carácter de acrópolis a la fortaleza que un día se levantara en esta meseta: más o menos aislada del recinto amurallado principal, elevada a la condición de último y más robusto baluarte de resistencia y cuyos pobres restos son los que hoy día pueden contemplarse.

Sillar de la muralla de Segontia Lanka. Se aprecia la mejor calidad de su cara exterior respecto a las demás.

No mucho más es lo que a día de hoy puede ofrecer la que fuera orgullosa ciudad celtíbera a sus visitantes. Tan sólo algunos ladrillos de durísimo adobe dispersos por los campos, innumerables fragmentos de cerámica celtibérica pintada, no menos escorias de hierro–lo que nos habla de una intensa actividad metalúrgica en la ciudad—y, por último, ciertas peñas con claros vestigios de haber servido de canteras hace más de dos mil años.

En cuanto a la historia de Segontia Lanka, poco es lo que se conoce de ella en la actualidad. No en vano apenas se han realizado excavaciones modernas en el yacimiento, apareciendo también escasas de informaciones las fuentes antiguas en todo lo relativo a esta ciudad –Plinio, Aviano...—con la única excepción del libro de geografía de Ptolomeo donde se la ubica, como perteneciente a los arévacos, en los 12º 30’ de longitud Oeste y los 41º 40’ de latitud Norte. Sea como sea parece razonable asignarle un origen plenoceltibérico cuanto menos –siglo V. a.C.—evolucionando hasta época tardoceltibérica –siglo II a.C.—sin solución de continuidad ni de progreso hasta formar la gran ciudad que un día conquistaran los romanos probablemente tras la toma de Numancia el año 133 a.C.

Vista de la acrópolis de Segontia Lanka donde destaca el estrecho istmo que la separa del resto del cerro donde se asentaba la ciudad.

Dominada la zona por Roma, Segontia Lanka debió sobrevivir como ciudad de importancia si bien con la muralla desmantelada por imposición de los nuevos señores tal y como se constata en multitud de recintos contemporáneos. A esta época –último tercio del siglo II a.C.—pertenece el grueso de las acuñaciones monetales de la ciudad, a saber ases de bronce de módulo generoso (25/26 mm de diámetro por 10,68 grs –de media-), signo preciso de su relativa prosperidad así como de su incipiente romanización. Estas monedas resultan fácilmente identificables por la expresión SeGEAs  lAKs –SEKOTIAS LAKAS en alfabeto ibérico septentrional-- que aparece grabada en ellas (la segunda palabra en el anverso, la primera en el reverso) y que a pesar de la evidencia lingüística ha sido erróneamente relacionado por algunos autores con la ciudad lusona de Segontia, la actual Sigüenza en la provincia de Guadalajara. En las siguientes fotografías podemos ver dos bonitos ejemplares de esta acuñación, correspondientes a la variante más común con busto imberbe a derecha y peinado de rizos típicamente celtibérico. Existen otras dos variantes mucho más escasas: una con busto barbado y la otra con peinado a bandas, ambas de arte significativamente más degenerado: señal ésta de una cronología más tardía así como, probablemente, no consecutivas de la principal sino con un hiato temporal entre ellas. 


No debió ser escaso el protagonismo de la ciudad arévaca durante las guerras sertorianas (81 a.C. – 72 a-C.), obviamente, como ciudad celtíbera que era, del lado popular encabezado por Sertorio frente a los optimates de Cneo Pompeyo y Cecilio Metelo. Así lo indica su emisión de denarios, francamente breve así como de un arte bastante pobre pero que resulta suficiente para confirmar la condición de cabeza de comarca de Sekotias, encargada por ello de batir moneda con la que pagar a las tropas reclutadas en su área de influencia.

La derrota final de Sertorio tuvo que poner en una difícil tesitura a los pueblos y ciudades que le apoyaran. Sin duda Roma debió imponer con mucha más firmeza su voluntad sobre la díscola provincia, acelerando al máximo el proceso de romanización. Una buena prueba de esto último es la importante disminución en las emisiones típicamente indígenas, grabadas con caracteres ibéricos y no latinos, que se detecta a partir de ese momento. En el caso concreto de Sekotias Lakas, no sólo no volvería a acuñar moneda sino que incluso debió perder su antigua condición de cabecera de comarca (¿venganza romana?) entrando en un irreversible proceso de decadencia que la llevaría a desaparecer en algún momento indeterminado alrededor del cambio de milenio. Así parece indicarlo ciertamente la franca ausencia de cerámicas romanas –especialmente de terra sigillata—observable en la superficie del yacimiento, por otro lado plagado de material de estilo indígena. Además, la localización de varias villae romanas en las proximidades de Langa de Duero apunta también en esta dirección, coincidente a la postre con la hipótesis actual relativa a la evolución del poblamiento en esta parte de Celtiberia tras la conquista romana y que se puede resumir en una primera romanización de los asentamientos conquistados seguida del despoblamiento de algunos de éstos en beneficio de otros –Tiermes y la nueva Numancia—y la creación de una serie de villae rústicas que aseguraran la explotación de los campos así como la manutención de los habitantes de las ciudades supervivientes.

Cimentación de sillería correspondiente a una estructura de probable carácter defensivo en el interior de la acrópolis.

Desaparecida pues Segontia Lanka como entidad de primer orden, con lo que ello supone de influencia, prestigio y territorio bajo su control, parece ser que no lo hizo por completo físicamente. En efecto, como ya se dijo, la ciudad es citada por Ptolomeo allá por los años centrales del siglo II d.C; cosa que indica al menos la supervivencia del topónimo y, con bastante probabilidad, de un resto de población verosímilmente trasladado al lugar hoy ocupado por la actual Langa de Duero, siguiendo un uso romano muy extendido de obligar a los indígenas conquistados a dejar las alturas y bajar al llano. De hecho, el mismo nombre del pueblo moderno contiene un resto de su pasado clásico tan elocuente como es la voz Langa, claramente derivada de Lanka y que nos habla de la pervivencia del asentamiento en épocas bajoimperial, visigoda y musulmana –sin duda su especial situación estratégica en un vado del río Duero tuvo que ver con ello--, finalmente asegurada en época cristiana con la construcción del castillo cuya Torre del Homenaje puede admirarse todavía, a la sazón datable por su estilo en el siglo XIV aunque bien pudiera alzarse sobre los cimientos de una obra anterior, en cualquier caso no anterior a los años finales del siglo XI en que Alfonso VI cede Langa de Duero al Cid Campeador sin citar castillo alguno en el diploma correspondiente.